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Turismo en tiempos narcisistas

Wilfredo Ardito Vega (Pontificia Universidad Católica del Perú)

Palabras clave: turismo, sociedad del espectáculo, hipervisibilidad, hipercomunicación, sociedad del rendimiento


En el año 2013, cuando mi mamá iba a cumplir ochenta años, mis hermanos y yo decidimos regalarle un viaje a Italia. Nos parecía justo que alguien que se había dedicado durante muchos años a cuidar de nosotros, de sus nietas y finalmente de mi papá, tuviera esa oportunidad. Yo fui el hijo designado para acompañarla, compramos un tour y durante dos ajetreadas semanas recorrimos Roma, Florencia, Venecia y otras ciudades italianas. Al retorno, hice imprimir las fotografías que coloqué en un álbum para que mi mamá las pudiera ver.
No imaginábamos entonces que, en los siguientes diez años, mi madre y yo volveríamos a viajar a Europa sucesivamente, generando gran expectativa en familiares y amigos, quienes, enterados por las redes sociales, siempre preguntan dónde será el siguiente recorrido. 
Sin embargo, entre las fotografías del viaje a Italia de 2013 y las más recientes existen diferencias radicales. Ahora cuidamos que en las fotos solamente salgamos nosotros, mientras que en las primeras fotos aparecía mucha gente. En general, lucimos ahora mucho mejor, porque ambos queremos vernos juveniles y alegres. Mi mamá siempre desea estar elegante y bien peinada antes de enviar las fotos a sus contactos. Por cierto, apenas llegamos a un hotel, me pide que le active la señal del wifi en sus dos celulares y que le busque una peluquería en las inmediaciones.



“La manera en que se realiza el
turismo refleja los cambios tecnológicos
y culturales que atraviesan muchas
sociedades”.




¿Qué nos pasó en estos diez años? En realidad, creo que lo mismo que a muchos turistas: gracias a la tecnología, el viaje ya no es solamente una experiencia nuestra, sino que es compartida con nuestros familiares y amigos. Ellos ven las fotografías que nos hacemos en Viena, San Petersburgo o Atenas, muchas veces a los pocos segundos de ser tomadas, y esa interacción marca también nuestro comportamiento. En las siguientes líneas, reflexionaré sobre cómo la manera en que se realiza el turismo refleja los cambios tecnológicos y culturales que atraviesan muchas sociedades.
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Fuente: Ciudad del Vaticano, febrero de 2013 (Fotografía del autor).

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Fuente: 

Córdoba, febrero de 2020 (Fotografía del autor).

¿Compartiendo imágenes o identidades?

Como señala Boris Groys (2014), en las últimas décadas, gracias al impacto de los medios digitales, ha cambiado la perspectiva sobre la producción de imágenes: ya no es el privilegio de una minoría de especialistas, sino que somos millones de personas quienes producimos y compartimos imágenes del mundo y de nosotros mismos. Las imágenes que difundimos permiten que nos convirtamos en objeto de atención y observación, aunque también de vigilancia y control (pp. 13-14). En la actualidad, quienes participamos en las redes sociales construimos una imagen de nosotros mismos, una persona pública (a pesar de que supuestamente cada uno ha formado su propia red privada). De esta manera, en palabras de Han (2013), cada sujeto es objeto de su propia publicidad (p. 29). 


 

Es evidente que las imágenes que se comparten tienen que ver con la identidad que cada uno quiere mostrar: el profesional exitoso, la madre realizada, el interminable juerguero, la pareja enamorada, el esforzado deportista, el sibarita, el chistoso, el activista… Las redes permiten proyectar una imagen que termina siendo consumida por muchas personas y estas, a su vez, retroalimentan al personaje original. De esta manera, muchas personas terminan representando el espectáculo de la vida que desean vivir. Algunos, los llamados influencers, logran inclusive que ese personaje les genere ingresos económicos. 
De hecho, aunque Guy Debord (2010 [1967]) no conoció las redes sociales cuando escribió sus reflexiones, es como si viviéramos a plenitud la sociedad del espectáculo que describió, porque la afirmación de la apariencia es más importante que la propia realidad y la vida humana queda reducida a una apariencia (p. 40). Además, la exposición permanente de una determinada identidad es también una forma de construirla y afirmarla ante uno mismo. 

Es evidente que la tecnología ha cambiado la forma en que los seres humanos nos comportamos en los viajes. Ha profundizado la tendencia a exhibirnos, ha permitido que más gente nos vea viajar y que estemos preocupados no solamente por compartir imágenes, sino por cumplir con UNA imagen.

Tengo la impresión de que el turismo actual es una de las mejores muestras de esta acumulación de espectáculos a la que alude Debord (2010, p. 37). No se trata solamente de disfrutar y pasarlo bien, sino de mostrarlo. Inclusive, a veces ni siquiera es tan importante el verdadero disfrute, sino la apariencia, porque lo que aparece es lo bueno (p. 41). Y, si no hay exposición, parece que no hubiera experiencia, porque en esta época de obsesión con la transparencia, las cosas son cuando se exponen (Han, 2013, p. 25).


“El turismo implica una puesta
en escena en la que cada uno es
productor de imágenes”.
 


 
De hecho, el turismo implica una puesta en escena en la que cada uno es productor de imágenes que dirige a un público específico, aunque algunos individuos, los turistas profesionales que aparecen en Instagram o en Youtube, buscan dirigirse a públicos masivos. Sin embargo, en ambos casos la idea de viajar para desconectarse ya quedó atrás: ahora uno busca siempre estar comunicado. 

En este contexto, compartir las imágenes de un viaje turístico constituye una afirmación de éxito sea en lo familiar, lo laboral, lo económico o todo junto. Al fin y al cabo, quienes viajan por turismo son quienes pueden permitírselo y las fotos son una manera de difundirlo en medio de la actual “tiranía de la visibilidad” (Han, 2013, p. 30). Existe, además, la presión para hacer que el éxito sea “oficial”, mostrando una misma escena, una foto obligatoria, como ocurre con Machu Picchu, la Gioconda o la Torre Eiffel. Se trata de lo que en las guías turísticas denominan un MUST, para señalar las conductas que uno “debe” seguir y las fotos que “debe” tomarse. 

Por supuesto, al encontrarnos en una época líquida, como señala Bauman (2007, p. 9), donde nada es permanente, el turista también quiere estar al día: ir a la última catarata, a la montaña recién descubierta, al nuevo point. Nadie quiere quedarse atrás después de ver las fotos de los amigos o, más bien, uno quiere ser el primero del grupo en hacerlo. Así pueden surgir nuevos MUST fotográficos, como en el Perú ha ocurrido con la Montaña de los Siete Colores. También aparecen algunos MUST efímeros como determinadas formas de posar en una foto: en pleno salto o desnudos en un lugar histórico, como algunos turistas hacían en Machu Picchu hace unos años. 

Además, como la apariencia es más importante que la propia realidad, en varios países se crean realidades ficticias, como calles o barrios europeos en China o en Japón, elaboradas para ser visitadas como un parque temático y tomarse fotos. También en ciudades como Quito, Panamá y Medellín he visitado aldeas ficticias construidas para los turistas. En esas aldeas no falta nada: las casitas típicas, la plaza, la iglesia, la municipalidad... solamente falta que sean reales. 

Turismo y desborde de experiencias

Aunque uno de los requisitos fundamentales para el turismo es contar con tiempo libre, es decir tiempo en el que no se trabaja o, como se señala en España, tiempo de ocio, esto no quiere decir que el turista sea verdaderamente libre en ese tiempo, puesto que ha de comportarse según patrones preestablecidos. Como indica Debord (2010), el ser humano no es libre en ese tiempo de ocio como supuestamente se pretende (p. 48). 

En realidad, el turismo es una de las formas más visibles de la transformación social donde hemos pasado de la coacción al placer (Lipovetski, 2012, p. 17) o, como señala Han (2012), donde hemos pasado de la sociedad del disciplinamiento, donde había muchas prohibiciones y deberes, a la sociedad del rendimiento, donde hacemos muchas cosas y sentimos que, como podemos, debemos hacerlo (p. 25). En los países desarrollados muchas personas sienten que deben hacer turismo al menos tres o cuatro semanas al año, que deben acumular experiencias como si fuera una obligación: tres castillos, dos catedrales, cuatro museos, un café famoso y la casa donde nació un personaje egregio.


“No solamente hay una 
presión por ser felices,
sino por parecer felices.”




 
Al mismo tiempo se debe mostrar que el viaje no es agotador, sino una experiencia feliz. Por eso, muchos turistas, además de sus fotos en lugares famosos, comparten las imágenes de los platos que comen, de las habitaciones del hotel, de las visitas a discotecas o a mercados típicos, convirtiéndose en permanentes actores para su público. Así se producen los fenómenos que señala Han (2013): hipervisibilidad, porque nada se oculta, e hipercomunicación (p. 30). No solamente hay una presión por ser felices, sino por parecer felices, como indica Debord (2010) al referirse a la sociedad del espectáculo (p. 43). 

Igualmente, se ha alterado nuestra capacidad de conocer. Ya desde antes los viajes turísticos se caracterizaban por transmitir información superficial y poder trasladarse rápido de un lugar a otro, pero en la actualidad esta conducta se hace más acelerada y la gente misma ya no quiere tener información, sino simplemente acumular imágenes que no permitan mayor reflexión (Han, 2013, p. 32). 
Por eso es que buena parte de la actividad turística es una acumulación de visitas sin conexión alguna: los tours llevan en la misma tarde a visitar una laguna romántica y un campo de concentración; se pasa de un museo a un mercado, de una abadía a una piscina. Simplemente se trata de una adición de experiencias, entre las que es imposible trazar una narrativa (Han, 2013, p. 61) y, de hecho, no es una narrativa lo que se está buscando.
Turismo en la sociedad líquida

En el turismo existe una permanente necesidad de seguir consumiendo, porque lo único que se logra cuando se satisface el ansia de consumir es anhelar consumir más. Muchas veces, apenas uno regresa la experiencia que vivió ya no es tan importante como planificar el siguiente viaje, siempre comenzando de nuevo (Bauman, 2007, p. 10). Prima una cultura de aceleración de experiencias (Han, 2013, p. 59), al punto que en un mismo viaje se pueden visitar dieciocho países. 

Por supuesto, viajar y hacer turismo no son una obligación cuyo incumplimiento acarree una sanción… pero el imperativo está en uno mismo. De esta manera, hay quienes han logrado una sofisticación que les permite pasar la vida de ciudad en ciudad, cambiando de país o inclusive de continente sin pertenecer a ningún lugar en específico (Bauman, 2007, p. 12). No son turistas, sino hombres o mujeres de negocios, funcionarios internacionales, directivos de ONG o instituciones académicas que pasan buena parte del año trasladándose de un aeropuerto a otro. Tras la pausa que significó la pandemia, este comportamiento ha vuelto a ser reasumido como estilo de vida. Esas personas saben que en todas partes encontrarán Internet, wifi, capuchinos y ensaladas, en una especie de vida líquida donde la relación con el espacio es efímera y uno realmente no pertenece a ninguna parte. 

En realidad, el turista es por definición el que no pertenece al lugar que visita, pero muchas veces se siente atraído superficialmente por los que “pertenecen” (Bauman, 2007, p. 14), por quienes mantienen su cultura, aquellos con quienes es posible tomarse una foto. Después, en el celular o en la tablet, la foto permitirá apreciar el contraste del otro con uno mismo y afirmar la propia identidad. 

Relaciones efímeras sin cohesión social

Ahora que el turismo se hace masivo, pueden aparecer verdaderas muchedumbres en los lugares típicamente turísticos como la Fontana di Trevi o el Partenón, y también en las calles de muchas ciudades, pero en el fondo cada turista aparece por su lado, con su propia misión. Podemos estar todos juntos emocionados esperando aparecer las estatuillas medievales cuando den las doce en un reloj famoso, pero a los pocos minutos todos nos dispersamos. Así, en ruinas, museos o aeropuertos nos juntamos efímeramente en una multitud de seres aislados, en una “muchedumbre solitaria” (Debord, 2010, p. 48), como los pasajeros del metro. 

De esta forma, el turista se acostumbra a las relaciones cercanas y efímeras: sabe que pasará cuatro o seis horas al lado de otro pasajero en el avión o en el tren y no lo volverá a ver en su vida. El personal de las aerolíneas, de los hoteles y de los restaurantes ha asumido este carácter efímero de las relaciones como parte de su actividad y, especialmente en el caso de los restaurantes, puede atreverse a cometer pequeños actos de aprovechamiento hacia un turista que no cometería con un connacional, desde entregar un billete falso hasta cobrar un precio excesivo por un producto de dudosa calidad. Estos hechos me recuerdan cuando Gonzalo Portocarrero (2010) señalaba que los peruanos podemos cometer más transgresiones en un ambiente anónimo (p. 306), pero lo mismo parece vigente para otras sociedades, es decir, es más fácil aprovecharse de una situación (“ser vivo”) cuando no existe un vínculo social. 

Sin embargo, ¿se puede realmente pretender una comunidad de valores, una cohesión social, un sentimiento de unidad con gente a la que jamás se espera ver nuevamente? En realidad, para el turista ni siquiera funciona el pacto social del que hablaba Portocarrero (2010, p. 305), sino, a lo mucho, la simple obediencia a las normas más esenciales (abrocharse el cinturón, mostrar el pasaporte, dejar la habitación antes de mediodía).



“En la experiencia turística,
se enfatiza de manera permanente
la desigualdad, dado que la 
capacidad económica determina
el asiento del avión, el tipo de habitación, 
la comida, la bebida, etc.”.



 

La actividad del turista no implica tampoco compartir el principio de igualdad, porque, en la mayoría de casos, no se encuentra en una relación horizontal con los habitantes de muchas localidades que visita, sino que tiene muchos más recursos y posibilidades. La inexistencia de una noción de igualdad en una sociedad, según Portocarrero (2010), explica muchas actitudes transgresoras, porque no se percibe al “otro” como un individuo digno de respeto (p. 309). Y, en la experiencia turística, se enfatiza de manera permanente la desigualdad, dado que la capacidad económica determina el asiento del avión, el tipo de habitación, la comida, la bebida, etc. Inclusive proliferan los términos como Salón VIP, Premier, Class, Plus, exclusivo, superior, etc. 

Entre la transgresión y el cinismo

Así como es más probable que el mozo de un restaurante time a un extranjero, también la ausencia de referentes morales comunes permite que algunos turistas se conviertan en transgresores permanentes. De hecho, el turismo de transgresión o desenfreno se ha vuelto un fenómeno en algunos lugares como Ámsterdam, Ibiza o Cancún, existiendo inclusive programas de televisión para mostrarlo. Para lograr la posibilidad de goce sin ataduras, se programan cruceros para solteros o hoteles solamente para adultos. Se buscan relaciones sexuales sin compromiso ni duración (Lipovetsky, 2012, pp. 76-77). En algunos casos, la transgresión también puede implicar la falta de respeto por las normas de un país que en el fondo menosprecian (desde quienes dañan el patrimonio incaico en el Perú hasta quienes cometen desmanes en las ciudades españolas o italianas).
Sin embargo, lo más común no es llegar a una transgresión, sino realizar el viaje bajo la compulsión del disfrute (como puedo, debo hacerlo), tomando en cuenta diversas perspectivas, de acuerdo al gusto personal, desde la experiencia gastronómica hasta el encuentro con la naturaleza, desde el viaje de sanación hasta el viaje de compras. En todos estos casos se experimenta el narcisismo (aún en las experiencias de sanación, turismo esotérico o espiritual hay mucho de ello, con su correspondiente difusión mediática).

“El turista actual lo que menos
pretende es una experiencia de 
aprendizaje (en todo caso, para 
eso está Internet)”. 

 
A diferencia del “viaje de formación” que emprendían algunos miembros de las élites del siglo XIX durante varios meses o años y que marcaba su conocimiento sobre el mundo y sobre sí mismos, el turista actual lo que menos pretende es una experiencia de aprendizaje (en todo caso, para eso está Internet). 

Mas bien, el turista aprende a disfrutar de la vida sin conmoverse demasiado con el sufrimiento ajeno: puede tomarse una foto con un almuerzo delicioso en un país donde hay muchísima gente pobre y la siguiente instantánea es con los mismos pobres. En todo caso, sabe que se irá pronto y así los problemas sociales que le rodean quedarán muy lejos. 
Y, de esta manera, el turista es un sujeto narcisista, que también puede volverse un sujeto cínico. No se le puede pedir comprometerse con los problemas de países donde estará poco tiempo y también es ajeno a los problemas de su propio país, porque no está allí. Por ello vive un doble desapego, lo que constituye una protección para no involucrarse y no sufrir. No hay espacio entonces para pensar en una utopía (Bauman, 2007, p. 21) ni destinada a la sociedad que se visita ni a la sociedad de origen y, en realidad, la idea en muchos viajes es pasar varios días sin tener que pensar. 

La gente local se vuelve simplemente un escenario o un marco desde el que el turista muestra su experiencia de disfrute. Aun el llamado turismo vivencial puede ser una nueva forma de espectáculo, donde uno se presenta como personaje solidario y, en pocos días, la familia pobre que lo acogió pasa al olvido. 

Para poder viajar así, es muy útil aprender a ejercer el desapego que menciona Lipovetsky (2012, p. 76). Entonces uno puede visitar un país injusto, convulsionado o gobernado por un régimen que no le agrada. Por ejemplo, Marruecos, Egipto o Turquía logran presentar a los turistas un exotismo sin amenazas, controlado, siempre que no se ose buscar conocer el mundo real. En realidad, lo mismo ofrece el turismo en el Perú. De hecho, ahora lo diferente no causa temor, sino, más bien, interés (Han, 2012, p. 14). Recuerdo que alguna vez una turista española me dijo: “Al fin cuando llegué a Puno encontré lo que yo quería: algo totalmente diferente”. Ella se había decepcionado de Lima porque le parecía “demasiado normal”. 

Conclusión

Hace unos años, mi madre y yo rompimos con la lógica de los tours que nos llevan a “los mismos lugares de siempre” y optamos por alejarnos de las muchedumbres solitarias. Desde entonces, somos nosotros los que creamos nuestro propio guion y preferimos visitar lugares menos conocidos como Tesalónica, Galicia o Jerez de la Frontera. En ellos, podemos disfrutar siendo los únicos foráneos y, a veces, incluso los únicos presentes.&#38;nbsp; Hemos obtenido así fotos bellísimas, con lo que le hemos logrado dar la vuelta a la concepción masiva del turismo… ¿O quizá hemos mantenido así la imagen de que nuestros viajes son únicos?
Mi madre, que conoció por más de setenta años la sociedad disciplinaria, con sus deberes y prohibiciones, ha logrado incorporarse con bastante éxito a la actividad turística y a la tecnología, pero mantiene sus perspectivas religiosas y éticas. Por ello me pregunto ¿cómo se desarrollarán los niños y adolescentes que solamente han conocido la sociedad del rendimiento? ¿Cómo se desarrollarán los hijos de los adultos que desean vivir sin apego o conexión? ¿Cuál será el futuro de una sociedad donde lo común es no tener nada en común? 


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

América Televisión. (19 de febrero de 2014). Turistas se grabaron corriendo desnudos en Machu Picchu. https://www.americatv.com.pe/noticias/actualidad/turistas-se-grabaron-corriendo-desnudos-en-machu-picchu-n128400
Bauman, Z. (2007). De la vida en un mundo moderno líquido. En Z. Bauman, Vida líquida (pp. 9-25). Paidós. 

Debord, G. (2010 [1967]). La sociedad del espectáculo. Pre-textos.
Groys, B. (2014). Poética versus estética. En B. Groys, Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea (pp. 9-19). Caja Negra.

Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Herder. 

Han, B. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.

Lipovetsky, G. (2012). La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.
Panamericana Televisión. (24 de agosto del 2019). Expulsan a turistas por tomarse fotos desnudos en Machu Picchu. https://panamericana.pe/24horas/nacionales/273064-cusco-expulsan-turistas-tomarse-fotos-desnudos-machu-picchu

Piqué, E. (21 de agosto de 2016). Venecia pierde la paciencia con la mala conducta de los turistas. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/venecia-pierde-la-paciencia-con-la-mala-conducta-de-los-turistas-nid1930114
Portocarrero, G. (2010). El (des)orden social peruano. En Portocarrero, G., Oído en el silencio. Ensayos de crítica cultural (pp. 305-306). Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.
Radioprogramas del Perú. (13 de enero de 2020). Policía detiene a seis turistas acusados de causar daños en templo de Machu Picchu. https://rpp.pe/peru/actualidad/machu-picchu-policia-detiene-a-seis-turistas-acusados-de-causar-danos-en-templo-y-defecar-en-santuario-noticia-1239404


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		<title>Vivir en el exilio</title>
				
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		<pubDate>Sun, 28 May 2023 00:11:07 +0000</pubDate>

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Vivir en el exilioRiesgos de los viajes en el tiempo y la figura del exilio. Mirar el pasado para examinar el presente y
pensar el futuro.


Armando
Bustamante Petit (Pontificia Universidad Católica del Perú)


En el
Exilio te agarras a lo que tienes, a lo que no te han quitado (todavía).-Joyce Carol Oates

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Fuente:
Geralt, para Pixabay. https://pixabay.com/es/illustrations/tiempo-reloj-cabeza-mujer-rostro-1739629/






“Mary Ellen
Enright” se siente sola, abrumadoramente sola. Es como si le hubieran vaciado
el cuerpo desde dentro, piensa. ¿De verdad estaba viva? Es 1959 y lleva Introducción
a la Psicología en la Universidad Estatal de Wainscotia, en Wisconsin,
aunque sabe que las mujeres que van a estudiar allí, más que para cultivar una
profesión, lo hacen solo para buscar marido, un buen partido con el que tener
hijos, la única manera de realizarse en la vida. Ella, más bien, se siente como
una extranjera, como si hablara otro idioma, desconectada. O, también, como
si viviera en cuarentena, como si fuera una convaleciente y todo el tiempo
estuviera conteniendo un grito. Como si fuera culpable de algo, una sospechosa.
O así cree que deben verla sus compañeras de residencia universitaria, por no
querer cazar un esposo, por no pintarse los labios, por no arreglarse las cejas
o fajarse cada mañana, por no obsesionarse con ser y verse femenina.
Aunque pocas veces le falta compañía en este sitio que cada día se le hace más extraño,
“Mary Ellen” se siente aislada, sin voz, y no está muy segura de poder
perseverar. A pesar de sentirse invisible, sabe que está siendo vigilada por su
comportamiento, juzgada a cada momento si cumple o no lo que sabe que debe
cumplir, y a lo que se arriesga de no hacerlo. A Wainscotia, como al resto del
Medio Oeste norteamericano, le dicen el Lugar Feliz y, en el Lugar Feliz, “Mary
Ellen” sonríe sin parar. Tiene que ocupar su sitio. Esa es su situación,
piensa, si tiene suerte y se adapta, tal vez todo sea mejor. O no. La verdad es
que la mayor parte del tiempo no se siente ella misma, puede observarse desde
lo alto como un cuerpo sin vida que le inspira compasión. Como una zombi. Una exiliada.



“Mary Ellen Enright” bien podría ser
un testimonio más de los que, a principios de los años sesenta, recogió Betty
Friedan (1963) para escribir La mística de la feminidad y denunciar lo
que llamó “el problema que no tiene nombre”, esa forma de las mujeres
norteamericanas de la época de sentirse vacías, incompletas, asfixiadas, como
si no existiesen, “un extraño sentimiento de desesperación” y de “sentir ganas
de gritar sin ningún motivo”, avergonzadas y culpables de guardar esos sentimientos,
a pesar de tener todo lo que supuestamente podrían querer en la vida, “salud,
hijos sanos, una encantadora casa nueva, bastante dinero, un marido con un gran
porvenir”, y, sin embargo, “no sentirse vivas” (2009, pp. 57-58). O, por lo
menos, “Mary Ellen” podría ser alguien demasiado consciente de que, en su
extrañamiento e inconformidad, va camino de convertirse en el “ama de casa que
no se da cuenta de lo feliz que es” (2009, p. 60), a pesar de vivir en el
corazón mismo del Lugar Feliz.[1] 



Pero “Mary Ellen” no es un caso de la vida real como los citados por
Friedan o, más bien, no solo es eso, si creemos, con Sarah Ahmed (2017), que el
poder de la ficción que se enriquece de casos individuales está en “usar
nuestros particulares para desafiar lo universal” (p. 10). “Mary Ellen Enright”,
cuya verdadera identidad es Adriane Strohl, es, en realidad, la narradora y
protagonista de la novela distópica Riesgos de los viajes en el tiempo (2019),
de la norteamericana Joyce Carol Oates, donde una joven que vive en un Estado
totalitario del año 2039, condenada por Traición y Cuestionamiento de la
Autoridad, es exiliada, vía teletransportación temporal, al año
1959, bajo una nueva identidad e instrucciones de conducta rígidas, como si se
tratara de una prisión. 



Para Adriane, convertida en “Mary Ellen”, vivir en la Zona Nueve, como le
llaman a esta cárcel temporal las autoridades de su tiempo, es experimentar en
carne propia lo que Friedan decía de las mujeres de 1960, quienes “al igual que
los reclusos, se sienten excluidas del mundo” (p. 59). La vida en la Zona Nueve
también permite examinar críticamente el modelo de “feminidad” basado en la
esposa y madre ideal que Silvia Federici (2004) ha explicado como resultado de
un largo proceso de hostilización y domesticación de las mujeres a manos de un
sistema de dominación capitalista y patriarcal, que las redujo a una función
doméstica y reproductiva, esto es, la idea —necesaria para
la reproducción de la fuerza de trabajo capitalista— de un ama de
casa a tiempo completo, fuera del mercado laboral asalariado, cuya creación, hacia
el siglo XIX, redefinió “la posición de las mujeres en la sociedad y en
relación con los hombres (…); no solo sujetó a las mujeres al trabajo
reproductivo, sino que aumentó su dependencia respecto de los hombres” (p.
112).[2] 
En dos o tres siglos, este
proceso de domesticación hizo que se pasara de la demonización de la mujer
desafiante y rebelde[3] a la exaltación del ama de
casa pasiva y obediente, en un proceso naturalizador y esencialista de lo que
debía o no ser la mujer; un proceso, finalmente, de borramiento de agencia y de
autonomía. 



Así, teletransportada a un tiempo histórico con estas taras de género en
pleno apogeo, aislada de su época original y de su familia, desprovista de
cualquier lazo o posibilidad de comunicación, prohibida de entablar relaciones
íntimas o de movilizarse más allá de una distancia establecida, monitoreada en
todo momento, en absoluta soledad, y desde la conciencia de la vida que ha
perdido, Adriane sufre como el peor de los castigos vivir un pasado que para
las otras estudiantes de Wainscotia es nada más que su presente, lo “normal”,
lo que es. Desde esa conciencia, se plantea asumir su posición de
exiliada, “como un animalito en un experimento de Skinner”, en una de las
varias referencias que Oates incluye del conductismo y la ingeniería social
controlista de moda en la época. “De la misma manera que un animalito de
laboratorio —condicionado para quedarse inmóvil ante un estímulo visual
amenazador— no entiende por qué le domina la parálisis, yo cerré los ojos y me
quedé muy quieta” (Oates, 2019, p. 214).
 &#60;img width="800" height="800" width_o="800" height_o="800" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/ad2a7fd332d6abf7cc25fe8de100bd4ce6560fe0e9d0623a51962a2e0bc9aa2e/annetaintor.jpg" data-mid="180185144" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/800/i/ad2a7fd332d6abf7cc25fe8de100bd4ce6560fe0e9d0623a51962a2e0bc9aa2e/annetaintor.jpg" /&#62;
















Fuente:
Anne Taintor, inc.&#38;nbsp;https://www.facebook.com/annetaintorinc/photos/pb.100044400820462.-2207520000./10153672759573167/?type=3








En efecto, ¿qué peor sanción podría
imponérsele a una mujer del futuro (o del propio presente) que ser enviada a un
pasado donde tendrá menos derechos —tanto legales
como prácticos— incluso de los que
ya posee, menor capacidad de movimiento, y donde su género es codificado de tal
modo que restringe sus posibilidades de comportamiento? Y, sin embargo, es un
tipo de opresión y control no muy diferente, en el fondo, al que Adriane ya estaba
expuesta en su época original. En 2039, un Estado omnipresente vigila cada movimiento
del libre pensar —se
convirtió en sospechosa por quedar en primer puesto de su escuela y fue condenada
tan solo por escribir un discurso de graduación cargado de preguntas incómodas
en lugar de verdades autorizadas— y los ciudadanos viven bajo el temor
constante de ser exiliados o, peor aún, vaporizados (y con ello aniquilados&#38;nbsp;de todo recuerdo), ante cualquier acto de desobediencia o que pueda ser
interpretado por las anónimas y ubicuas autoridades como disidencia o traición.




















“En efecto, ¿qué peor
sanción podría 
imponérsele a una mujer del futuro 
(o del propio presente) que
ser enviada
 a un pasado donde tendrá menos derechos
 —tanto legales como
prácticos— incluso 
de los que ya posee, menor capacidad de
movimiento, y donde su género es codificado
 de tal modo que restringe sus posibilidades
de comportamiento?”.




“Mirar hacia atrás nos ayuda a mirar hacia adelante”, ha dicho Nancy Fraser
(2008, p. 137) en su defensa por reconstruir los caminos recorridos por el
feminismo para arrojar luz a los desafíos de la actualidad. Es decir, nuestra
mirada del presente puede enriquecerse si parte de examinar críticamente el
pasado y, desde ahí, imaginar el futuro. Proyectarse hacia adelante implica,
entonces, cuestionar cualquier noción absoluta de historización, especialmente
si se tiene en cuenta que la Historia, en tanto narración de narraciones, suele
verse a sí misma como la única versión posible, una versión que, además, tiende
a ocultar los intereses de quienes la escriben desde una posición hegemónica y
de poder. Esa posición, siguiendo a Federici, pero también a Simone De Beauvoir
(1999 [1949]), ha sido la de los hombres, pues “toda la Historia la han hecho
los varones” (p. 23).[4] Lo que se entiende por
Historia no es, pues, inamovible o incuestionable, aunque se pretenda desde el
poder, ni tampoco lineal o unidireccional, está en constante reescritura y
revisión, de acuerdo a unas perspectivas continuamente móviles que permiten develar
miradas marginales o borradas.



En ese sentido, la
ciencia ficción feminista y distópica de Joyce Carol Oates nos permite
revisitar el pasado desde el punto de vista de las mujeres y, al hacerlo, tener
la mirada puesta no solo en las evidencias de limitaciones y opresiones lejanas
en el tiempo, sino también en las problemáticas que pueden seguir persistiendo
en el presente y en las posibilidades que puede traer o no el futuro. En
palabras de Fredric Jameson (2009), la ciencia ficción utópica, pero también
las distopías críticas como la que propone Oates, son “una meditación que,
partiendo hacia lo desconocido, se encuentra irrevocablemente plagada de lo completamente
familiar y, por lo tanto, se ve inesperadamente transformada en una
contemplación de nuestros propios límites absolutos” (p. 828). Hay en la
ciencia ficción, pues, una preocupación constante por el presente desde el que
se generará el mañana; un presente, además, condicionado por lo que lo precede
y que, “cuando volvemos de las construcciones imaginarias de la ciencia
ficción, se nos ofrece en forma de pasado remoto del mundo futuro”[5](p. 827), es decir, como una
etapa histórica cuyos impactos deben abordarse y tenerse en cuenta.
 


&#60;img width="735" height="545" width_o="735" height_o="545" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/7d4707f5033f7549b634f64077877f0f27122f23ee1f238c68578cdd980e7e00/Oates.jpg" data-mid="180185213" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/735/i/7d4707f5033f7549b634f64077877f0f27122f23ee1f238c68578cdd980e7e00/Oates.jpg" /&#62;
















Fuente: 
Composición propia, foto de la autora por Kyle Kielinski/The Guardian.




















“La ciencia ficción
feminista y distópica
 de Joyce Carol Oates nos permite 
revisitar el pasado desde
el punto de 
vista de las mujeres y, al hacerlo, 
tener la mirada puesta no solo
en 
las evidencias de limitaciones y 
opresiones lejanas en el tiempo, 
sino
también en las problemáticas
 que persisten en el presente 
y en
las posibilidades
 que puede traer o no el futuro”.
Estas fantasías narrativas que una colectividad mantiene sobre su pasado y
su futuro, sostiene Jameson, no son “‘meramente’ míticas, arquetípicas y
proyectivas”, sino que pueden ser vistas como la manera en que “en cierta
coyuntura histórica los grupos de una colectividad dada examinan con inquietud
su destino, y lo exploran con esperanza o temor” (p. 827). En esa medida, la pregunta en la
que se basa gran parte de la ciencia ficción, ¿Qué pasaría si…?&#38;nbsp;(Bradbury, 1997), puede tomar derroteros oscuros, alineados más con el temor, y
transformarse en lo que Heinlein (1940), citado por Jameson, formuló como Si
esto sigue…. Así, si el rumbo de la humanidad continúa de determinada
manera “la superpoblación, la contaminación y el ritmo inhumano del cambio
tecnológico”, pero también la discriminación, la intolerancia o los roles y la
violencia de género, “se extrapolan después a lo que ciertamente son ‘los
nuevos mapas del infierno’ de [la tetralogía distópica de] Brunner, mapas
calificados (y no incorrectamente) con frecuencia de distópicos” (Jameson,
2009, p. 581).



Con esperanza, pero también con temor, entonces, se proponen escenarios ficcionales
completamente familiares que, de un modo u otro, abordan los límites de nuestro
presente y, en el caso de lo distópico, incluso la aprensión de lo que puede
ser. En esa línea, Jameson (2009) identifica la ciencia ficción estadounidense,
de la que Oates bebe directamente, con una propuesta “cuyas afinidades con la
distopía y no con la utopía, con las fantasías de regresión cíclica o de
imperios totalitarios del futuro, han sido marcadas hasta ahora” (p. 851). No
es raro, entonces, que Oates, en Riesgos de los viajes en el tiempo, se
ocupe de prejuicios y violencias de género supuestamente superados y de un
totalitarismo asfixiante, omnipotente y omnipresente.[6] 
Esto último, sobre todo, por
las perturbadoras similitudes que pueden trazarse entre un restrictivo 1959 y
un tiránico 2039, y todo el abanico de contingencias potenciales entre ambos
puntos, entre la vigilancia autorregulada y la tipificación de las conductas de
la sociedad disciplinaria y panóptica que proponía Foucault (1976), por un
lado, y la sociedad de espionaje y control tecnológico y militar delineada por Donna
Haraway (1995 [1983]), por el otro, donde “los aparatos microelectrónicos están
en todas partes, pero son invisibles”[7] y donde “la ubicuidad y la
invisibilidad de los cyborgs” se ha convertido en “la última imposición
de un sistema de control en el planeta (...) en nombre de la defensa nacional[8], la apropiación final de
los cuerpos de las mujeres en una masculinista orgía de guerra”[9] (pp. 261-263). 



Con esta mirada a la vez histórica y
futurista, Oates propone, entonces, un contrapunto entre dos formas de control
y vigilancia, y entre ellas una continuidad en la opresión que experimenta y
percibe Adriane/“Mary Ellen”, dentro y fuera del exilio. “Me pareció un misterio
que, en Zona Nueve, pese a haber tanta libertad, no se sintiera como libertad”
(Oates, 2019, p. 136). ¿Puede ser, entonces, la figura del exilio en un
pasado limitante para las mujeres, como los años cincuenta o sesenta, una
manera de pensar lo que siguen afrontando hoy? ¿Cómo se interpreta esta
revisión de la historia desde lo contemporáneo? ¿Qué ecos, qué fantasmas y desafíos
actuales gatilla? Y, desde lo simbólico, vivir en el exilio,
experimentar, en términos de Carole Pateman (1995 [1988]), un acceso
limitado a la ciudadanía —con
una libertad civil solo aparente, con la normalización de su rol secundario y
reproductivo en la sociedad, alejadas de lo público en tanto auténticos
“individuos”[10],
sin verdaderas aspiraciones profesionales o educativas, en una posición
subordinada, como las mujeres de mediados del siglo XX en la novela—, ¿puede ser todo
ello una manera de reevaluar desde la actualidad las naturalizaciones de lo
“femenino” que aún permanecen y, más aún, de reivindicar un punto de vista tradicionalmente
marginado o borrado, es decir, “unas voces engendradas (¿engeneradas?) por la circunstancia
mujer”? (Rivero, 1994, p. 24). En esa medida, ¿la continuidad de las diversas formas de un mundo
patriarcal es equiparable, para las mujeres, a la noción de un exilio o de una
ciudadanía de segundo orden que debe afrontarse en el día a día? ¿Se puede
afirmar que ser mujer en un mundo patriarcal, de algún modo, puede llegar a ser
como vivir en el exilio, tal y como parece plantearlo Oates?

















“Con esta mirada a la vez
histórica 
y futurista, Oates propone, entonces, 
un contrapunto entre dos formas
de
 control y vigilancia, y entre ellas una
 continuidad en la opresión que

experimenta y percibe Adriane/‘Mary
 Ellen’, dentro y fuera del exilio”.

 Vemos a Adriane Strohl tratar de vivir,
como puede y sumamente extrañada, la vida de “Mary Ellen Enright” en una
sociedad que le toca ir descubriendo, pero siempre sin quebrar las reglas
impuestas desde su futuro. Así, la observamos frustrarse por igual con las
nulas opciones de las mujeres en Wainscotia de tener un espacio en lo académico
—“Se
diría que el sexo femenino no existía” (Oates, 2019, p. 109)— que con la
imposibilidad de expresarse con libertad por temor a quebrantar las normas de
su sentencia —“Corrí escaleras arriba. Agradecida de haberme escapado sin decir
nada equivocado que se pudiera utilizar contra mí” (Oates, 2019, p. 121)—. La
vemos, también, enamorarse de su profesor de psicología, Ira Wolfman, de quien
termina descubriendo que es, como ella, un exiliado, pero no condenado por el
simple hecho de pensar con libertad, sino por cometer un delito más concreto y
público: ciberterrorismo.[11] Wolfman, además, como hombre,
vive una experiencia en el exilio de los años cincuenta muy diferente que la de
“Mary Ellen” como mujer: es un asistente de cátedra y profesor universitario
respetado, que se ha adaptado a la perfección a su pretendido castigo, un
personaje con cierto poder que, por inercia, se aprovecha de que Adriane caiga
“bajo su hechizo” (Oates, 2019, p. 122) y base en él su única esperanza de
sobrevivir emocionalmente. “No tenía tiempo para soñar con nadie que no
fuera Ira Wolfman” (p. 122) o, también, “Quería impresionar a Ira Wolfman, que
se sintiera orgulloso de mí” (p. 186). En ese sentido, el devenir emocional de
Adriane/“Mary Ellen” está en línea con el análisis que hace Shulamith Firestone
(1976 [1973]) sobre cómo “la mayor parte de las mujeres no dejan nunca de
buscar la aprobación y el calor directos” y cómo “la cultura masculina fue
construida sobre el amor de las mujeres y a sus expensas” (p. 160).[12] 



 Por otra parte, en la
misma línea de ese paralelismo de controles, los recuerdos de Adriane del año
2039 la llevan a admitir que, como le indica Wolfman, en comparación con Zona
Nueve, su tiempo original “tampoco es tan claramente superior” (p. 220), al ser
un lugar donde “nada se olvida nunca” y donde “nadie va a ningún sitio donde no
esté ya” (p. 27), en una descripción que recuerda a la idea de la mujer como
casta subyugada e inmóvil que propuso el feminismo radical de los años sesenta.



 Todo esto, las tribulaciones emocionales de Adriane, así
como su papel sometido tanto en 1959 como en 2039, y la clara distancia entre
el exilio que experimenta ella en comparación con el de Wolfman (“No es un
sitio tan terrible”, dice él [Oates, 2019, p. 108]), permiten evidenciar la
política y las opresiones detrás de las diferencias de género de una manera
transversal. Como señala Pateman (1995), “la diferencia sexual es una
diferencia política, la diferencia sexual es la diferencia entre libertad y
sujeción” (p. 15). La diferencia, acaso invisibilizada, pues, entre sentirse en
el exilio y sentirse en casa.[13] En ese sentido, como
sostiene Elaine Showalter (1981), para iluminar áreas históricamente oscuras
debemos, por un tiempo, enfocarnos en preguntas centradas en las mujeres (p.
198), en la manera en la que ellas experimentan el mundo desde su circunstancia,
o “viajar con la etiqueta mujeres”[14], como lo ha llamado Sarah
Ahmed (2017, p. 14), quien también señala que “para ocuparnos de las mujeres tenemos
que desaprender cómo hemos aprendido a filtrarlas: tenemos que aprender a no
ignorarlas” (p. 308). 



Ese desaprender implica ser conscientes de la persistencia “de lo que
precisamente deseamos hacer llegar a su fin” (Ahmed, 2017, p. 6) y rechazar
cualquier fantasía negacionista de que pasados como el que plantea Oates, o
como el que analizan Friedan o Federici, han sido ya superados en todas o en la
mayoría de sus dimensiones, omitiendo, por otra parte, sus efectos permanentes.
Ya en 1949, De Beauvoir (1999) hacía alusión a estos intentos de negación,
especialmente de los hombres (aunque podría ampliarse, hoy, a la razón
patriarcal compartida por muchos y muchas): “El hombre puede persuadirse de que
ya no existe entre los sexos una jerarquía social, y de que, en conjunto, a
través de las diferencias, la mujer es una igual” (p. 28). 



Esta conciencia de lo que persiste,
que es una forma de inconformidad, significa estar siempre en la búsqueda de
superar esa sensación de incomodidad e incluso de desprotección en un mundo sin
hospitalidad, que se transita como si se tratara de un exilio o,
como lo ha llamado Ahmed (2017), experimentar el feminismo “como un cuerpo que no se siente
como en casa en el mundo” (p. 12), que también remite al “agobiante pesar del
extrañamiento” y a ese “estar siempre fuera de lugar” a los que Edward
Said (2005) relaciona con la condición del exiliado (pp. 103, 108). Es decir, superar
esa sensación, visibilizarla, mostrar que es real y que persiste en el hoy, resistirla.
Dentro de las complejidades
de su condición de exiliada y de ciudadana vulnerable, que para ella son
especialmente duras en tanto consciente de la duplicidad de su situación,
Adriane/“Mary Ellen”, a pesar del control y de la represión a la que es
sometida, resiste. Como señalaba Foucault (2002), “donde hay poder hay
resistencia, y no obstante (precisamente por esto), esta nunca está en posición
de exterioridad respecto del poder” (p. 91).



Exilio
significa que no puedes tener la cabeza libre para pensar en nada que no sea el
Exilio. Mientras que otras personas no cuestionan jamás los condicionamientos
de su existencia, nosotros lo hacemos todo el tiempo. ¿Por qué estoy aquí,
cuándo me sacarán de aquí, quién me está vigilando, quién me controla, se trata
precisamente de la persona que me invita a confiar en ella? ¿Qué motivos tendrá
para denunciarme? ¿Cuál será el pliego de cargos y el resultado del juicio?&#38;nbsp;(Oates, 2019, p. 116)








El propio relato de Adriane, de
corte testimonial, es en sí mismo un acto de resistencia, un intento por dejar
registrada una experiencia y, sobre todo, un “deseo de volver a casa” (Oates,
2019, p. 73). Esto es, combatir la sensación de vivir en el exilio desde
la circunstancia mujer, aprender de los diversos mundos transitados especialmente
“cuando estos no se acomodan a nosotras” (Ahmed, 2017, p. 10).
“Esta conciencia de lo que persiste,

que es una forma de inconformidad, 
significa estar siempre en la búsqueda 
de
superar esa sensación de incomodidad
 e incluso de desprotección en un mundo
 sin
hospitalidad, que se transita como
 si se tratara de un exilio”.








Nancy Fraser (2008) decía que, en la lucha feminista, debería buscarse una
integración equilibrada entre las tres dimensiones de la justicia de género,
esto es, entre la redistribución, el reconocimiento y la representación (p. 155).
En ese sentido, insistir en la persistencia de ese desequilibrio forma parte,
también, de reconocer que, efectivamente, hay cosas a las que deseamos
ponerles fin que todavía continúan. Esta inconformidad se cristaliza en
libros distópicos como Riesgos de los viajes en el tiempo, que evidencian
coyunturas históricamente opresivas y desvelan perspectivas invisibilizadas con
la mirada puesta en las luchas del presente. Libros escritos por mujeres, como
la también distópica El cuento de la criada (1984), de Margaret Atwood, cuyo
éxito editorial (y luego televisivo) refuerza la exigencia actual, cada vez
mayor, de desmontar la naturalización de la mujer como limitada a las tareas domésticas
y reproductivas, tareas cuya redefinición, junto con la de las relaciones
hombre-mujer, a decir de Federici (2004), “no dejan dudas sobre el carácter
construido de los roles sexuales en la sociedad capitalista” (p. 26), lejos de
los discursos globales de liberación y empoderamiento, y más cerca de un
sistema autoritario que busca controlar a las mujeres. Libros, pues, “que le
dan palabras a algo, a un sentimiento, a una sensación de injusticia, libros
que al darnos palabras nos dieron fuerzas para seguir adelante” (Ahmed, 2017,
p. 1). 



Desde los ojos de Adriane Strohl, y también de “Mary Ellen Enright”,
podemos ver cómo se construye el discurso sobre “lo femenino”, el peso de la
autoridad de los hombres, la mirada tutelar sobre las mujeres, la diferencia
sexual que es también política e incluso laboral, la dependencia, la idea
tradicional de familia, los prejuicios que recaen sobre quienes no encajan en
la expectativa social, la imposición del silencio y de la culpabilidad, el
temor a alzar la voz o a deshacerse de las ataduras y controles, el encierro
simbólico en la “caja de Skinner”[15], el adormecimiento eventual
del sujeto —su “desmaterialización”,
en la metáfora de la vaporización (Oates, 2019, p. 73)—, o el peligro, el riesgode que esto ocurra. Los antiguos y nuevos mapas del infierno, el
borramiento en el exilio.



En las escenas finales de la novela, luego de un intento de huida de la
Zona Nueve junto con Ira Wolfman, quien aparentemente resulta “vaporizado”, y
luego de que se nos sugiere que Wainscotia es, tal vez, una simulación de
realidad virtual[16], Adriane
da el paso final en su proceso de conversión en “Mary Ellen”. Luego de algunas
semanas en el hospital, por supuestamente haber sobrevivido a un rayo caído del
cielo —el
ataque contra Wolfman—, Mary Ellen, ya sin comillas y sin recuerdos sobre su
antigua identidad, termina por integrarse a la vida de la Wainscotia de 1960,
un año después de su teletransportación, incluso
después de conocer en el hospital a un viejo tío exiliado que la pone al tanto
de su situación, sin mucho éxito.
Conoce
a un escultor, puesto en su camino específicamente para salvarla del rayo, y se
muda a vivir con él a una granja en las afueras de la ciudad, rodeada de niños
a quienes cuidar. Además de estas tareas reproductivas y domésticas, continúa
sus estudios, pero ya sin expectativas académicas reales, y, como en una
utopía, ahora sí, termina por asimilar, en mente y cuerpo, la idea de Lugar
Feliz[17]. “Y pienso: Estoy en
el sitio en el que me corresponde, en el momento debido” (Oates, 2019, p.
307).



Adriane, convertida finalmente en
Mary Ellen, termina por encarnar lo que antes tanto temía ser, recién llegada a
Wainscotia, y aún consciente de cómo estaba transitando el mundo bajo el peso
del exilio. “Una sonámbula de la que te compadeces y a la que no quisieras
despertar” (Oates, 2019, p. 58), como la percibieron sus compañeras cuando ella
aún sabía que era Adriane, cuando aún se resistía a la asimilación. “Como una
zombi. Exiliada. Era inevitable preguntárselo: ¿Sabe un zombi que es una
zombi? ¿Cómo entendería un zombi lo que le pasa?” (Oates, 2019, pp. 73-74).
 De cuando en cuando, sin embargo, a
pesar de proclamar que es feliz, siente ganas de llorar “sin motivo aparente”
(p. 314). Quizá Mary Ellen ha terminado por enterrar en las profundidades a
Adriane, porque, como creía Betty Friedan (2009) sobre el problema que no tiene
nombre, “puede ser menos doloroso, para una mujer, no escuchar la voz
desconocida e insatisfecha que resuena en su interior” (p. 62). 



“Las
fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica”,
ha escrito Donna Haraway (1995) en su Manifiesto para cyborgs (p. 253).
“La conexión entre el ‘futuro’ y el ‘pasado’ es tenue”, le hace decir, por su
parte, Joyce Carol Oates (2019) al profesor Wolfman en Riesgos de los viajes
en el tiempo (p. 220), mientras que para Mary Ellen, antes Adriane, ya
instalada en el Lugar Feliz, acrítica y despojada de todo sentido de historia,
“la vida es ahora, la vida no es pensar, ni reflexionar ni volver la
vista atrás; la vida es lanzarse hacia delante; la vida es el momento presente”
(p. 307). Con este final con
aires pesimistas, Oates parece querer mostrarnos, con sutileza, pero sin perder
potencia, los riesgos que suponen no solo los viajes en el tiempo, sino, sobre
todo, ignorar todo lo que aún puede enseñarnos el pasado al revisitarlo para,
desde el presente, imaginar y crear un futuro justo y mucho más abierto.









[1] Para entender aún
mejor la felicidad impuesta a la que aluden Oates y Friedan, conviene revisar
lo que escribió Simone De Beauvoir (1999 [1949]) sobre la confusión de la idea
del interés privado con la idea de la dicha, en contraste con la esfera pública:
“¿No son más dichosas las mujeres del harén que las electoras? El ama de casa
¿no es más feliz que la obrera? (...) Siempre resulta fácil declarar dichosa la
situación que se quiere imponer: aquellos a quienes se condena al
estancamiento, en particular, son declarados felices, so pretexto de que la dicha
es inmovilidad” (p. 30).







[2] Para Federici (2004), la división sexual del trabajo, así como el
posicionamiento de la familia y del matrimonio como instituciones clave, son
inseparables de una política reproductiva capitalista y de una supervisión del
Estado de la sexualidad y la procreación que lanzó “una verdadera guerra contra
las mujeres, claramente orientada a quebrar el control que habían ejercido
sobre sus cuerpos y su reproducción”, así como el salario masculino se usó “como
instrumento para gobernar el trabajo de las mujeres”, quienes sufrieron “un
proceso excepcional de degradación social que fue fundamental para la
acumulación de capital” (pp. 135, 112, 113).







[3] Federici (2004) analiza a profundidad la figura demonizadora de la bruja.
La destrucción del poder de las mujeres, sostiene, se logró por medio de la
caza y exterminio de las ‘brujas’ (p. 90).







[4]Esto significa que su construcción ha estado centrada en el hombre y, en ese
proceso, “se ha pasado por alto a las mujeres, sus actividades y sus puntos de
vista” (Lerner citada por Showalter, 1981, p. 198). A esto Celia Amorós (1991)
lo llamó “una razón patriarcal” en tanto “sesgo sexista” (p. 79) en base al
cual se han fundado discursos filosóficos, históricos, científicos, etc.







[5] “La ciencia ficción más característica no intenta en serio imaginar el
futuro ‘real’ de nuestro sistema social. Por el contrario, sus múltiples
futuros falsos cumplen la función muy distinta de transformar nuestro propio
presente en el pasado determinado de algo todavía por venir” (Jameson, 2009,
pp. 826-827).







[6] Más que un feminismo utópico, que, según Jameson (2009), buscaría
eliminar, en la ficción, “la función de la mujer como garante de la
reproducción social” (p. 614), representando una sociedad, por ejemplo, con
guarderías comunitarias y comedores populares, es decir, versiones completamente
transformadas de la familia burguesa (p. 613), lo que propone Oates es, en
sentido contrario, lo que podría llamarse un feminismo distópico, con
“imágenes patriarcales y fragmentos narrativos cuya forma final es el Gran Otro
aterrador de las antiutopías” (p. 615).







[7] “La
miniaturización se ha convertido en algo relacionado al poder”, sostiene
Haraway (1995, p. 261). En efecto, “Mary
Ellen” lleva un microchip implantado en el hipocampo para restringir sus
recuerdos y, de paso, controlar su ubicación. “Algo no me funcionaba en el
cerebro. El microchip y el teletransporte habían disminuido mi capacidad
de pensar” (Oates, 2019, p. 109).







[8] Una
defensa nacional que no es difícil de asociar con la División
Disciplinaria de la Seguridad Nacional de los Estados de América del
Norte (EAN) que controlan en 2039 lo que antes fueron Estados Unidos,
Canadá y México.







[9] ¿La teletransportación a otra época y lugar puede
calificar como metáfora relacionada al control del cuerpo? Por otro lado, que
mayor orgía masculinista de guerra que el temor permanente a ser
vaporizado por un Ataque por Dron Nacional (ADN) por un Estado altamente
militarizado, como le ocurre desde el principio a Adriane/“Mary Ellen”. 







[10]“La libertad civil es un atributo masculino y depende del derecho patriarcal”,
sostiene Pateman (1995). “Lo que significa ser un ‘individuo’, un hacedor de
contratos y cívicamente libre, queda de manifiesto por medio de la sujeción de
la mujer en la esfera privada” (pp. 11, 22).







[11] Como señala Kate
Millett en Política Sexual (1995 [1970]), “la mujer acusada de alguna
violación de la ley suele adquirir una notoriedad que no guarda proporción con
sus verdaderos actos” (p. 121). 







[12] “La cultura (masculina) era (y sigue siendo) parásita, y
se alimenta de la energía emocional de las mujeres sin reciprocidad”, apunta Firestone (1976, p. 160). Por su parte, en
línea con la búsqueda de aprobación y contacto, dice Adriane: “Yo sentía el
calor que se desprendía de su cuerpo, tumbado a mi lado, mirando al techo, solo
consciente en parte de mi presencia” (Oates, 2019, p. 229). Por otro lado, Ira
Wolfman termina siendo rechazado por las autoridades universitarias, lo que lo
sume en depresión y rebeldía, lo que está en línea con “la necesidad de
reconocimiento” que anota Firestone como específica de los hombres a partir de
la obra de Freud.







[13] Aquí conviene
señalar el concepto de exilio que propone Edward Said (2005): “Es la grieta
imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el
yo y su verdadero hogar” (p. 103, el subrayado es nuestro). Esto incluye
el despojo no solo del territorio, sino también de la familia (p. 104), como se
enfatiza en el caso de Adriane, a quien le duele especialmente haber sido
separada de sus padres. Dice Said: “Los exiliados son siempre excéntricos que sienten&#38;nbsp;su diferencia como una especie de orfandad” (p. 109).







[14] Travel under the sign&#38;nbsp;women, en inglés.







[15] “¡Escribiría con la voz de una rata de laberinto!&#38;nbsp;Me enfrentaría al enigma de la subjetividad desde el punto de vista del sujeto
(desafortunada, impotente)” (Oates, 2019, p. 205), dice Adriane/“Mary Ellen”,
al dar un examen sobre conductismo que será evaluado según normas rígidas de
correcto/incorrecto, sin lugar a pensamiento crítico o análisis complejos.







[16] Aquí otro eco a lo que apuntaba Donna Haraway (1995)
sobre cómo la ubicuidad y la invisibilidad de la sociedad de control
tecnológico está relacionada “con la conciencia —o con su simulación” (p. 261), en referencia a la idea de
simulacro de Baudrillard de copias sin original. “La microelectrónica [en la que
se basa el microchip implantado a Adriane Strohl] es la base técnica del
simulacro” (Haraway, 1995, p. 282).







[17] Cabe señalar que el nombre Wainscotia hace referencia, con ironía, a la
noción de Wainscot Society, o sociedad de zócalo o panel de madera,
tras la cual se esconde a simple vista un lugar extraordinario de gente
sobrenatural (o ilusoria). El término fue acuñado por el reconocido escritor de
ciencia ficción Robert Heinlein en 1958. El referente contemporáneo más
reciente de este tipo de lugar oculto y mágico es Hogwarts, de la saga Harry
Potter.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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feminista]. Duke University Press.
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	<item>
		<title>Nación y poesía en el Perú tras la crisis de la pandemia</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/Nacion-y-poesia-en-el-Peru-tras-la-crisis-de-la-pandemia</link>

		<pubDate>Tue, 16 May 2023 01:23:37 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

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		<description>
Nación
y poesía en el Perú tras la crisis de la pandemia
2021,
de vida o muerte.
Guillermo Valdizán Guerrero (Pontificia Universidad Católica del Perú)








&#60;img width="2048" height="1536" width_o="2048" height_o="1536" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/0e68ead2d18795edb3a51c1b4473b90616ecdebcc1005bac0908f30a6db30ce5/_Cala_--acuarela-de-Guillermo-Valdizn-2023.jpg" data-mid="178873038" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/0e68ead2d18795edb3a51c1b4473b90616ecdebcc1005bac0908f30a6db30ce5/_Cala_--acuarela-de-Guillermo-Valdizn-2023.jpg" /&#62;Valdizán, Guillermo. (2023).&#38;nbsp;Cala [acuarela].


















Si tal como expresa Jean-Luc Nancy
(2013), la poesía es el acceso a un sentido siempre por hacer (p.156), el 2021 fue
un año poético para el Perú. Un año cincelado por la agonía mundial que se
decantó entre los estragos del COVID-19 y la carrera desgarradora por las
vacunas, en un país que exhibió la mayor tasa de mortalidad debido a la
pandemia. Entrelazado con esta experiencia agonal, el mundo convulsionaba con
estallidos sociales, ascensos neofascistas, tambores de guerra y hambruna. En el
Perú, atravesamos una profunda crisis del régimen neoliberal y elecciones
generales en el mismo año de una deslucida celebración del Bicentenario de la
Independencia. Este panorama ha subrayado, trágicamente, las hondas
desigualdades y discriminaciones que vienen debilitando el impulso globalizador
de fines del siglo pasado. En esta época aún sin horizonte de futuro
distinguible, los calendarios y las geografías del planeta se han encogido, a
la vez de que los abismos sociales y ecológicos han crecido. 



Frente a la agitación de este tiempo
inédito y existencial, la poesía peruana reactivó su potencial en distintas
vertientes que han transitado desde el rigor más académico y tradicionalista
hasta rutas de experimentación y alteridad, exponiendo voces de mujeres y
disidencias, de regiones e idiomas indígenas. Desde la revista Caretas y el diario El Comercio, Ricardo González Vigil y José Carlos Yrigoyen
realizaron el habitual resumen del año 2021, destacando publicaciones
principalmente de Lima.[1] En la página web del Comando Plath (2022),
encontramos un esfuerzo por identificar una lista de libros de poesía escritos
por mujeres en un espectro que abarca tanto “autoras consagradas” como “nuevas
voces provenientes de diferentes tendencias y lenguas”. Consigna sesenta&#38;nbsp; títulos de diversas regiones e idiomas del
país. Ni la escasez global de papel a
nivel mundial durante el 2021 pudo frenar esta embestida. 



Queda preguntarnos, ¿por qué
escribir poesía en estos tiempos? Y, sobre todo, ¿cuál es la impronta de este
aluvión poético? Ambas respuestas sin duda requieren de mayor tiempo y
distancia, pero aquí quiero compartir algunas primeras intuiciones. En lo que
sigue, sugiero que en el 2021 la producción poética ha intensificado su mirada
crítica hacia algunos de los pilares del patrón civilizatorio actual, y ha
vislumbrado con mayor nitidez caminos y sensibilidades hacia otras formas de
vida y construcción de un sentido de nación. Como parte de ese caudal poético,
se ubican Tapir tapir de Renato Pita
(Vallejo &#38;amp; Company, 2021), Canción y
vuelo de Santosa de Gloria Alvitres (Alastor Editores, 2021), Layqa, nativa de la oscuridad de
Karuraqmi Puririnay (Lliu Yawar Editorial, 2021) y El intérprete del caos de Andrés Sicchar (Heraldos Editores, 2022).
Antes de pasar a analizar estos poemarios, presentaré un panorama de la
situación social y política de la producción literaria en el Perú del siglo XXI
para contextualizar lo que nos ofrecen.
En el 2021, la producción poética ha intensificado su mirada crítica
hacia algunos de los pilares del
patrón civilizatorio actual.


Neoliberalismo, poesía y nación en el Perú del siglo XX al
siglo XXI

Si recordamos la última década del
siglo pasado, el Perú se encontraba en un vórtice generado por la violencia
política que implicó el terrorismo ejercido tanto desde las organizaciones
subversivas como del Estado, y la instauración del régimen neoliberal inscrita
en la misma Constitución del 93. Los partidos políticos de izquierda, los
movimientos sociales y la intelectualidad crítica fueron duramente golpeados y
reducidos a su mínima expresión. El país se enfila hacia lo que William Rowe
denominó un vaciamiento simbólico;[2] es
decir, un vacío ético y político que será llenado por el neoliberalismo sobre
la base del olvido, la reincorporación al mercado global —vía la apertura de inversiones
extranjeras—, la
privatización de empresas públicas, el recorte de derechos sociales y la
aceptación de la “mano dura”. Como afirma Luis Fernando Chueca (2019): &#38;nbsp; 
Los «poetas de los noventa», en general, se mantuvieron
distantes de esta temática y optaron, más bien, por abordar los dilemas de la individualidad
y del espacio íntimo o familiar, o por las reflexiones abstractas y los juegos
intertextuales a través de escritos cuyo cuidado estilístico evidenciaba que la
corrección poética era una preocupación fundamental de su escritura. (p. 440)
 



El crítico nota, sin embargo,
resaltantes excepciones, las cuales planteaban la idea de la inviabilidad del
Perú como una sociedad cohesionada y, en tal sentido, la construcción de la
nación peruana como el campo de contiendas simbólicas. 



El tránsito de la literatura peruana
del siglo XX al XXI estuvo canalizado por la llegada de la postmodernidad, el
anuncio del fin de los grandes relatos, y la dispersión de géneros y
generaciones, así como el crecimiento comercial de la producción narrativa y la
pregnancia de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) en las
principales ciudades del país. Estos cambios variaron sustancialmente las
dinámicas y hábitos de la cadena de producción, distribución y consumo en el
campo literario. Dicho tránsito coincidió con la continuidad y el afianzamiento
del neoliberalismo postdictadura, las promesas incumplidas de la transición
democrática, un Estado capturado por los poderes fácticos del gran empresariado
y el emprendedurismo como ideología individualista que traducía todas las
dinámicas sociales a la lógica mercantil y fundamentaba las maneras de entender
y representar la nación peruana a inicios del nuevo milenio.&#38;nbsp; 



Desde la producción poética de la
primera década del siglo, se recupera profusamente la memoria sobre la
violencia política y el rol de la poesía de cara a sus consecuencias, pero
también la afirmación de una vertiente feminista que ha rescatado las voces de
mujeres escritoras a lo largo de la historia de la literatura peruana y ha
construido plataformas públicas para visibilizarlas. Desde la poesía joven de
los últimos años de la segunda década del siglo XXI, se resalta el regreso de
una impronta urbana y marginal, la incorporación del mundo digital al paisaje
poético y a las formas de distribución de publicaciones, así como la aplicación
de influencias norteamericanas postconceptuales y la exaltación de un
sentimentalismo introspectivo, pero con múltiples referencias a una cultura
transnacionalizada.[3] A
ello se suma la aparición de decenas de editoriales independientes en las
principales ciudades del país, festivales y portales web especializados en
poesía peruana.[4] 



Por otro rumbo, junto a los
esfuerzos por reivindicar la obra literaria y antropológica de José María
Arguedas en el centenario de su nacimiento (18 de enero de 2011), se ha
evidenciado mayor ímpetu por indagar en las fibras de la literatura peruana
desde la visión de una interculturalidad crítica, trayendo a flote los procesos
literarios de diversas regiones del país, en muchos casos escritas en idiomas
indígenas, o recuperando sus sensibilidades y su capacidad expresiva. Este
reencuentro cultural ha insertado otras cronologías, tradiciones, estéticas y
temáticas que antes se encontraban a la sombra de la literatura limeña aún
hegemónica. Sin embargo, esta búsqueda es la expresión nacional de un proceso
global que inició desde el siglo pasado y se enmarca en una tensión
constituyente de la denominada “globalización”: la que se da entre miradas que
afirman el tránsito a una progresiva homogeneidad planetaria y otras que se
plantean la profusión de identidades de carácter heterogéneo y pluralista.[5]
 Se ha evidenciado mayor ímpetu
por indagar en las fibras de la 
literatura peruana desde la 
visión 
de una interculturalidad crítica.





Finalmente, podemos indicar que,
desde la década de los ochenta del siglo XX, el Estado disminuyó
considerablemente su capacidad de establecer narrativas de lo nacional, tarea
que fue tomada por los agentes institucionales del mercado global y sus
anclajes nacionales. Estos abrieron un período de transnacionalización y
mercantilización de las identidades locales en función de las lógicas del
mercado global, al que Gisela Cánepa (2020) denomina “el neoliberalismo como
régimen cultural”, con el efecto de consolidar la épica del emprendedurismo,
mientras que en las regiones, debido a la presencia de industrias extractivas,
se desataba un ciclo de conflictos socioambientales. En este proceso, se
intentó construir un nuevo sentido de nación bajo la lógica de la “Marca Perú”
—cuyas principales insignias fueron la gastronomía y el fútbol— que ocultaba
las múltiples desigualdades de clase, género, y procedencia geográfica, étnica
y lingüística. Es decir, mientras el Estado se convertía en una herramienta
funcional para la exacerbación del extractivismo, abdicando de sus roles de protección
social y regulación, se intensificaron las fracturas históricas entre el capital y los derechos de la mayoría,
entre la capital y las regiones, y
entre el mundo letrado urbano y el mundo plebeyo precarizado. El hecho de que
la pandemia afectara desproporcionadamente a los sectores más vulnerables de la
sociedad desnudó cruelmente la lógica perversa de la narrativa de nación
emprendedora y transnacionalizada del neoliberalismo, evidenciando
dramáticamente las fragilidades e injusticias sobre las cuales se sostenía.



 
Cuatro caminos para una nación en crisis



Como mencioné inicialmente, en el
contexto provocado por la pandemia y la crisis del régimen neoliberal, se
publicó un amplio y vigoroso conjunto de poemarios que contribuyen de diversas
maneras a cuestionar los sentidos establecidos de nación en los tiempos
neoliberales descritos en la sección anterior. Parte de este aluvión poético ha
expresado una gama de búsquedas y lugares de enunciación distintos a los mundos
virtuales y urbanos. Se trata de una poesía que ha logrado sintonizar con
lógicas de pensamiento y estructuras sentimentales provenientes de las matrices
culturales andino-amazónicas, en donde la relación entre ser humano y
naturaleza se ha establecido en el plano de vínculos de parentesco o
interpenetraciones múltiples de sujetos en tránsito, dotándolos de una dignidad
simétrica, y no desde la lógica moderna y racionalista de transacción entre
sujeto-objeto. Esto ha llegado al punto de disolver el yo poético en una
multiplicidad de voces humanas y no humanas. A continuación, haré una breve
revisión de esta dinámica en cuatro poemarios.




Canción y vuelo de Santosa,
de Gloria Alvitres



Alvitres hace una ofrenda a su
abuela de origen huancaíno, Santosa, quien es motivo central del poemario y
puerta para la búsqueda onírica y lírica de referencias propias en su
afirmación feminista presente. El poemario abre con un epígrafe de una canción
del Picaflor de los Andes, que evoca la persistente apuesta por la alegría a
través del canto y del baile que caracteriza a nuestros pueblos andinos y
amazónicos, a pesar del dolor y la exclusión histórica a los que han sido
sometidos. Así, da una primera pista de acceso al sentido de la obra. Esta se
encuentra distribuida en tres bloques: “Sonqollay”, que es el homenaje de la
nieta a la abuela; “El primer hogar”, dedicado a la figura materna y al padre
ausente y, a la vez, omnipresente; y “Una habitación atemporal”, dedicado a las
luchas de las mujeres por una vida digna. Completa el poemario el “Monólogo de
Santosa”, en primera persona, y las ilustraciones de tonalidad intimista de
Lucero Huamani.



Desde el inicio, la autora establece
como eje central el vínculo entre cuerpo, familia y casa: “Partida mi piel reconoce los pedazos que asoman por el espejo. Está mi
padre atrapado en un reloj y ellas que son toda mi casa”. También deja
claro el lazo entre identidad y paisaje: “Los
días de luna roja, la niña se ata la pollera / Quiere mirarse en las aguas del
Mantaro / para descifrar sus misterios”. De ese entramado animista, emerge
la figura de Santosa, “abuela ceniza”,“abuela eucalipto”, “abuela piel de oca”, “abuela colibrí”. Estas transformaciones
son acompañadas por las estaciones representadas en las flores de cada época
del año, las cuales son confundidas con el paisaje, “mamita laguna”. El juego continúa en la relación de la poeta con
su madre, Agustina, “madre de cerro sal”,
la que porta en su frente “versos con
forma de caracol”, conversa con las tórtolas y se reconoce curandera. Este
juego da paso a un verso más agresivo e interpelante en el tercer bloque, donde
la evocación es reemplazada por un tono sentencioso que nombra a las mujeres, “hijas del desierto”, “hijas del caos”, aunque siempre en
vínculo con el paisaje, en este caso, un paisaje corporal, pagano, urbano y
violentado: “canto desde mi dolor / para
entregarte mi rabia convertida en fuego”.
 


&#60;img width="270" height="409" width_o="270" height_o="409" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/c0928a3dfb3da52a5051005c221961638c19f88b560d16966ae8f91120207055/Cartula-de-Cancin-y-vuelo-de-Santosa--de-Gloria-Alvitres-Alastor-Editores--2021.gif" data-mid="178873039" border="0" data-scale="28" src="https://freight.cargo.site/w/270/i/c0928a3dfb3da52a5051005c221961638c19f88b560d16966ae8f91120207055/Cartula-de-Cancin-y-vuelo-de-Santosa--de-Gloria-Alvitres-Alastor-Editores--2021.gif" /&#62;
Carátula de Canción y vuelo de Santosa, de Gloria Alvitres (Alastor Editores, 2021).
Canción y vuelo de Santosa se enuncia desde abajo y entiende la vitalidad que esa
posición tiene en el orden cósmico de la espiritualidad andina. Congrega
búsquedas y encuentros de mujeres hechas raíces, que han atravesado la alegría
y el dolor, abrazadas en complicidades. Alvitres toma la voz de la abuela y la
expone con la intimidad de dos cómplices que comparten el quechua como un
lenguaje secreto. En el verso “la falta
de lengua es como llevar un muerto en el pecho”, se hace alusión a su
estigmatización a lo largo de la Conquista y la República. Por momentos, el
libro abre la puerta a esa vibración huanca de saxofones y flores coloridas,
mientras que en su progresión dicha vibración va contrastando con el desgarro
del padre ausente, la memoria migrante, la discriminación, y el destierro de la
urbe y sus orfandades.



 
Tapir tapir,&#38;nbsp;de Renato Pita



Desde el primer verso, el autor traza
el sentido y rumbo del poemario: “¡quién
esté libre de cadena trófica, que tire la primera piedra!”. Renato Pita
presenta su tercera publicación imbuido de la vivencia que ha tejido en la
Amazonía durante los últimos años. De manera similar a Alvitres, también parte
de una búsqueda personal. En este caso, se trata de la búsqueda de la propia
voz poética, que avanza y muta a tientas, descubriéndose arropado en la
naturaleza que le guía en dicho proceso y sobre la que extiende un vínculo de
parentesco, a modo de una “cadena
trófica” de equivalencias —cotidianas y ciertamente lúdicas— entre seres
humanos y no humanos. El poemario está dividido en tres bloques: “Tapir”, que
contiene una veintena de poemas en verso libre; “Dibujos de interiores”, en el que
el propio autor plasma, a modo de apuntes minimalistas y de sintética belleza,
cinco tapires en distintas posturas; y nuevamente “Tapir”, que contiene una
veintena de sonetos. De este modo, el título intencionalmente repetido toma
solidez en el ritmo y la estructura general de la publicación, dejando claro el
sentido de búsqueda.



La experiencia amazónica de otra
forma de convivencia entre seres humanos y naturaleza que se plasma en la
publicación también encarna el encuentro con la expresividad de los pueblos
amazónicos y, en particular, con el idioma indígena kukama —perteneciente a la
familia Tupí-Guaraní y en alto riesgo de extinción—, del que proviene la
palabra “tapira”, castellanizada como “tapir”. En ese mismo juego de tránsitos
y equivalencias, discurre la poesía: “no
me ahogo… / como sachavaca aprendo a caminar bajo el agua”. En algunas
ocasiones, el juego asume un movimiento cíclico e intercambiable: “vuelve a oler la etérea microbiología en la
que te convertirás / piérdete en el polvo / déjate de solideces”. Los
versos se desenvuelven con sinuosa plasticidad y amplitud de significaciones,
incluso llegando a componerse como sonetos, pero con la misma concisión y
extraña delicadeza de sus trazos en una dinámica de dualidades entre
“hombre-animal, cultura-naturaleza, fealdad-belleza, oscuridad-luz,
ignorancia-lucidez, el uno mismo-el otro, etc.”, como dice el propio autor
(Pita, 2021, 18 de agosto).
&#60;img width="180" height="280" width_o="180" height_o="280" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/7636e89e563f7a1aa443d62af9e34373cccafbe632d5631f39316f1e158fd144/Cartula-de-Tapir-tapir--de-Renato-Pita-Vallejo---Co.-2021.jpg" data-mid="178873050" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/180/i/7636e89e563f7a1aa443d62af9e34373cccafbe632d5631f39316f1e158fd144/Cartula-de-Tapir-tapir--de-Renato-Pita-Vallejo---Co.-2021.jpg" /&#62;
Carátula de Tapir Tapir, de Renato Pita (Vallejo &#38;amp; Co., 2021).



El poemario es, ante todo, un
homenaje a las culturas y a la naturaleza amazónica y, al mismo tiempo, una
forma de disolver la frontera entre ambas. Un homenaje adentrado en el paisaje
con agudeza contemplativa y carácter corporal, orgánico, biológico, con flora y
fauna en cada momento de la trocha poética que ha decidido abrir como parte de
su búsqueda. No obstante, su vocación dialógica se extiende más allá de la
Amazonía y aborda otras referencias, principalmente artísticas, como Kanagawa,
Odilon Redon o Eduardo Chirinos, nombrados entre los poemas; y Martín Adán,
Carlos López Degregori, Juan Antonio González-Iglesias, Inger Christensen y
Blanca Varela, mencionados en los dispersos epígrafes. Así, muestra la
posibilidad de convocar un diálogo amplio desde un lugar de enunciación
eminentemente amazónico. La cadena trófica se expande en todo lo que pueda ser
eco de vida, incluyendo la poesía.



 
Layqa, nativa de la oscuridad,&#38;nbsp;de Emilia Chávez Santos



La figura de la curandera, la bruja,
la hechicera, es la figura central de este poemario de Emilia Chávez Santos,
quien a su vez ha elegido Karuraqmi Puririnay como heterónimo, que en el idioma
quechua significa “tenemos un largo camino por recorrer”. Purificación de
conmociones oscuras, de presencias y ausencias misteriosas, acompañada por las
cuidadas ilustraciones de Yarush Yurivilca, basadas en la tradición de los
mates burilados de Cochas, lugar de procedencia familiar de la autora. Este
poemario define su centro gravitacional en la magia, no entendida como vivencia
sobrenatural, sino como cotidianidad y naturaleza. Impregnado en un contexto
rural, el sentido de lo mágico está asociado a la sanación, a la cura de
enfermedades a través de las plantas y animales. Las protagonistas de estos
saberes y prácticas son las mujeres de la comunidad. “Nací bruja / reconocí mi reflejo negro / en una gota de lluvia / y
desde entonces / lo supe… / A los tres años / me descubrí hechicera”,
afirma la autora como parte de la misma estirpe y portadora de magia,
transfigurada desde la materia poética.
&#60;img width="530" height="706" width_o="530" height_o="706" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/57b7af721b2770c5f983f1573ba52a0abe382b397dd64e9a61c79d4db559e515/Caratula-de-Layqa--nativa-de-la-oscuridad--de-Karuraqmi-Puririnay-Lliu-Yawar-Editorial--2021-.png" data-mid="178873045" border="0" data-scale="45" src="https://freight.cargo.site/w/530/i/57b7af721b2770c5f983f1573ba52a0abe382b397dd64e9a61c79d4db559e515/Caratula-de-Layqa--nativa-de-la-oscuridad--de-Karuraqmi-Puririnay-Lliu-Yawar-Editorial--2021-.png" /&#62;
Carátula de Layqa, nativa de la oscuridad de Karuraqmi Puririnay (Lliu Yawar Editorial, 2021).

El libro está organizado en cuatro
partes según las voces de cuatro mujeres. En primer lugar, está “Minúsculo
dios”, que es la más íntima y corpórea de todas las voces que componen el
libro, la cual debate sus ansias ante las fuerzas telúricas que la habitan:“Yo era una mujer sensata / ahora soy todo
lo contrario / me quedo mirando un reloj que marca las horas al revés / me
quedo de rodillas / mirando el cielo y la tierra / celeste y húmeda”. La
segunda parte se denomina “Nativa de la oscuridad” y expresa una voz iracunda,
feroz, que puede comunicarse directamente con la naturaleza en su propio
lenguaje, y que se anima y transmuta en otros seres vivientes: “Mi sangre canta / mi voz es el eco de los
árboles y las viejas flores / me salen ríos por los ojos en invierno”.
Desde esta voz, se asume con orgullo la identidad andina. En el tercer bloque,
“Kuyakuy”, la voz evoca el sentido de la pérdida, el desarraigo, la espera y el
olvido, manteniendo el intercambio entre lo humano y lo natural. Finalmente,
“Tentación de existir” experimenta la carencia, calibrando la figura del padre
y dios a la orfandad que toma la ciudad, verbalizada en un hambre sin consuelo:“Ni mil palabras / ni dos mil rezos / ni
tres hijos / ni el amante que siempre abraza / ni el huerto rebosante de quinua
y papa / ni los cielos de silencio / sacian el hambre que tenemos”.



Karuraqmi abre un tránsito entre lo
humano y lo natural a través de la magia. Es ahí donde la poesía transfigura el
dolor y el desgarro en sanación. La poesía se torna una evocación que da
sentido al pasado, y lo convierte en fuerza enraizada y erótica de la
experiencia vital. Así, Karuraqmi condensa la oscuridad de su procedencia, es
decir, deconstruye su propio lugar de enunciación en intercambio continuo con
la naturaleza y con su energía de mujer. Dichos son los caminos por los que
respiran las conmociones de Layqa.



 
El intérprete del caos, de
Andrés Sicchar

El intérprete del caos, de Andrés Sicchar, se erige desde una voz de ruptura y
agitación combativa, de izquierda socialista que explicita su interpretación
marxista de la realidad social e histórica a partir de su lugar de enunciación
en Iquitos, en la Amazonía peruana. De ahí viene la intención protagónica de
“interpretar” un contexto tan dramático y caótico como el conformado por la
crisis del régimen neoliberal y la pandemia del COVID-19, contexto que aborda
el libro y que transcurrió con intensidad entre 2016 y 2021, período de
escritura de esta selección de poemas, según consigna el prólogo. Lo curioso es
que quien “interpreta” prefiera hacerlo desde la poesía antes que desde las
herramientas del socialismo científico. Aquí se fija una tensión que recorre
toda la publicación y sostiene la dialéctica entre ira y amor, injusticia y
solidaridad, decadencia y esperanza, donde el caos es concebido como “… toda aterida oscuridad en la vorágine sed
de penates, que hermana con los estrechos gemidos de la noche. Usurpa y sorbe
el escaso polen de melodías errantes”.



El poemario está ordenado en dos
partes. La primera, “Morfología del abismo”, aborda de manera descarnada y
existencial el desorden de la época: “¡Oh
maldito heraldo / hermano de nuestra muerte! / ¡Traidor hijo envilecido! / ¡Tu
eterna desdicha ha de ser! / Largada tu infamia / así con tu báculo / de Shungo
y escamas / demarcas la historia que maldice tu letargo”. La segunda parte,
“Crónicas y cantares”, amplía temas y recursos poéticos en un tono más lírico,
sin dejar su carga visceral, y con una intención más evidente por jugar con la
propia forma del poema en la página: “Yo
encontré en tus últimas palabras la codicia de una anaconda en celo, el
hipnotismo de las playas que el río irradia”. La estética que desarrolla se
centra en una expresividad directa, decididamente panfletaria, con la efectiva
sequedad de una arenga en la intensidad de una marcha, salpicada de referencias
culturales, políticas y teóricas.&#38;nbsp; 



Resaltan las múltiples menciones a
la resistencia indígena del pueblo aguaruna y sus héroes culturales, invisibles
para la historia nacional, y a las comunidades indígenas Murui Muinani del Medio
Putumayo, Shawi del Datem del Marañón, Kichwa del Alto Tigre, Awajún del Alto
Marañón y Achuar del Alto Corrientes; menciones que incorporan parte de su
legado cultural, incluyendo su idioma. Asimismo, se hace explícito el homenaje
a las y los trabajadores del sector salud de Loreto que estuvieron en primera
línea enfrentando la pandemia durante el 2020. Mantiene una permanente y
enfebrecida denuncia contra el desorden capitalista y, de cierta forma, a la
civilización moderna, de la cual bebe su pensamiento, mas no duda también en
cuestionar. Podríamos ver en este poemario un collage desgarrado, un acto de denuncia vehemente que se afirma
incólume en grandes certezas, pero que se desarma y conmueve ante la historia
de los pueblos, a los que se adhiere sin distinguir entre poesía y militancia
política.



 
Reflexión final: la nación como búsqueda de otras formas de
vida en la poesía peruana actual



José María Arguedas (1975), en su
artículo “El complejo cultural en el Perú”, señalaba que una fibra fundamental
de la vitalidad de nuestra matriz cultural andino-amazónica se halla en “su
capacidad de cambio, de asimilación de elementos ajenos” (p.2),[6] no pasivamente,
sino como estrategias desde abajo para subvertir el ejercicio del poder
colonial que ha orientado históricamente el proceso de formación de la nación
peruana. Se trata de un conjunto de prácticas estratégicas de re-existencias e
“interpenetraciones múltiples”, a decir de Rita Segato, que no buscan solo
demarcar su fragmento territorial y su cuota de derechos, sino que tiene la
vocación de impregnarse en la multiplicidad de territorios e identidades; no
con afán colonizador ni sintetizador, más bien, como una forma de administrar
lo diverso desde una posición no hegemónica, partiendo de procesos localmente
situados. Elementos sustantivos de estos procesos persisten en el sustrato de
las fiestas, festividades y religiosidades de nuestro calendario festivo, pero
también en fenómenos como la trayectoria de las identidades de comunidades
migrantes que se desplazaron del campo a la ciudad durante la segunda mitad del
siglo pasado, la construcción de emporios comerciales de provincianos en las
grandes ciudades y los saberes curativos sobre la base del uso de plantas.
Todos estos ejemplos de prácticas de interpenetraciones múltiples se han
mantenido relativamente estables, transitando del conflicto a la negociación
permanentemente, a pesar de ubicarse bajo la influencia de la construcción
neoliberal de la nación peruana.



En los poemarios revisados, se trata
no solo de un reencuentro con las raíces, sino de una reconstrucción del sujeto
múltiple y en tránsito que, en su andar, prefigura diversas articulaciones
entre naciones. Particularmente, se trata de cuatro autores mestizos,
profesionales, urbanos, que desde un lugar de enunciación regional han plasmado
poéticamente sus búsquedas y hallazgos de otras formas de vida. Los poemarios
entienden estas últimas de la manera en que las define Diego Sztulwark, es
decir, como prácticas y saberes comunes que cuestionan y se asumen
sensiblemente incompatibles a los modos de vida que ofrece el mercado.[7] Estas formas de vida adquieren características anómalas para estos modos
mercantilistas y homogenizadores en momentos de crisis, como el acontecido en
la pandemia, con el efecto de politizar su singularidad y alejarse, para ello,
de una concepción esencialista. Esas formas de vida empiezan a ser vislumbradas
desde personajes como la abuela que se transfigura en naturaleza, la curandera
que sana a través de saberes mágicos, tapires que se mimetizan con otros seres
vivientes o personajes colectivos de la resistencia indígena, así como desde
sus múltiples mutaciones y equivalencias, transitando de la cadena trófica a un
parentesco biopoético.


 En los poemarios revisados, se trata 
no solo de un reencuentro con las 
raíces, sino de una reconstrucción 
del sujeto múltiple y en tránsito.


Las
formas de vida asentadas en estos poemarios dan cuenta de las fibras
imaginarias y sensibles de esos otros procesos de construcción de nación. Sus
autores, pese a hablar principalmente el castellano, han logrado sintonizar con
la comprensión del mundo de ciertos idiomas indígenas y sus estructuras
sentimentales, dotando a sus poemas no solo de nuevas palabras, sino de otro
entendimiento del vínculo entre los seres vivientes, en un constante juego
dialógico de interpenetraciones múltiples que da sentido a la búsqueda de
raíces genealógicas, culturales, históricas, biológicas y ecológicas. Para
ello, en todos los casos han difuminado el yo poético en una polifonía de voces
y personajes, o han mantenido un único yo poético, pero en estado de tránsito y
búsqueda que le obligaba a un descentramiento y, a la par, a un intercambio de
roles, a veces de manera lúdica y, otras, trágica. Ese ir y volver de
identidades-otras, ese asumirse sujeto en tránsito, es una forma de traducir
poéticamente las estrategias desde abajo, de asimilación subversiva y de
amalgamiento de un sentido de pertenencia construido por fuera de los modos de
vida del mercado global y del Estado-nación homogeneizador. Es posible
identificar sensibilidades afines a una política de la imaginación
intercultural, antiesencialista y subversiva respecto del patrón global de
dominación y en su expresión nacional.



En su época, Mariátegui planteó la
necesidad política de articular la tradición y la modernidad, sabiendo la
dolorosa herida que ello implicaba en el proceso de la moderna construcción del
Estado-nación, pero siendo consciente de la importancia de dicha articulación
para la disputa hegemónica. Hoy, en plena crisis civilizatoria del patrón de
dominación global y de crisis del régimen neoliberal, urge volver a actualizar
las formas de esa articulación. Quizá la más importante sea la que conecta el buen vivircon la tradición del socialismo indoamericano de vertiente arguediana, que
encuentra puntos de sintonía con las identidades y procesos culturales
compartidos en estos poemarios. 



Finalmente, para que ello pueda irradiar
socialmente, se precisa políticas culturales que articulen este tipo de
producción poética con el currículo escolar, la formación universitaria de
docentes de educación básica, los medios de comunicación —tanto masivos como
locales— y las redes de bibliotecas comunitarias, para amplificar creativamente
estas exploraciones a través de las principales instituciones de formación de
ciudadanía. De esta manera, podríamos gozar de contenido público que conecte
con las potencias plebeyas que se vienen fermentando en el Perú de hoy.

Las formas de vida asentadas 
en estos poemarios dan cuenta 
de las fibras imaginarias y sensibles 
de esos otros procesos de 
construcción de nación.




[1] Algunos de los libros mencionados fueron los
siguientes: ana c. buena de Valeria
Román, Cabe la forma de Mario
Montalbetti, Las arqueólogas de Mirko
Lauer, El guerrero del arcoíris de
Guillermo Chirinos Cúneo, El nuevo libro
de inventarios, cuentas y un poema de Ángel Eduardo Ibarguren, Kauneus (la belleza) de Roxana
Crisólogo, Poemas posthumanos de José
Antonio Mazzotti, Rumikuna del mar de
Carolina Fernández, Palabras que reservo
para la tinieblas de Zoila Capristán, En
la ascensión de Alonso Ruiz Rosas, A
menor de Jerónimo Pimentel, El
califato de Lima de Diego Otero, Las
edades de Teresa Cabrera, Fiestade Denisse Vega, Comentarios Irrealesde Miguel Ildelfonso, Constitución
Política del Perú de Santiago Vera, Un
sonido amarillo de Rosa Granda, Calaveras
retóricas de Diego Lazarte, Apachetade Lourdes Aparicio y CORAZONmente de
José Beltrán Peña.







[2] Según plantea Luis Fernando Chueca (2019), “[s]e
conduce así hacia lo que William Rowe denomina, para el Perú y otros países
latinoamericanos, un «vaciamiento simbólico», sumado al agravamiento de las
condiciones económicas de las mayorías y un ataque contra las identidades que
no eran funcionales a los nuevos esquemas de desarrollo vinculados a la lógica
del mercado. Así, se establecieron como «inviables» las ideologías de izquierda
y se pretendió crear «un vacío ético y político solo capaz de llenarse por la
modernización neoliberal»” (p. 440).







[3] Siguiendo el análisis de Roberto Valdivia sobre
los denominados “sentimentalitos”, Benjamín David Huisa-Cruz (2021) plantea: “[l]os
poetas leen a autores desconocidos para la mayoría, aplican influencias
norteamericanas (como lo fue la alt lit) o post-conceptuales, mezcladas con un
sentimentalismo indie derivado de la filmografía independiente de la década
pasada” (p. 52).







[4] A modo de ejemplos, podemos mencionar a
editoriales como LLiu Yawar Editorial, RCQ Editorial, Pakarina Ediciones,
Taller Editorial La Balanza, Álbum del Universo Bakterial, Paracaídas Editores,
Editorial Pesopluma, Vallejo &#38;amp; Company, Alastor Editores, Hanan Harawi, Amaru
Cartonera, Santa Rabia Poetry, entre otras. En lo referido a festivales, están
Antifil, Festival de Poesía (Lima), Enero en la Palabra (Cusco), Festival
Internacional de Poesía “Vivir sin detenerse” (Huancayo), Festival de Poesía de
Chepén (La Libertad), Festival de Poesía de Huancavelica, Festival Itinerante
de Escritoras y Activismos, Caravana de Poesía (itinerante), entre otros. Sobre
portales web de poesía peruana, se encuentran Ánima Lisa, Poesía Sub 25,
Comando Plath, Vallejo &#38;amp; Company, entre otros.&#38;nbsp; 







[5] Como ha señalado Rita Segato (2007), “[d]os
tendencias opuestas se le atribuyen al proceso que llamamos hoy
‘globalización’. La primera es la progresiva unificación planetaria y
homogeneización de los modos de vida; la segunda, la producción de nuevas formas
de heterogeneidad y pluralismo que resulta de la emergencia de identidades
transnacionales a través de procesos de etnogénesis o de radicalización de
perfiles de identidad ya existentes” (p. 37).







[6] Como escribió Arguedas (1975), “[d]urante
siglos, las culturas europeas e india han convivido en un mismo territorio en
incesante reacción mutua, influyendo la primera sobre la otra con los
crecientes medios que su potente e incomparable dinámica le ofrece; y la india
defendiéndose y reaccionando gracias a que su ensamblaje interior no ha sido
roto y gracias a que continúa en su medio nativo; en estos siglos, no sólo una
ha intervenido sobre la otra, sino que como resultado de la incesante reacción
mutua ha aparecido un personaje, un producto humano que está desplegando una
actividad poderosísima, cada vez más importante: el mestizo” (p. 2).







[7] Para Sztulwark (2020), “[…] los modos de vida
serían las maneras posibles de vivir tal y como las ofrece el mercado, listas
para su consumo, mientras que las formas de vida supondrían un cuestionamiento
de automatismos y linealidades, y partirían, por tanto, de una cierta
incompatibilidad sensible con los imperativos de adecuación respecto de la
pluralidad de ofertas posibles. Del lado de los modos de vivir quedaría un supuesto
saber vivir; del lado de las formas de vida un no saber vivir, o un incesante
aprender” (p. 44).












Bibliografía



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vuelo de Santosa. Alastor Editores.



Arguedas, J. M. (1975). El complejo cultural en el
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Chueca, L. (2019). Poesía y violencia política:
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Pontificia Universidad Católica del Perú, Casa de la Literatura Peruana,
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Sztulwark, D. (2020). La ofensiva sensible. Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo
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https://elcomercio.pe/luces/libros/resumen-2021-cuales-fueron-los-mejores-libros-peruanos-del-ano-ano-2021-2021-covid-19-novela-cuento-poesia-no-ficcion-noticia/ 



























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		<title>No transes más</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/No-transes-mas</link>

		<pubDate>Sat, 28 Jan 2023 17:55:27 +0000</pubDate>

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No transes más



La
grasa de las capitales&#38;nbsp;y la sociedad del espectáculo. ¿Es posible criticar al sistema haciendo bailar
a la gente?&#38;nbsp;
Harold
Gálvez (Pontificia Universidad Católica del Perú)




&#60;img width="640" height="640" width_o="640" height_o="640" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/474ff3ea9026d6d36498c4bbef0c70dd7cacf4d8d9e265fa381ccfecfa5c465d/Andn--Ruben1979.-Portada-de-La-grasa-de-las-capitales.jpeg" data-mid="166447677" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/640/i/474ff3ea9026d6d36498c4bbef0c70dd7cacf4d8d9e265fa381ccfecfa5c465d/Andn--Ruben1979.-Portada-de-La-grasa-de-las-capitales.jpeg" /&#62;

Andón, Rubén (1979). Portada de La grasa de las capitales.
 
Frente
al lente de la cámara fotográfica, Pedro Aznar, David Lebón, Óscar Moro y
Charly García no eran más Serú Girán. Habían llegado al estudio por separado con
la consigna de elegir a su personaje. La idea, por supuesto, fue de Charly
García. Con los bocetos de la portada en mano, la tarea de Rubén Andón —fotógrafo
de la revista Pelo— era recrear una de las tantas tapas de la revista de
espectáculos Gente. “Preparé un fondo rojo y chau”, comentaría el propio
Andón años después. La banda más importante del rock argentino de la década de 1970, la que a través de sus canciones denunció al
régimen y la que también encontró resistencia durante sus inicios, había
decidido responder a las críticas de un accidentado debut en el estadio Obras
con un disco que removió el panorama musical local. “Era nosotros contra el
mundo y la revisa Gente era el enemigo”, confesaría el propio García (Página
12, 2008). La sesión se inició a las 5 de la tarde y, luego de improvisar
un poco, para las 8 de la noche, se habían convertido en cuatro tipos
corrientes: un oficinista, un jugador de Rugby, un carnicero y un empleado de
la estación de servicios Shell. En la esquina inferior derecha y bajo un fondo
amarillo aparecía la primicia: “Descubrimos a los dobles de Serú Girán”. Y al
otro lado, el título de la cubierta que se convertiría en algo más que un
disco: “Grasa”.

























“La grasa de las
capitales (1979), el disco
icónico del grupo argentino Serú Girán,
se instala en el espectro musical como
un
objeto crítico de las costumbres y del
contexto político”.


La
grasa de las capitales (1979), el disco icónico del grupo argentino
Serú Girán, se instala en el espectro musical como un objeto crítico de las
costumbres y del contexto político. Editado durante el proceso de reorganización
nacional encabezado por la junta militar (1976-1983), el disco que lo cambió
todo y reseteó los paradigmas de
la música popular mediante letras que se presentan sarcásticas, caprichosamente
políticas, solemnes, frívolas y hasta en algún pasaje contradictorias; esos
textos definieron las encrucijadas de su tiempo (Del Mazo, 2019, pp. 9-10).

En ese sentido, La grasa de las capitales&#38;nbsp;se presenta como una crítica del espectáculo, del show, a través de su potente portada. Al mismo tiempo, es también
un disco que no es ajeno a su tiempo histórico y a lo que tiene que decir. El
arte aspira a formatear ciertos contenidos políticos de una manera
atractivamente estética, había dicho Groys (2014, p. 11). Para hacer esto, Serú
Girán se vale de alegorías y metáforas en sus letras que dicen lo que no se
puede decir en un país atravesado
por la dictadura. La grasa de las capitales es también la impronta de
una época.


Esta actitud de barrer con todo e instalarse en el imaginario colectivo
responde a un momento particular del rock
argentino y de Serú Girán en especial. La represión ejercida por la dictadura
militar entre 1976 y 1983 provocó profundas transformaciones socioculturales y
políticas, las cuales hicieron del rock
argentino un auténtico campo de resistencia cultural altamente disfuncional
para el régimen (Vila, 1987, p. 129).[1] El rock fue una válvula de escape para
una generación que crecía entre el miedo y las desapariciones, y que encontró
en esas letras satíricas y alegóricas una manera de superar la censura impuesta
por la dictadura.[2]&#38;nbsp;En una sociedad en transición democrática, el rock empezó a ser consumido, según Del Mazo, por un público más
joven, y eso fue la evidencia de que se avecinaba un tiempo distinto (p. 65).
Luego del fracaso que significó el primer disco y de la mala recepción
del público, todo parecía encaminado a que Serú Girán quedara en el olvido o,
por lo menos, obtuviera el rótulo de banda
incomprendida. La banda se propuso
sintonizar con el público y, paradójicamente, mantenerse afuera y adentro del
sistema. 



Charly (y Serú Girán) se mete con el vacío,
la soledad, la fama, el consumo y, por supuesto, la televisión y la revista Gente&#38;nbsp;con su universo de frivolidad, medios a los que paradójicamente él había
empezado a frecuentar (Del Mazo, 2019, p. 55).




¿Es un
disco un objeto artístico?

Para Claude Chastagner (2012), “el rock&#38;nbsp;es ante todo el arte del eslogan que, simplista y superficial a primera vista,
condensa un máximo de sentido, de impacto emocional y simbólico en una forma
exigua y excitante” (p. 59). El primer disco de Serú Girán representó la
realidad interior de la banda, y sus influencias estuvieron entre el rock progresivo y el jazz. La grasa de las capitales&#38;nbsp;no solo buscaría conectar más con la gente, sino también sería una respuesta a la
crítica. Principalmente, a una de las más feroces, lanzada en la revista Expreso
Imaginario:

La música en general estaba bien hecha, pero
si hubieran venido los auténticos Charly y David no hubiera sonado tan
inconsistente [...] Quizás no tuvieron tiempo de armarlo y reclutaron a esta
gente en la Galería del Este, para actuar en este recital. Esperemos, pues, al
verdadero Serú Girán (Lernoud, 1978, p. 44).



Luego del fallido debut, la respuesta de la
banda no solo se limitó al ámbito musical. Trabajaron en el concepto del disco,
en las letras, en los arreglos y, por supuesto, en la potente imagen. Serú
Girán no solo preparaba un long play&#38;nbsp;(LP), sospechaban que había algo más allá del disco que se reproduce en las
consolas. Estas ideas nos permiten indicar que la banda se propuso trabajar un objeto
artístico en todos sus elementos. Las declaraciones de García dejan entrever
las motivaciones:



Estaba podrido de todas esas revistas tipo Gente,
que eran tan caretas. [...] Las canciones eran más pesadas, más contestatarias.
Había que salir de la grasa, de la mediocridad (Página 12, 2008).



















“La primera sospecha es
que&#38;nbsp;La grasa
de las capitales, la propuesta de Serú Girán,
no solo se agota en
el disco, en sus letras y
sus influencias musicales, sino que es la
imagen de
la portada la que
transgrede la representación”.

¿Qué
se pone en juego a través de la imagen del disco? El arte —dice Escobar (2014)—
se alimenta de la representación, del conflicto entre la cosa y su sombra, pero
no contento con esa escena de ficción, procura salir de la caverna, dejarse
caer desde la ventana de la representación hacia el afuera vedado (p. 156). Uno
de los elementos que se pone en juego es la representación. Por un lado, lo que
se afirma al escuchar el disco es que —efectivamente— se trata de Serú Girán, el
grupo verdadero, aun cuando
la imagen y las piezas de la cubierta nos llevan a sospechar de las fronteras
del disco y sus límites. Esta
condición polisémica de la imagen, planteada por Barthes (1982), es subyacente
a sus significantes e implica una cadena flotante de significados, siendo el
lector el que se permite seleccionar unos e ignorar otros (p. 35). 



¿Debe
una banda de música solo pensar y representar su arte bajo el paraguas de su
género?&#38;nbsp; De acuerdo con Escobar (2014), “para
el arte, discutir la autonomía de sus formas, su posibilidad de trasponer el
umbral de representación, supone la transgresión de sus propias fronteras y arriesgar
la soberanía de sus dominios ancestrales” (p. 145). La primera sospecha es que La
grasa de las capitales, la propuesta de Serú Girán, no solo se agota en el
disco, en sus letras y sus influencias musicales, sino que es la imagen de la
portada la que transgrede la representación y la que nos lleva a preguntarnos
por su naturaleza: ¿se trata de un juego?, ¿quiénes son los que aparecen allí? 



Lo que
resulta obvio es la mímesis con la revista Gente, si bien lo interesante es la
inversión que hace de ella. Toma prestado su diseño para transformarlo ubicando,
en esa suerte de escaparate, a cuatro personas comunes, lejos de los
reflectores de la fama y de lo fatuo. Lo que se pretende —considerando lo dicho
por Escobar (2014)— es poner en duda las imágenes fetichizantes que prometen a
los consumidores el cumplimiento de la representación: el encuentro feliz entre
la cosa y su reflejo (p. 149). El arte rechaza lo que queda atrapado en el
propio circulo ilusorio, en su carácter espectral —la moda, la publicidad, el show mediático—; en general, aquello que
no representa el espesor dramático del mundo (p. 149). La grasa de las
capitales no es el simple remedo de la carátula de una revista.



Lo que
podemos sospechar es que la cubierta desnuda aquello que ha tomado del
espectáculo y del show. Lo hace sin aspirar a engañarnos. Utiliza a su favor los
códigos de la apariencia que intervienen en revistas como Gente y, en
esta nueva representación, nos dice “esto
es”, nos revela la transparencia y nos invita —al mismo tiempo—, a dudar
del objeto que tenemos en frente. En ese sentido La grasa... es un juego
de ficción. Los títulos de la portada siembran en el espectador la pregunta de
si lo que tienen enfrente no es acaso una revista con apariencia de disco o un
disco con apariencia de revista. Los encabezados, las notas y las bajadas, que
evocan a las revistas de espectáculos, se presentan así: “Charly García, ¿ídolo
o qué?; David Lebón se confiesa; Moro, campeón mundial; El romance del año,
Pedro Aznar y Olivia Neutron-bomb”. El tono revelador con el que se presenta la
primicia intenta despertar la curiosidad en el espectador: “Descubrimos a los
dobles de Serú Girán”, afirma. ¿Los dobles son los que aparecen en la portada o
aquellos a quienes escuchamos cuando reproducimos el disco? El objeto ha
cumplido su propósito de abrir nuevas
lecturas, como lo señala Escobar (2014): 



El
arte debe abrir nuevos espacios de inscripción para registrar allí, de manera
invertida a veces, sus propias verdades […] El arte maneja la apariencia como
apariencia —según Nietzsche—; por ello no se propone engañar, es verdadero (pp.
150-151).



La imagen no solo se constituye en la portada
del disco. La traición de las imágenes (Eso no es una pipa) de René Magritte
se presenta como un dispositivo crítico de la representación, problematizando
el rango ontológico de la pipa a través de la mediación simbólica del lenguaje,
creando una distancia entre la pipa real y la representada. De esta manera, lo
que sostenemos es que en La grasa de las capitales también se
problematiza la representación —el trabajo entre la cosa y la imagen—. La imagen no solo se compone como la
portada de un disco —la cosa—; ella misma
se erige como un objeto artístico en sí mismo, y en el hecho de ser ambas cosas
a la vez, aparentemente contradictorias, reside su naturaleza: un disco que se
moviliza en el circuito de reproducción del arte, pero que, al mismo tiempo, es
crítico de este.



Para Groys (2014) —y desde un punto de vista estético—,
el artista es un proveedor de experiencias estéticas, incluyendo aquellas
producidas con la intención de frustrar o alterar la sensibilidad del
espectador (pp. 10-11). Lo anterior permite sostener que la portada de La grasa... no
pretende instalarse en la comodidad del sistema al que representa ni del
espectador al que busca cuestionar. La portada no tiene un fin pedagógico, pues
conviven en ella una permanente tensión estética y ética.
 



El arte de no transar más

¿Qué significa
la grasa? Lejos de clausurar el significado, corresponde explorar sus
posibilidades. Hay, en el término y en la letra de la canción, una manifiesta
incomodidad que puede responder al contexto político en el que se instala el
disco, como se señaló anteriormente. Del Mazo (2019) sostiene que “para el rockero medio, la política era un
murmullo molesto que interfería las búsquedas poéticas y existenciales” (p. 15).
En ese sentido, las declaraciones de García apuntan a eso: 



Los
rockeros critican y criticamos todo un sistema, y en el fondo somos iguales a
todos. Tenemos los mismos roces que tienen todos los argentinos; por eso me
parece que hay que tener un poco más de humildad, al componer y al escribir en
una revista. Decir: “Bueno, yo no voy a criticar algo si yo también estoy en la
grasa”. Eso es también un poco lo que quiere decir La grasa: que estamos
ahí (Expreso Imaginario, n.º 45).



Lo que
se deja entrever es que, detrás del término, hay una alegoría. La impronta de este tipo de estrategia
—detectada por Mariana Favoreto a lo largo de toda la carrera de Charly
García— se incrementa con el viraje musical de Serú Girán. La grasa de
las capitales propone un nuevo uso de las letras, en el que su importancia
relativa dentro de las canciones es mayor (Delgado, 2015, p. 20). A lo que
apunta, entonces, es a que las letras reflejen el momento que el país está
viviendo, y ese giro fue fundamental y necesario.




















“Una primera lectura
podría hablarnos
acerca de una fatalidad inevitable: ¡Qué 
importa ya lo que hagas, lo que sueñes!
Todos seremos cubiertos por esa sustancia 
viscosa”.







En el libro Entre la lujuria y la
represión, Del Mazo (2019) mantiene que “la canción se debate entre una
inusitada variedad de ritmos y tempos. Plagada de elementos, irresistible en su
melodía, su furia y su sarcasmo de diferente índole” (p. 55). Sin dejar de lado
el contexto histórico y político, hay algo más que se muestra en la primera
estrofa de la canción:



¿Qué importan ya tus ideales?&#38;nbsp;¿Qué importa tu canción?


La grasa de las capitales


cubre tu corazón



Sin música de fondo, un coro de voces con
aires clásicos hace su aparición y, en la primera estrofa, lanza unas preguntas
que son por demás inquietantes. ¿Quien habla es la propia conciencia? &#38;nbsp;Una primera lectura podría hablarnos acerca de
una fatalidad inevitable: ¡Qué importa ya lo que hagas, lo que sueñes! Todos
seremos cubiertos por esa sustancia viscosa. Con todo, también podemos pensar en
ese inicio desde otra posición: como la supresión del deseo individual y la
sumisión voluntaria del sujeto. Al ser absorbidos por esa sustancia grasosa, no
debemos oponer resistencia, dado que vamos a terminar allí, en la grasa;
entonces, ¿no es mejor colaborar? Lo que aparece aquí es una idea de
espectáculo que sintoniza con lo dicho por Debord (2010): “esa enorme
positividad con la que se presenta el espectáculo lo vuelve indiscutible e
inaccesible. Nos dice entonces que lo que aparece es bueno, lo bueno es lo
que aparece” (p. 41). 

Luego de la primera estrofa, la canción se
sumerge en un ritmo que proviene del rock
progresivo, con claras influencias de Queen y de Steely Dan, para luego ser
atravesada por aires de jazz y
de candombe. La segunda estrofa da pistas sobre la manera en cómo el
espectáculo opera en el sujeto: 



¿Por qué tienes que llorar?Es que hay otro en tu lugar que dice:¡Vamos, vamos!, la fama. Tu oportunidad está ahíLo mismo me pasó a mí, lo tienes¡Todo, todo! y no hay nada.



Aquí la voz ya le habla al sujeto del
espectáculo, al que está frente a la pantalla del televisor, al que mira las
revistas buscándose a sí mismo. Le habla para interrogarlo, pero también para transmitirle su propia
experiencia, para decirle que la manera en cómo el espectáculo alimenta su
propio deseo no solo le sucede a él. Porque, tal y como señala Debord
(2010), “la realidad vivida se halla materialmente invadida por la
contemplación del espectáculo” (p. 40). Esta es una experiencia común y amplia. Y esa experiencia, que parece
colmarlo todo, termina decepcionándolo. El sujeto del espectáculo es el sujeto
del vacío.



Toda esa experiencia, esa empatía que muestra la voz, ese recorrido
que lo ha hecho recorrer, se acerca al momento climácico de la canción:



A buscar el pan y el vinoYa fui muchas vecesA sembrar ese caminoQue nunca florece


No transes más.



La voz da muestras del esfuerzo que
supone el deseo instalado en el sujeto del espectáculo. Las reiteradas idas y
vueltas, los esfuerzos desplegados. El espectáculo se presenta de manera
inofensiva, y —de acuerdo con Debord (2010)— se presenta como la sociedad misma
y como un instrumento de unificación. En tanto parte de la sociedad, se trata
explícitamente de aquel sector que concentra toda mirada y toda conciencia (p. 38).
Esa voz no es contemplativa, tiene un propósito, una recomendación para quien
escucha: “No transes más”.



De acuerdo con Del Mazo (2019), transar&#38;nbsp;fue un verbo muy utilizado en la época. El rock cargaba como un lastre fundacional la idea de lo comercial,una posición contraria a la filosofía de la música urbana. El sentimiento
de culpa por ganar dinero se extendió a lo largo de las décadas como una
doctrina (p. 53). Lo que sugiere la voz es una alternativa. La primera
opción que tiene el sujeto del espectáculo es dar pelea, decir basta, no
transar.



La tercera estrofa nos sumerge en un ritmo
galopante. La voz pasa revista de los espacios visitados y da la
sensación de asfixia y de agotamiento. Hace recordar también a las tandas
comerciales, aunque lo que parece suceder aquí es que todo está copado, y todas
las apariencias quedan al descubierto. 
No hay lugar adonde mirar. Todo está cubierto por la grasa.



Con la cantina y con la cantora


Con la televisión gastadoraCon esas chicas bien decoradas


Con esas viejas todas quemadas


Gente re vista, gente careta


La grasa inmunda cual fugazzetta


¡No se banca más!


¡No se banca más!



Esta lectura sintoniza con lo planteado por
Schanton (2009):



Serú estaba demostrando que la “TV
gastadora”, “las viejas todas quemadas” y “la Gente revista y careta”,
como la “fiebre de un sábado azul” y “la música absurda” de la FM en boga,
finalmente nos ganaron y que, si no queríamos disolvernos en la soledad y la
marginación, teníamos que salir a enfrentar el mundo de los demás (p. 40).



En ese sentido —si bien podía ser comprendido
de una forma acotada—, para Delgado (2015) ese “no se banca más” de Serú
Girán se ofrecía, sobre todo, como un lema que podía ser apropiado por la
audiencia con una intención netamente política (p. 19). Por otro lado, para
Pujol (2013), “el explícito no se banca más también expresaba las
demandas e ideas de un público que encontraba en los recitales un espacio
privilegiado de participación y construcción identitaria, “pero daba cuenta,
asimismo, de un cambio de paradigma estético cuyas implicancias políticas quizás
no se ajustaran tan bien a la imagen de una cultura de la resistencia rockera y
a la idea de un contrapunto entre dos formas irreconciliables de ver el mundo”
(p. 9). 



Lo que parece claro es que hay una intención
de ponerle fin a algo, ya que el espectáculo somete a los seres humanos en la
medida en que la economía los ha absorbido totalmente. Y esto no es otra cosa
que la economía que se desarrolla por sí sola. Es el reflejo fiel de la
producción material y la objetivación infiel de los productores (Debord, 2010,
p. 42).


Siguiendo a Debord (2010), “el lenguaje del
espectáculo está hecho con los signos de la producción imperante que son, a su
vez, la finalidad última de la producción” (p. 39). En ese sentido, una
licencia interpretativa del disco permitiría dar luces a lo sostenido por
Debord. La grasa de las capitales podría ser leída y entendida
como “la grasa de los capitales”;
es decir, como el resultado que tiene en la sociedad el sistema de producción,
como esa materia grasosa que se forma entre las rendijas de las máquinas de las
fábricas de producción. El espectáculo es, entonces, la justificación misma del
sistema.



¿Cuál es el mérito —si es posible decirlo— de&#38;nbsp;La grasa de las capitales? Con la junta militar en su momento más
álgido, el lugar común diría que el disco es un retrato de la época; pero Serú
Girán se permite, usando metáforas y alegorías, darle una opción de salida al
sujeto del espectáculo. La clave está en no aceptar las cosas y, aunque no haya
salida, lo importante es esa respuesta.






La propuesta estética de un objeto cultural no
puede pensarse al margen de su época y de las circunstancias en la que fue
producido. A cuarenta años de su lanzamiento, aún
pervive en La grasa de las capitales la memoria histórica y emotiva de
un país. Volver a revisarlo nos permite resignificarlo, sin agotar sus
posibilidades, encontrando ecos con el presente. A partir de aquí, valdría la
pena preguntarnos por las resistencias y el alcance que el rock peruano tuvo en los gobiernos
militares o en la dictadura de la década de 1990, encontrar los matices y sus
diferencias. Con una escena cada vez más corta, es más urgente desempolvar y
volver a visitar los discos fundacionales, conocer las limitaciones que
mostraron su propuesta y sus filiaciones, y destapar, por qué no, los mitos que
se han instalado a lo largo del tiempo.


[1] Aunque el rock ha sido
un espacio de resistencia cultural en la Argentina, señala Delgado (2015) que
esta no fue una posición uniforme. Varios rockeros mantuvieron diferentes posiciones
respecto al régimen autoritario. En algunos casos fueron portavoces de
cuestionamientos sociales y, en otros, tuvieron una posición más conciliadora
(p. 6).







[2] Charly García: alegoría y rock de Mara Favoretto es, acaso, uno de
los textos más interesantes que explora el uso y las estrategias de estas
figuras retóricas en las letras de Charly García.










Bibliografía



Barthes,
Roland (1982). Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces. Paidós.



Chastagner,
Claude (2012). De la cultura rock. Paidós. 



Debord, Guy
(2010). La sociedad del espectáculo. Pre-textos. 



Delgado,
Julián (2015). No se banca más: Serú Girán y las transformaciones musicales
del rock en la Argentina dictatorial. Revista Afuera: Estudios de Crítica
Cultural, (15), 3-26.



Del Mazo, Mariano (2019). Entre la lujuria y
la represión. Editorial Sudamericana. 



Escobar, Ticio
(2015). Prácticas de frontera. Consideraciones sobre la ética de la imagen
contemporánea. En Imagen e intemperie. Las tribulaciones del arte en los
tiempos del mercado total, pp. 143-168. Capital intelectual.



Favoretto, M.
(2013). Charly García: alegoría y rock. Musica popular em Revista, 2(1): 125-151.



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(2014). Poética versus estética. En Volverse público. Las
transformaciones del arte en el ágora contemporánea, pp. 9-19. Caja Negra.



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(1978). Tratamos de ver a Serú Girán. Revista Expreso Imaginario, (29),
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Pujol, Sergio
(2013). Rock y dictadura. Buenos Aires, Booket.



Schanton,
Pablo (2009). Nuestro cielo siempre estuvo más allá. Revista La Mano (64),40.



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argentino and dictatorship in Argentina. Popular Music, 6(2),
129-148. 






</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Entre la dominación y la resistencia. Claudia Almeida Goshi.</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/Entre-la-dominacion-y-la-resistencia-Claudia-Almeida-Goshi</link>

		<pubDate>Fri, 04 Nov 2022 18:40:21 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

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		<description>
 



Entre la dominación y la
resistencia&#38;nbsp;



Una mirada marxista sobre el control
de la azucarera Tumán por parte del Grupo Oviedo


Mg.
Claudia Almeida Goshi (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)


¡ Ahora, es el momento de defender
nuestra empresa;


si es posible, con nuestras propias vidas,
compañeros!
 (Trabajador de Tumán, Panamericana
Televisión, 2018) 



&#60;img width="580" height="330" width_o="580" height_o="330" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/7231d2ccb274f5b074372194fdc886799f4270d1db94b2080326cf83fffc4ad2/Protestas-en-Tumn_Gestin-2018_https___gestion.pe_peru_politica_hay-detras-toma-agroindustrial-tuman-240683-noticia_.jpg" data-mid="157967101" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/580/i/7231d2ccb274f5b074372194fdc886799f4270d1db94b2080326cf83fffc4ad2/Protestas-en-Tumn_Gestin-2018_https___gestion.pe_peru_politica_hay-detras-toma-agroindustrial-tuman-240683-noticia_.jpg" /&#62;


Protestas en Tumán. Fuente: Gestión 2018.&#38;nbsp;https://bit.ly/3WO5nnB

En el marco de las investigaciones
en torno a los asesinatos de Manuel Rimarachín y Percy Farro (dirigentes
sindicales de la empresa azucarera Agroindustrial Tumán, ubicada en Chiclayo,
Perú), en diciembre del 2018 el empresario Edwin Oviedo recibió 18 meses de
prisión preventiva. Oviedo, expresidente de la Federación Peruana de Fútbol (FPF),
era sindicado como el autor mediato de ambos crímenes al liderar –según la
hipótesis fiscal– la organización criminal Los Wachiturros de Tumán. Este
escuadrón de la muerte funcionaba, al parecer, como el brazo armado del Grupo
Oviedo dentro de la azucarera norteña. Precisamente, el conglomerado
empresarial encabezado por el aún investigado controló la Agroindustrial desde
el 2006 hasta el 2018, a pesar de las constantes protestas y huelgas de los
trabajadores, quienes, a su vez, son sus accionistas originales y manejaron la
empresa antes del arribo del Grupo Oviedo por vía judicial. La compañía –que
alguna vez fue una de las más importantes productoras de azúcar del Perú– está
en quiebra, y cerca de 1300 agricultores, obreros y trabajadores administrativos
han dejado de percibir el salario que les corresponde.





“En este artículo, busco desplegar
una mirada marxista sobre el control que el Grupo Oviedo ejerció en Tumán”.




 En este artículo, busco desplegar
una mirada marxista sobre el control que el Grupo Oviedo ejerció en Tumán.
Intento, en otras palabras, exhibir los factores que contribuyeron a su dominio
y esbozar aquellos que cimentaron las vías para comenzar a socavarlo. Para
ello, utilizaré dos ideas desarrolladas por Karl Marx (1968 y 1844/2013): (i) la
interrelación entre la base (estructura económica) y la superestructura (formas jurídicas, religiosas, luchas de clases, constituciones,
etcétera), y (ii) el concepto de trabajo
enajenado.[1] Es
así como llego a considerar que el mantenimiento de la administración del Grupo
Oviedo en la azucarera reflejó relaciones materiales de dominación que se
asentaron en diferentes esferas del aparato estatal e implicaron el beneficio
económico de unos pocos (el Grupo Oviedo y sus cómplices) en detrimento de
muchos (los agricultores, los obreros y el personal administrativo). Sin
embargo, a pesar del paupérrimo estado al que los trabajadores fueron
reducidos, también lograron cambios sustantivos en la gestión de Tumán gracias
a la articulación de sus propios intereses con las denuncias sostenidas en los
mismos ámbitos que operaron para subyugarlos. 



 *



Marx
manifiesta que la producción y la trasformación de las ideas están ligadas a la
actividad material de los hombres (1968, pp. 54-55). En otros términos, las
ideas (o las leyes, la moral o la religión de un pueblo) no tienen un origen a priori, no son naturales y no
permanecen inconmovibles, sino que son contingentes y creadas por los seres
humanos, sobre todo por aquellos que pertenecen a la clase dominante de una
sociedad. “Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las
relaciones materiales dominantes” (Marx, 1968, p. 59). En el Perú, las ideas
que benefician al empresariado –como clase dominante– han sido impresas en
formato de ley a partir del autogolpe del 5 de abril de 1992 ejecutado por el
entonces presidente, Alberto Fujimori. Dicho de otra manera, la cristalina
interrelación entre base (relaciones
materiales de dominación de carácter empresarial) y superestructura social (leyes con nombre propio que
favorecen negocios particulares) requirió, como condición indispensable de
producción, el desmantelamiento del aparato estatal democrático como producto
del golpe de Estado propugnado por Fujimori y su camarilla político-militar. 



 Al respecto, Degregori (2011, p. 61)
indica que el autogolpe no incomodó a los empresarios, sino que fue aceptado debido
al giro neoliberal que tomó el régimen (luego del fujishock de
agosto de 1990). Las medidas económicas de transformación neoliberal que
impulsó el régimen no encontraron mayor oposición ni en el Parlamento ni en el
Poder Judicial porque el Ejecutivo se había apropiado de ambos espacios a
partir del autogolpe. El giro neoliberal requirió, entonces, de una arremetida
autoritaria para su consolidación. Por ejemplo, la promulgación automática de
la Ley de Promoción Agraria –que benefició, en detrimento de los trabajadores
agrícolas, a José Chlimper, exministro de Agricultura y propietario de Agrokasa,
así como a similares compañías agroexportadoras– y de la Ley de Creación del
Sistema Privado de Administración de Fondos de Pensiones –que favoreció a
Carlos Boloña, ministro de Economía de ese régimen, quien, según Francke (2018),
en su faceta empresarial se desempeñaba como accionista de la AFP Horizonte–
demuestra que, desde el fujimorato, los empresarios poseen los medios de
producción necesarios para promulgar normas que los amparen. De ahí que la
aprobación de las leyes que protegieron los intereses económicos del Grupo
Oviedo en la Agroindustrial Tumán no sea una novedad dentro del aparato
estatal. Las leyes con nombre propio, sin embargo, presentan hoy en día un
rasgo característico: no solo encuentran promoción y apoyo en la bancada
fujimorista, sino también en otros partidos políticos.


“La norma descrita no es la única que
ejemplifica la transparente ligazón entre&#38;nbsp;base y superestructura, es decir,
entre relaciones materiales de dominación de carácter empresarial y
legislación”.





 En el 2011, el Poder Legislativo
firmó la primera “ley Oviedo” (Ley 29678). 
Esta norma protege el patrimonio de las empresas azucareras ante cualquier
tipo de embargo o medida cautelar. Los excongresistas Marisol Espinoza (en ese
entonces del Partido Nacionalista Peruano) y Javier Velásquez Quesquén (APRA)
fueron los principales promotores de su promulgación. Gracias a dicha norma,
los agricultores y obreros de la azucarera Tumán no podrán cobrar su jubilación
hasta el 2030. Como señala el abogado Carlos Rivera, “cuando tú [a la
reportera] y yo nos jubilemos, vamos a ir a reclamar a la AFP y la AFP nos
tiene que dar nuestro dinero en un solo acto. En el caso de los trabajadores de
Tumán, […] se establece que el proceso de pago de las indemnizaciones y
compensaciones va a durar 10, 15, 20 años. Eso es totalmente arbitrario e
ilegal” (ATV+, 2018). Los trabajadores no pueden recurrir a instancias
judiciales para que se ejecute el reconocimiento económico que les corresponde
debido al amparo que recibió el Grupo Oviedo en formato de ley. 



 La norma descrita no es la única que
ejemplifica la transparente ligazón entre&#38;nbsp;base y superestructura, es decir,
entre relaciones materiales de dominación de carácter empresarial y
legislación. La segunda “ley Oviedo” fue promulgada en el 2017 y promovida por
el expresidente del Congreso Daniel Salaverry (quien, en el 2022, se desempeñó
como consejero del presidente Pedro Castillo). En esta norma se ampliaba
arbitrariamente la gestión de Edwin Oviedo al frente de la Federación Peruana
de Fútbol, posición desde la cual brindó “favores” –como entradas al Mundial
Rusia 2018– a César Hinostroza Pariachi, juez que, en su momento, lo apoyó en
el caso de los Wachiturros de Tumán (Ojo Público, 6 de diciembre del 2018). Como
vemos, “las leyes Oviedo” sirvieron para resguardar el control del Grupo en la
Agroindustrial y asegurar la impunidad de los delitos cometidos por su líder.
Su promulgación requirió condiciones de producción (el giro neoliberal y el
autogolpe de 1992 con el que todos los poderes del Estado se concentraron en el
Ejecutivo) y la gestión de operadores provenientes de más de una tienda
política. 



 *



 Por
un lado, echar una mirada marxista a un fenómeno determinado implica disponer
sobre este una lectura histórica. De ahí que haya sido ineludible esbozar el
origen del engarce entre base y superestructura a partir del autogolpe
de 1992. Por otro lado, este ejercicio también implica explorar las
articulaciones entre lo económico, lo político y lo simbólico. El dominio del
Grupo Oviedo en Tumán requirió el engarce de los intereses económicos de este
conglomerado empresarial con el beneficio personal de operadores políticos
capaces de promover leyes que favorecían a unos pocos y perjudicaban a muchos.
Sin embargo, mantener el control del Grupo en la azucarera norteña en medio de
sucesivas protestas y huelgas requirió, a su vez, la producción y circulación
de trabajo mediático y representacional. 



 Antes del Mundial de Rusia 2018, los
medios presentaban a Edwin Oviedo como un gran emprendedor: un empresario de
origen humilde, que logró el éxito gracias a su labor en el terreno
agroindustrial, al punto de ser reconocido como “el barón del azúcar”
(Chirinos, 2015). Además, el periodista Ricardo Uceda (20 de diciembre del 2014)
destaca la influencia de Oviedo en Lambayeque, al ser identificado como el
responsable de reflotar el Juan Aurich, el equipo de fútbol de esta región. Un
prestigio de oropel cubrió, por tanto, a Edwin Oviedo mediante la propagación
de discursos y la ejecución de prácticas destinadas a constituir férreos
vínculos entre él y la sociedad lambayecana. Así, el trabajo articulado en los
ámbitos económico, político y simbólico fue la fórmula que mantuvo el dominio
del Grupo Oviedo en Tumán, pero también –como demostraré a continuación– la vía
para empezar a socavarlo. 



 *



Según
Marx (1844/2013 p. 134), el obrero es más pobre en tanto más riqueza produce.
El trabajo es, entonces, enajenado, pues convierte al obrero en
la mercancía más barata dentro de los costos de producción y provoca que se
sitúe en una posición externa a su labor (p. 138). La vida de los trabajadores
de la Agroindustrial Tumán está sujeta a las mayores privaciones posibles. Como
ya mencioné, ellos recién podrán cobrar su jubilación a partir del 2030.
Asimismo, no cuentan con seguro de salud a pesar de que, en sus boletas de pago,
aparecía el concepto por este descuento (Panorama, 2018). Lo peor de todo es
que los trabajadores no suelen recibir su salario completo, llegando a no
cobrar remuneración alguna. Su trabajo en la azucarera al mando del Grupo
Oviedo los convirtió en el costo de producción más ínfimo, a pesar del incremento
en el rendimiento de las tierras. Las ganancias de la Agroindustrial no eran
recibidas por los trabajadores, sino que ingresaban a las arcas del Grupo
Oviedo. Este emporio compraba los sacos de azúcar de Tumán a un precio mucho
menor que el del mercado y luego los vendía –en sus propios centros comerciales–
a un precio mayor. “El grupo Oviedo, en efecto, se vende a sí mismo el azúcar
de Tumán” (Uceda, 20 de diciembre del 2014). El trabajo de los agricultores,
obreros y administrativos de la azucarera terminó convirtiéndose en una jornada
no pagada en beneficio de los mandos de la empresa. 



 El líder sindical Juan José Torres
denunció lo siguiente: “Edwin Oviedo Pichotito, por tu culpa Tumán se está
desangrando; por tu culpa me estoy muriendo de hambre, por tu culpa estoy enfermo”
(ATV+, 2018). El señor Torres, quien tiene más de 30 años de labor en la Agroindustrial,
no cuenta con ningún beneficio social que lo ampare. El trabajador
administrativo Maximiliano Yamunaqué comparte que, debido a la falta de pago,
sus hijos han tenido que abandonar la universidad: “[Edwin Oviedo] porque no me
pagas mi sueldo, he tenido que retirarlos” (ATV+, 2018). Estos son solo dos
testimonios de los que podrían proporcionar los 1300 trabajadores cuyas vidas
fueron precarizadas por los atropellos que el Grupo Oviedo cometió durante más
de nueve años en la azucarera. 



 Sin embargo, el control del Grupo no
estuvo exento de resistencia. Por más de que el trabajo de los obreros, los agricultores
y el personal administrativo los hubiera convertido en la mercancía más barata
dentro de la empresa, ellos han continuado ejerciendo cierta agencia. No han
dejado de protestar, de movilizarse ni de organizarse. Lo han hecho desde el
2006 y lo siguen haciendo incluso en el 2022.[2] Al respecto, considero que su lucha, finalmente,
está reconfigurando la superestructuragracias a la articulación entre sus demandas y sus prácticas en los ámbitos
político y simbólico. Sus denuncias fueron recibidas por elementos del Poder
Judicial y del Ministerio Público. Si no hubiera sido así, Edwin Oviedo no habría
recibido prisión preventiva y su poderío en la azucarera no habría sido
diezmado. Además, un sector del Parlamento solicitó la observación de la “ley
Oviedo” que extendía el mandato del ahora investigado en la FPF. Incluso, la
excongresista Paloma Noceda –antes de Fuerza Popular– solicitó que su firma se
retirara de la norma. Por su parte, los exlegisladores Javier Velásquez
Quesquén y Marisol Espinoza han sido acusados por la Fiscalía por el delito de
cohecho debido a que patrocinaron la primera ley que favoreció al Grupo Oviedo.



 En el 2018, en los medios
proliferaron reportajes y artículos sobre la irregular gestión del Grupo y sus
crímenes en Tumán. El escándalo sin precedentes que la propagación de los “CNM
audios” generó en la sociedad también implicó que la prensa se enfocara a los
personajes a los que se aludía en estas grabaciones, entre quienes figuraba
Edwin Oviedo. Los testimonios de los trabajadores afectados y de los deudos de
los líderes sindicales asesinados circularon en los medios más importantes del
país. El prestigio de oropel que iluminó durante años la imagen del presidente
de la FPF ya no es efectivo, puesto que, a través de discursos mediáticos, la
ciudadanía ha visto su rostro más corrupto. 



 *



 A
fines del 2018, la administración de la Agropecuaria Tumán pasó a manos de los
trabajadores (El Comercio, 8 de diciembre del 2018). Ellos
tomaron las instalaciones y vendieron los sacos de azúcar que permanecían en el
almacén para repartirse entre todos las ganancias. A su vez, la apropiación de
Tumán por parte del Grupo Oviedo está siendo investigada en instancias
judiciales y en las unidades de investigación de medios periodísticos. Por otro
lado, en el 2020, Edwin Oviedo pasó de prisión preventiva a prisión
domiciliaria debido a la pandemia. Actualmente, continúa siendo objeto de las
pesquisas fiscales, pero en libertad.


“A pesar de
que nuestro aparato estatal presente las condiciones de producción necesarias
para la promulgación de leyes con nombre propio, una ciudadanía vigilante puede
llegar a visibilizarlas”.



 &#60;img width="580" height="330" width_o="580" height_o="330" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/3b5fdcb04ee8758f7af44e98163662f4349d6bed4e14747d84b1f00d3b326e47/Detencin-de-Edwin-Oviedo_El-Comercio-2020_https___elcomercio.pe_peru_lambayeque_lambayeque-los-wachiturros-de-tuman-los-detalles-del-caso-que-involucra-a-edwin-oviedo-con-el-asesinato-de-dos-personas-chiclayo-tuman.jpg" data-mid="157967102" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/580/i/3b5fdcb04ee8758f7af44e98163662f4349d6bed4e14747d84b1f00d3b326e47/Detencin-de-Edwin-Oviedo_El-Comercio-2020_https___elcomercio.pe_peru_lambayeque_lambayeque-los-wachiturros-de-tuman-los-detalles-del-caso-que-involucra-a-edwin-oviedo-con-el-asesinato-de-dos-personas-chiclayo-tuman.jpg" /&#62;

Detención de Edwin Oviedo. Fuente: El Comercio 2020.&#38;nbsp;https://bit.ly/3UIpB07

 Como
vemos, las pugnas por el control de la azucarera fueron posibles cuando las
demandas de un grupo se articularon con otras. El cansancio de la ciudadanía
ante la impunidad que los personajes implicados en los “CNM audios” ostentaron
confluyó con los reclamos de justicia por parte los trabajadores de la
azucarera, así como con el trabajo imparcial de fiscales y jueces. A pesar de
que nuestro aparato estatal presente las condiciones de producción necesarias
para la promulgación de leyes con nombre propio, una ciudadanía vigilante puede
llegar a visibilizarlas. El caso de la Agropecuaria Tumán da cuenta de que sí
es posible hacerlo, aunque con la presencia de tensiones e intereses de diversa
índole de por medio.








[1] Esta última frase es empleada en la traducción
de Alianza Editorial por Francisco Rubio Llorente (Marx, 2013).&#38;nbsp; 







[2] En el 2022, el excongresista fujimorista Héctor
Becerril fue echado de la Agropecuaria Tumán. Uno de los trabajadores lo
recibió con las siguientes palabras: “Nuestras familias se mueren y no tienen
seguro. Muchos familiares se hacen diálisis y no tienen seguro. Salte de acá
antes de que la población venga y te linche, sinvergüenza” (Vásquez, C., 4 de
agosto del 2022).


 



 



Referencias



ATV+. (8
de agosto del 2018). Beto a Saber:
Programa del 07 de agosto del 2018 [Video]. Revisado el 9 de diciembre del 2018.
https://www.atv.pe/video/beto-a-saber-programa-del-07-de-agosto-del-2018



 Vásquez, C. (4 de agosto del 2022). Ciudadanos
intentan agredir a excongresista fujimorista Héctor Becerril. La República.
https://larepublica.pe/sociedad/2022/08/04/ciudadanos-intentan-agredir-a-excongresista-fujimorista-hector-becerril-lrnd/



 Chirinos, D. (2015). Edwin Oviedo: ¿quién es
el empresario que está al frente del fútbol peruano? Semana Económica. Revisado el 6 de diciembre del 2018. 
http://semanaeconomica.com/article/management/negocios/151475-edwin-oviedo-quien-es-el-empresario-que-esta-al-frente-del-futbol-peruano/



 Degregori, C. I. (2001). La
década de la antipolítica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro
Montesinos. Instituto de Estudios Peruanos. 



El
Comercio
(8 de diciembre del 2018). Edwin
Oviedo: ¿Quién tiene actualmente la administración de Tumán? El Comercio. https://elcomercio.pe/peru/lambayeque/edwin-oviedo-actualmente-administracion-tuman-noticia-585557



 Francke,
P. (26 de octubre del 2018). Boloña,
el ideólogo del fujimorismo (y sus herederos). Wayka. https://wayka.pe/bolona-fujimorismo-y-sus-herederos-por-pedro-francke/



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infraestructura y la superestructura (selección de textos). En Sobre arte y literatura. Nueva Ciencia. 



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filosofía. Alianza Editorial. 



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Público
(6 de diciembre del 2018). Detenido Edwin Oviedo facilitó entradas a
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https://ojo-publico.com/1004/fiscalia-edwin-oviedo-facilito-entradas-para-congresistas-de-fuerza-popular



 Panorama. (5 de agosto del 2018). Violencia
en Tumán: Empresa vinculada al grupo Oviedo retoma azucarera [Video]. https://www.youtube.com/watch?v=xn-CQyj6HXc&#38;amp;t=1042s



 Uceda, R. (20 de diciembre del 2014). El
ingenio de Oviedo II. La Mula.
https://revistapoder.lamula.pe/2014/12/20/el-ingenio-de-oviedo-ii/poder/&#38;nbsp;</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Apocalipsis ahora: los zombis ya están aquí. Armando Bustamante.</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/Apocalipsis-ahora-los-zombis-ya-estan-aqui-Armando-Bustamante</link>

		<pubDate>Fri, 04 Nov 2022 18:21:01 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

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Apocalipsis ahora: los zombis ya están aquí




La
pandemia zombi como metáfora de lo neoliberal a partir de la novela Zona Uno, de Colson Whitehead



Armando
Bustamante Petit (Pontificia Universidad Católica del Perú)



 



Le
preguntó “¿Qué significa apocalipsis, papá?”, y su padre pulsó pausa y contestó: 
“Significa que en el futuro las cosas
serán peor incluso de lo que son ahora”.



Colson
Whitehead


&#60;img width="1920" height="1280" width_o="1920" height_o="1280" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/69421f8d9d9aada9c9c7d68764401cc230257b2271576245c80cc6c8f39d195e/Fuente---Harry-para-Pixbay.jpg" data-mid="157967603" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/69421f8d9d9aada9c9c7d68764401cc230257b2271576245c80cc6c8f39d195e/Fuente---Harry-para-Pixbay.jpg" /&#62;

Fuente: Harry para Pixbay






Un
muerto viviente, lerdo y voraz, de rostro pútrido, arrastra solitario sus
mocasines oscuros con borlas por una de las avenidas más ostentosas de Nueva
York, la capital financiera del planeta, ahora con calles desiertas, celulares
apagados, comercios vacíos y rascacielos desocupados como testigos mudos de
algo que ya no es, que dejó de ser. El zombi lleva traje de raya diplomática
oscuro y una corbata color rojo vivo, y, a pesar del lodo y la suciedad, su
vestimenta aún sugiere el antiguo brillo de unas aspiraciones y un pasado no tan
remotos. “Es una
versión de algo anterior a la desgracia” (Whitehead, 2011, p. 272). El mundo
ha caído bajo una peste tan ubicua como el capital cuya acumulación prometía un
progreso sin límites, una vida regida por la competencia y las mieles del éxito
traducido en consumo, en deseos inagotables que no terminaban nunca de
satisfacerse. Un tiro en la cabeza –salido del rifle de un superviviente– pone
fin al instinto desatado del caminante, a su marcha por la nueva geografía que
los humanos que quedan se resisten a abandonar.


El apocalipsis zombi –es decir, la proliferación de muertos que no quieren quedarse muertos, de devoradores insaciables de lo humano– se torna, entonces, un vehículo para representar las consecuencias materiales y morales de una época poblada de supervivientes que malviven, resilientes, en condiciones extremas y competitivas.





Esta escena central de Zona Uno (2011), novela del estadounidense Colson Whitehead, condensa
no solo una muestra más del tropo del zombi como metáfora crítica del
consumismo, que ya George A. Romero había explorado en El amanecer de los muertos (1978), en el que un grupo de
supervivientes atrincherados en un centro comercial acechado por hordas
incansables de muertos vivientes se mantienen prestos a seguir consumiendo. También puede
leerse como una actualización necesaria frente al
imaginario neoliberal de, al menos, las últimas dos décadas. Un imaginario en
el cual, a
decir de Wendy Brown (2015), se han “economizado” incluso las esferas de la
vida que, hasta entonces, no eran económicas y estaban regidas por otras tablas
de valor (pp. 14 y 19). Un imaginario donde todo está en venta, donde la imagen y el éxito priman,
donde se exalta el interés personal por encima del bien común, y donde la
lógica del “sálvese quien pueda” y del “cada quien vela por sí mismo” resulta
una continuidad decisiva entre el mundo contemporáneo y un ficcional páramo posapocalíptico.
La subordinación absoluta al mercado de todas las dimensiones de la vida, el
culto a la tecnología y a los simulacros de las pantallas, el despunte de las
modas orgánicas y espirituales, la devoción por la juventud y el cuerpo, una
lógica fría, como los cadáveres que toman la ciudad.[1]



El apocalipsis zombi –es decir, la
proliferación de muertos que no quieren quedarse muertos, de devoradores
insaciables de lo humano– se torna, entonces, un vehículo para representar las
consecuencias materiales y morales de una época poblada de supervivientes que
malviven, resilientes, en condiciones extremas y competitivas. Como señala Daniella Wurst (2022), citando a Alicia Montes, la
narrativa zombi puede ser vista como “la materialización alienante de la crueldad
de un sistema que produce seres descartables e inhumanizados. Estos muertos vivientes
son la reproducción incesante de lo que ya hay en una sociedad inmunitaria y
tanática, un sistema neoliberal cada vez más darwinista, donde los vínculos
humanos se vuelven cada vez más precarios y prima la imposibilidad de construir
comunidad”.



Siguiendo el mandato
neoliberal del “nada es imposible” (Han, 2010), la novela de Whitehead nos sitúa en un Manhattan cercado que
busca reconstruirse –industriosa y optimistamente– luego del apocalipsis zombi
y de la “última noche” que ha barrido con el resto del país y, presumiblemente,
del planeta, limpiándolo de los muertos que aún se arraigan –física
y emocionalmente, se diría–
en la Zona Uno. Este lugar es una burbuja de
tensa calma donde el Gobierno provisional, ubicado en la periférica Búfalo,
planea asentar la primera piedra del nuevo mundo recuperado y erigirla, a
través del marketing y las relaciones
públicas –incluidos gorritos, pines, patrocinadores y el eslogan “¡Nosotros
hacemos el mañana!”–,
en el símbolo del resurgimiento del fénix americano. El protagonista –a quien
solo conocemos por su apodo, Mark Spitz, irónica referencia a un recordman olímpico que contrasta con su
mediocre vida prepandémica– forma parte de una de las brigadas de limpieza que
se dedican a deshacerse de los desechos de los zombis exterminados y habilitar
la isla para su repoblación. El mundo de la plaga, que se resiste a abandonar
sus antiguos códigos en su ilusorio proceso de “reconstrucción”, reproduce no
solo las viejas estrategias de la sociedad del espectáculo y de las apariencias (Debord, (2010 [1967]);
Han, 2012), sino incluso los antiguos estratos del viejo orden, con los
limpiadores como el último escalafón de la estructura, mientras que “las
antiguas amas de casa, los asmáticos crónicos y las viejas fabrican municiones
sin parar, día y noche, en las cadenas de producción” (Whitehead, 2011, p. 41).



Pero no solo eso. La novela
reproduce también una realidad en la cual la amenaza del zombi –en tanto ser
descompuesto y omnipresente, en tanto entidad irreflexiva y arrastrada por sus
instintos de consumo más primitivos[2],
en tanto contagioso y sin cura&#38;nbsp;(productor de lo idéntico, diría Han,
2010)– representa los efectos irreversibles de una sociedad espectacular[3]&#38;nbsp;y de un mercantilismo globalizado que “contribuye a la explotación o a la degradación
humana [...] porque permite que algo intrínsecamente horroroso o denigrante de sobremanera suceda al planeta”
(Brown, 2015, p. 32). Esto es, un mundo azotado, precario, incierto,
deshumanizado,[4]&#38;nbsp;donde “volver a entrar en las antesalas de la civilización era siempre difícil”
(Whitehead, 2011, p. 249).



¿No describe, acaso, el
páramo distópico la llamada “destrucción creativa” que Zygmunt Bauman asocia a la “vida líquida” como
característica central de la sociedad capitalista contemporánea, en tanto
inestable, cambiante, fluida, en constante reinvención y estimulación, incapaz
de permitir anclajes que establezcan vínculos humanos; una sociedad en la cual, como decían Marx y Engels, todo lo sólido se desvanece en el aire?
¿No refleja también lo que
Lipovetsky (2002 [1983]) llamó “destrucción
cool de lo social por un proceso de aislamiento” (p. 24)? En una realidad en la cual se rompe lo colectivo
y desaparece toda noción de estabilidad, en el mundo líquido posapocalíptico,
lo importante es el ahora. Aunque los fenixios&#38;nbsp;de la novela crean que la reconstrucción es viable, no tardarán en reconocer el
autoengaño y que no hay sentido alguno de futuro: 



Esto
son relaciones públicas –manifestó Ms. Macy–. Pasarán años antes de que podamos
repoblar esta isla. Ni siquiera tenemos comida para el invierno (Whitehead, 2011, p. 564).



Como en la modernidad líquida de Bauman, en
el apocalipsis no hay largo plazo ni lealtades capaces de sobrevivir. La
fragilidad de los apegos –en la cual lo que se consume es inmediatamente
desechado y reemplazado– encuentra, en la novela, una continuidad entre el
mundo pre- y posdesastre. Amistades, amores, familia, territorios. El hogar se
ubica donde se está a salvo por esta noche, pues, a la mañana siguiente, todo
vuelve a empezar. Y a pesar de que se anhela encontrar un lugar y una compañía
estable, lo que permanece más de lo debido se ve como sospechoso y limitante; la libertad que se tiene es frágil y en ella prospera la
soledad. Así, se nos describe a Mark Spitz –desconfiado y despojado de todo
lazo emocional– siempre en movimiento, en la búsqueda de un nuevo refugio que
tendrá que abandonar a la carrera,
sin tiempo para detenerse: “Dejó de juntarse con personas cuando se percató de
que lo primero que hacía era calcular si podría dejarlas atrás” (Whitehead,
2011, p. 249). O, como señala Lipovetsky (2002 [1983]), “socialización y desocialización
se identifican, al final del desierto social se levanta el individuo” (p. 24).






Destrucción creativa&#38;nbsp;y desierto social, entonces, es lo
del neoliberalismo actual, en donde, a pesar del imperativo de crecimiento y
goce vía la economización absoluta, “ya no somos criaturas moralmente
autónomas, libres o iguales, ya no elegimos nuestros fines o los medios para
alcanzarlos [...], la interpretación del homo œconomicuscomo capital humano no solo deja tras de sí al homo politicus, sino al humanismo mismo” (Brown, 2015, pp. 51-52)[5].
O, en palabras de Bauman (2005), “lo que esta creación destruye son otras
formas de vida y, con ello, indirectamente, a los seres humanos que las
practican” (pp. 11-12). En la vida de la estepa pospandémica, despojada de
humanidad, se impone una renovación constante y amenazadora de circunstancias:
es también líquida en la medida en que es “precaria y vivida en condiciones de
incertidumbre constante” (Bauman, 2005, p. 10). Es un lugar donde se materializa simbólicamente la
autodestrucción contemporánea.


“Zona Uno propone una doble operación: retrata al monstruo en el que se ha convertido el sujeto súbdito de los mandatos neoliberales y, a la vez, representa su miedo de no estar a la altura, su terror a fracasar y a ser machacado en la rueda imparable del sistema”.




Así, las continuidades
entre la realidad y la distopía que propone la novela se multiplican gracias al uso narrativo del
tiempo –fragmentado y difuso–, así como de los paralelismos y espejos. Se
construye una trama de recuerdos en la que –por momentos– se vuelven
indistinguibles las escenas del viejo mundo, de los inicios del desastre y del
propio presente apocalíptico, y en la que se refuerza la idea de la degradación humana, que se extiende desde la
crítica del hoy hasta la ficción del mañana.



Uno
se fundía en la oleada de muertos que volvían a casa en plena hora punta,
ayudantes de abogado, empleados temporales que habían presentado su dimisión,
mensajeros en bicicleta y masajistas de hombros caídos, la panoplia de
ciudadanos en medio de su lenta descomposición. La enfermedad era un artesano
meticuloso que aplicaba sus efectos con deliberación. Estaban cayéndose a
pedazos, pero pasaría mucho tiempo antes de que la pieza estuviera terminada.
Solo en ese momento podría ponerles su firma. Hasta entonces, caminaban. (Whitehead, 2011, pp. 244-245)



En ese sentido, Zona Uno&#38;nbsp;propone una doble operación: retrata al monstruo en el que se ha convertido el
sujeto súbdito de los mandatos neoliberales y, a la vez, representa su miedo de
no estar a la altura, su terror a fracasar y a ser machacado en la rueda
imparable del sistema, en la cual “cualquier individuo que se desvíe hacia
otras búsquedas se arriesga, cuando menos, a la pobreza y a la pérdida de estima y solvencia, y, en
casos extremos, al riesgo de supervivencia” (Brown, 2015, p. 21). Así, aquel
zombi yuppie retratado en la novela –homo œconomicus por excelencia– evoca la captura de
lo humano por la lógica maquínica de lo económico y lo aspiracional y, al mismo
tiempo, la angustia de no cumplir con el mandato exitista, el temor de no
encajar, de no prosperar, de ser engullido&#38;nbsp;por la ciudad para ser luego expectorado: como un objeto de consumo más que
pierde su utilidad. La vida líquida es, pues, una vida devoradora (Bauman, 2005, p. 18).



Ahora era uno de esos hombres de
negocios despedidos o arruinados que fingen ir a la oficina por el bien de la
familia y se pasan todo el día sentados en un parque [...] La ciudad cargaba
desde hacía tiempo con su propia plaga. Su infección había convertido a esa
criatura en un miembro de ese club de perdedores de otro tiempo, en uno más de
los insolventes y de los engañados, de los inadaptados, de los desafortunados
empedernidos. Surgían tambaleándose de viviendas de una sola habitación o se
arrancaban del sofá cama destartalado de un pariente y avanzaban a trompicones
bajo la luz para embarcarse en negocios miserables. Los había visto abrirse
paso despacio por las aceras, llenos de congoja; sostener en la mano un café
con exceso de crema, en la tasca de la esquina, en medio de las campañas del
departamento de sanidad. Esa criatura que tenían delante era el hombre junto al
que nadie se sentaba en el autobús, el místico demacrado que expresaba sus
opiniones a voz en grito en el vagón de metro atestado de gente, aquello en lo
que los recién llegados juraban que nunca se convertirían, pero en lo que, por
supuesto, algunos se transformaban (Whitehead, 2011, pp. 272-274).


“No es difícil asociar los síntomas del PASD que afecta a los supervivientes –agotados y deprimidos, despojados del mundo tal y como lo conocían, y, al mismo tiempo, aplastados por su recuerdo– con la “sociedad del cansancio” esbozada por Byung-Chul Han como consecuencia del aislamiento y de los mandatos de rendimiento, goce y autoexplotación del mundo neoliberal”.






En esta línea, no es gratuito que la novela siga los pasos de un equipo
de limpieza –es decir, de especialistas en la eliminación de despojos– ni que
las cenizas húmedas que expulsan las incineradoras de cadáveres acosen a Mark
Spitz durante sus salidas al páramo. “La eliminación de residuos es uno de los
dos principales retos que la
vida líquida ha de afrontar y abordar. El otro es el de la amenaza de verse
relegado a los desechos” (Bauman, 2005, p. 19).[6] Pero este malestar no es el único
extrapolable. La mayor parte de los supervivientes de la Zona Uno y de Búfalo,
así como de los marketeramente optimistas campos de refugiados de Happy Acres y
Sunny Days,[7]&#38;nbsp;padecen de trastorno de estrés posapocalíptico (PASD, por sus siglas en
inglés),[8]&#38;nbsp;“una galaxia de disfunciones”, pues “el cien por cien del mundo estaba loco”
(Whitehead, 2011, pp. 69, 126).



Según
los especialistas, los síntomas incluían sentimiento de tristeza o infelicidad;
irritabilidad o frustración, incluso por cuestiones de escasa importancia;
pérdida de interés o de gusto por las actividades normales, menor deseo sexual,
insomnio o sueño excesivo, cambios en el apetito que conducían a pérdida de
peso o antojos de comida más frecuentes y aumento de peso, evocación de
episodios traumáticos a través de alucinaciones o recuerdos recurrentes,
desasosiego o intranquilidad, facilidad para dar respingos o sobresaltarse;
pensamiento, habla o movimientos corporales más lentos; indecisión, propensión
a distraerse y menor concentración; una fatiga, un cansancio, y una pérdida de
energía tales que incluso las tareas pequeñas parecían requerir un gran
esfuerzo; sentimiento de inutilidad o de culpa; pensamientos contradictorios al
concentrarse, tomar decisiones y recordar cosas; frecuentes meditaciones sobre
la muerte, el hecho de morir o el suicidio; ataques de llanto sin motivo
aparente, en contraste con los que provocaba el recuerdo del mundo caído; problemas físicos sin
explicación tales como dolor de espalda, tensión arterial y ritmo cardíaco
elevados, náuseas, diarrea y dolores de cabeza. Y ni que decir tiene,
pesadillas (Whitehead, 2011, p. 127).


No es difícil asociar los síntomas
del PASD que afecta a los supervivientes –agotados y deprimidos, despojados del
mundo tal y como lo conocían, y, al mismo tiempo, aplastados por su recuerdo–
con la “sociedad del cansancio” esbozada por Byung-Chul Han como consecuencia
del aislamiento y de los mandatos
de rendimiento, goce y autoexplotación del mundo neoliberal. “La carencia de
vínculos, propia de la progresiva fragmentación y atomización social, conduce a
la depresión”, dice Han (2010, p. 29), del mismo modo que “lo que enferma no es
el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como
nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna” (p. 29). 



Estas secuelas –agresivas y, se diría, autoimpuestas– pueden vincularse
simbólicamente no solo con los supervivientes de la Zona Uno, sino también con
los propios zombis, en tanto personas infectadas, en lenta descomposición y en
constante competencia por los mismos recursos.[9]&#38;nbsp;Supervivientes y zombis forman parte del mismo círculo simbólico de la
autodestrucción. “Almas agotadas, quemadas”, en términos de Han (2010), cuya depresión “refleja
aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma” y donde “víctima y
verdugo ya no pueden diferenciarse” (pp. 29-32). Los estragos del PASD, como la
novela reconoce, remiten a problemas de socialización previos a la Última
Noche:



“Los supervivientes tienen
dificultades o son incapaces de crear nuevos vínculos”, al menos eso peroraban
los últimos diagnósticos, aunque un cínico podría identificar este hecho como
una característica de la vida moderna meramente intensificada o afinada al
declararse la epidemia (Whitehead, 2011, pp. 124-125).
En ese sentido, el mundo prepandémico descrito en la novela es tanto o
más sospechoso y fallido –falso,
supuestamente sin faltas ni grietas– como la propia caída de la humanidad.
Los neoyorquinos descritos
por Whitehead recuerdan a los personajes del poema Naturaleza muerta en Innsbrucker-Strasse, de Antonio Cisneros:
tienen fe en el futuro; consumen grandes sumas al crédito; corren todas las
mañanas; comen legumbres crudas y sin sal; hacen yoga; compran autos del año y
ropa costosa; van a restaurantes orgánicos; son adictos a la tecnología, a la
televisión y a las modas de turno; en fin, “se les ha dado por ser eternos”.
Esto último –y su existencia funcional al sistema de consumo– termina por
desembocar en su transformación literal&#38;nbsp;en seres que no mueren, habiendo sido previamente, se podría decir, muertos en vida. Y en los márgenes de
todo aquello, están los Mark Spitz, individuos de la medianía de principios del
siglo XXI, empleados en call centers,&#38;nbsp;community managers y similares, que
se pasan la vida averiguando “cómo sobrevivir, buscar y juntar el dinero para
el alquiler, conseguir un plato de fideos japoneses” (Whitehead, 2011, p. 33).



La novela delinea,
entonces, por un lado, un territorio poblado por entes movidos por sus
pulsiones más primarias; y, por otro lado, por supervivientes, antaño piezas
estropeadas en una
maquinaria exitista que les dio la espalda “en la vida normal” y que ahora, en
el fin del mundo, encuentran un campo abierto en el cual destacar sigue siendo
sobrevivir, pero bajo otras lógicas. “Muchos de los miembros altamente
funcionales de la sociedad habían resultado muertos, dejando que especímenes
mediocres como él progresaran un poquito” (Whitehead, 2011, p. 167). Un mundo,
pues, de supervivencia, un mundo vaciado de humanidad. En ese sentido, para
Brown (2015), “el potencial de la especie humana no se realiza a través de la
lucha por la existencia y la acumulación de dinero, sino más allá de ella” (p.
54). Traducido en términos posapocalípticos,&#38;nbsp;sobrevivir no es vivir. Tanto para el
zombi como para el superviviente, tanto para el neoyorquino contemporáneo como
para el de la Zona Uno. Whitehead traza al sujeto que “lo tiene todo”, pero que
–en un nivel más profundo– está desorientado y ha perdido el control de hacia
dónde va al interior de un colectivo en riesgo. La no-reflexión puede
entenderse como un abismo social que nos lleva al apocalipsis, con una parada
previa condenada al fracaso: la Zona Uno como el lugar, la burbuja, de la
última utopía (im)posible.



En esa medida, el pasado es algo que atraviesa la novela como una nostalgia
peligrosa, cargada de dolor. “Nunca aparecían cuando estabas alerta. Venían a
por ti cuando tenías un pie en el pasado, recordando una noción muerta de
seguridad” (Whitehead, 2011, p. 258). Incluso algunos zombis –y esto hace de la
propuesta de Whitehead algo novedoso en el género– se aferran a su pasado como
un último intento de resistencia: junto a los skels (‘esqueletos’) –zombis típicos, agresivos y rabiosos– están
los straggs (‘rezagados’), no-muertos
que, inmutables, se quedan suspendidos en las actividades que les dieron
sentido en vida, ya sea vigilar viejos recuerdos en el comedor de casa o
archivos en la oficina. “Los straggs&#38;nbsp;posaban para una foto y no volvían a moverse jamás, atrapados en una instantánea
de sus vidas” (Whitehead, 2011, p. 190). En esta imagen del zombi petrificado
podemos rescatar la desazón que Gonzalo Portocarrero (2010) intuía en el sujeto contemporáneo:



El
pensamiento se interrumpe y nos quedamos detenidos en un desgarramiento que no podemos
superar [...], somos asaltados por esas posibilidades que no habiendo sido
realizadas en nuestro pasado nos reclaman un presente muy distinto al que
vivimos [...] Nos sentimos muertos en vida, radicalmente insatisfechos (pp.
249-250).


“La Zona Uno, primero mortalmente desierta y luego invadida por la putridez, es un organismo abandonado, el eje bursátil de un mundo infectado por una plaga autogenerada, vacío ya de sentido y de instituciones, de autoridad y de reglas, una zona muerta y estéril donde ya nada puede crecer y donde todo vegeta o deambula”.



No sorprende, entonces, que, en la recta final del fin de semana que
retrata la novela, cuando está por terminar el domingo –que no es de
resurrección–, la ilusión de la Zona Uno se derrumbe ante el súbito e
inesperado despertar de los straggs&#38;nbsp;convertidos en furiosos skels que
arrasan todo a su paso, barricadas que caen como castillos de naipes ante un
soplido de realidad. “Estaba volviendo a suceder: el fin del mundo. Los últimos
meses habían sido una pausa, un respiro antes del recomienzo de la aniquilación. ‘Esta vez no podemos
engañarnos con que vamos a salir de esta con vida’” (Whitehead, 2011, p. 576). En ese sentido, Zona Uno comparte aires pesimistas con Los muertos no mueren (2019), film de
Jim Jarmusch cuyos personajes repiten sin cesar: “Esto va a acabar mal”.



Tiró su rifle nuevo y cogió el viejo. Esa arma lo
había llevado hasta allí atravesando la Zona. Lo sacaría de ella. Ahora no
comprendía por qué habían intentado arreglar esa isla, para empezar. Mejor
dejar que el cristal roto sea cristal roto, que se rompa en pedazos más
pequeños y se convierta en polvo y se disperse. Dejar que las grietas entre las
cosas se agranden hasta que dejen de ser grietas y se conviertan en los nuevos
lugares para las cosas. En ese punto se hallaban ahora. El mundo no estaba
acabándose: se había acabado ya y ahora se encontraban en el nuevo
lugar. No lo reconocían porque nunca lo habían visto antes (Whitehead, 2011,
pp. 581-582).



Un pesimismo similar puede decirse que transmite el espacio de Zona Uno. Su zombificación.
La destrucción irónica del centro financiero del mundo va de la mano con la del
alma humana.[10]&#38;nbsp;Las calles y tiendas, los restaurantes y rascacielos, se convierten, en la
ficción, en un gran cementerio de lo humano. La Zona Uno, primero mortalmente
desierta y luego invadida por la putridez, es un organismo abandonado, el eje
bursátil de un mundo infectado por una plaga autogenerada, vacío ya de sentido
y de instituciones, de autoridad y de reglas, una zona muerta y estéril donde
ya nada puede crecer y donde todo vegeta o deambula. Ha sido tomada y aplastada
sobre los vestigios de lo que alguna vez fueron corporaciones, comercios,
estaciones de metro repletas de oficinistas, y focos infinitos de
entretenimiento y publicidad. Es la materialización de esa “destrucción
creativa” ubicada en línea también con la “ruinización” que Cynthia Vich (2022)
ha asociado con los escombros dejados por la lógica del capital y del progreso
neoliberal que avanza destruyendo, degradando, deshumanizando y –en este caso– zombificando aquello que no le es útil o
funcional, amenazándolo todo. 



Era el estereotipo de la Nueva York
que hablaba deprisa, andaba deprisa y te despedazaba con ansia destilada en
unos poderosos ochocientos metros. Te sientes fuera de lugar. Ese monstruo te
devorará (Whitehead, 2011, p. 104).


Las
ruinas de Nueva York –plagadas de muertos vivientes, sin el brillo del Times
Square y de los anuncios LED– pueden ser vistas, desde el lente de Whitehead,
como el alma llena de huesos podridos y carne desgarrada que se esconde bajo
las pantallas gigantes de lo contemporáneo. La ciudad que nunca duerme se torna
la ciudad que deja de vivir (y morir), donde dormir sin tener que salir
huyendo es imposible no por el vitalismo del progreso, el consumo o las luces
que nunca se apagan, sino por su reverso: la oscuridad, el temor que no deja de
acechar, una realidad en la que Spitz “aprendió a permanecer inmóvil, a sumirse
en un sueño lo bastante ligero, sin embargo, como para poder percibir y
reaccionar ante el peligro” (Whitehead, 2011, p. 200). La caída de una ciudad
símbolo, la capital de un sistema que condiciona –y coacciona– la existencia según sus mandatos. 



“No está usted en el
sistema. Podría perfectamente no existir”. ¿Dónde estaba ahora el sistema,
después de la catástrofe? Durante muchísimo tiempo, había sido un puño
invisible suspendido sobre sus cabezas, pero ahora los dedos estaban abiertos,
deslavazados, y todo se escurría entre ellos, todo se escapaba (Whitehead,
2011, p. 40)


En esta nueva vida, pues, las imágenes de
la antigua normalidad acechan como lo hacen los propios zombis: individualismo,
consumo, mandatos, jerarquías, productividad y competitividad, supervivencia,
ecos de la cultura de masas, mercantilismo, un mundo plagado de entes –vivos y
muertos–, la dinámica neoliberal actual que resuena a cada momento. Y al
centro, el ser humano común, el superviviente, ese que –en otra realidad–
supuestamente no estaba predestinado a nada, paria y a la vez eslabón de un
sistema que ha dejado de existir, pero cuyos ecos –sin embargo– siguen
presentes. Opresión,
despersonalización, absurdo, vaciamiento contemporáneo. La representación de
Whitehead funciona, como todo arte, como una manera de transparentar los
antagonismos y las faltas que no estamos dispuestos a admitir como sociedad,[11]&#38;nbsp;hacerlos visibles, desocultarlos y,
en ese proceso de desacuerdo con la realidad, ejercer una comprometida defensa
de lo humano.


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Fuente: Editorial destino




Zombis.
¿Qué mejor imagen para representar el desprecio actual por el pensamiento
crítico y la reflexión detenida del arte que un mundo invadido por seres que
deambulan sin rumbo, sin lenguaje ni razonamiento, movidos por la inercia de su
hambre? ¿Qué mejor imagen que la de alimentarse de cerebros, es decir, efectuar
la destrucción literal del pensar? Zombis. Una soledad compartida en la
masa de seres inconexos que vagan ensimismados y alejados de cualquier noción
de proyecto colectivo, un adversario que no ceja en su esfuerzo, como la
persistencia de una lógica cultural nociva. Zombis.
Autómatas, mecánicos, llevan el arte de la vida líquida y del cinismo[12]&#38;nbsp;a otro nivel, “la aceptación de la desorientación, la inmunidad al vértigo y la
adaptación al mareo, y la tolerancia de la ausencia de itinerario y de
dirección y de lo indeterminado de la duración del viaje” (Bauman, 2005, p.
12). Zombis. Individuos de un mundo posapocalíptico acéfalo que, a pesar de los
intentos de mantener un Gobierno, convierten el sueño neoliberal del Estado
mínimo en pesadilla; la desregulación última de la vida y de la política, en la
estepa desierta de la humanidad. Zombis.
Sujetos también de la “desaparición de la vergüenza” –en términos de J.
A. Miller–, en la medida en que muestran nuestra verdadera faz, sin máscaras ni
imposturas, son el monstruo que se ve en el reflejo de su propio interés e
instinto,[13]&#38;nbsp;donde “la desaparición de la vergüenza cambia el sentido de la vida [...]
porque cambia el sentido de la muerte [...], instaura el primum vivere como valor supremo, la vida ignominiosa, la vida
innoble, la vida sin honor” (2004, p. 6). Muertos vivientes que son, a fin de cuentas,
espejos especulares de nosotros mismos. Como señala J. J. Adams (2010),
antologador de literatura del género, “los zombis son un enemigo que solía ser
como nosotros, en el que nos podemos convertir en cualquier momento” (p. 7). Y
así lo plasma, lo alerta, Colson Whitehead: “A menudo reconocía algo en esos
monstruos, se parecían a alguien a quien había conocido o amado” (2011, p. 36). El mundo zombi, en ese sentido, es solo un
sinceramiento, una caída de las caretas, de los engendros que, acaso, ya están
aquí. 





 [1] Resulta iluminador que las
consecuencias del narcisismo contemporáneo se representen, en la novela, con aquello
que más se teme: la degradación extrema del cuerpo y la belleza. En este caso, se trata
de algo demacrado, huesudo, descompuesto, imposible
de mirar en un espejo sin sentir repulsión, y que, sin embargo, no piensa en
otra cosa que en su propio deseo. 







[2] Una existencia sin Ley
que, siguiendo a Recalcati (2013), sería “impulso acéfalo, tendencia al goce
más inmediato, vida dominada por el instinto, vida apegada a la vida, vida sin
destino mortal” (p. 34). Es decir, no-vida: “vida sin vida, vida apagada” (p.
35).







[3] “El espectáculo, como inversión
concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no vivo”, ha dicho Debord
(2010 [1967]). El espectáculo nos sometería en la medida en que la economía lo
hace, degradando el ser en tener y el tener en parecer (pp. 38,
42).







[4] “El
neoliberalismo es la racionalidad con que el capitalismo finalmente devora a la
humanidad”, a decir de Brown (2015, p. 55). 



 [5] Economización y consumismo
que devienen en deshumanización. “La vida humana es en efecto ‘humana’ porque
no puede encajonarse en la mera satisfacción de necesidades”, a decir de
Massimo Recalcati (2013, p. 41).







[6] La vida del páramo es, en esa
medida, equiparable a la vida líquida descrita por Bauman (2005): “La
supervivencia de dicha sociedad y el bienestar de sus miembros dependen de la
rapidez con la que los productos quedan relegados a meros desperdicios y de la
velocidad y la eficiencia con la que estos se eliminan” (p. 11).







[7] Acres Felices y Días
Soleados, respectivamente.







[8] Post-Apocalyptical Stress Disorder. El acrónimo PASD, además, juega
con ironía con la palabra PAST,
pasado, para enfatizar aún más la experiencia traumática del apocalipsis y los
vínculos con lo que se ha “perdido”.







[9] “Los
zombis se socavan a sí mismos a través de su propio éxito, creando competidores
adicionales por la comida hasta que todas las fuentes de alimento también se
convierten en zombis” (Carroll, 2012, p. 41).







[10] Aquí conviene citar nuevamente
a Wendy Brown (2015): “Lo más sorprendente de esta nueva homología entre la
ciudad y el alma es que sus coordenadas son económicas y no políticas” (p. 21).







[11] Va en la línea de lo que Jordan S.
Carroll ha identificado sobre la epidemia zombi: “Representa
el horror de peligros no percibidos, imprevistos y, a menudo, autorreflexivos
que surgen en la era contemporánea [...] Además, mientras que [otras] formas
anteriores de peligro eran personales o al menos ubicables, el zombi es global
y difuso” (2012, pp. 41-42).







[12] Portocarrero ha asociado la falta de vergüenza del
cínico con la frase popular “No tiene sangre en la cara”, como “designando a un
muerto en vida. A alguien desconectado de su cuerpo” (2010, p. 251).







[13] “El bárbaro es el ser
instintivo que yo mismo soy”, decía Freud, nos recuerda Recalcati (2013, p.
49).







Referencias



Adams, J. J. (2010). Zombies 2. Antología. Planeta.



Bauman, Z. (2005). Vida líquida. Paidós.



 Brown, W. (2015). El pueblo sin atributos. La secreta
revolución del neoliberalismo. Malpaso.


Carroll, J. S. (2012). The Aesthetics of Risk in ‘Dawn of the Dead’ and ‘28
Days Later’. Journal of the Fantastic in
the Arts, 23, 1(84), 40-59. International Association for the Fantastic in
the Arts. https://www.jstor.org/stable/24353148 



Cisneros, A. (2004). Por la noche los gatos: poesía 1961-1986.
Fondo de Cultura Económica. 



Debord, G. (2010 [1967]). La sociedad del
espectáculo. Pre-Textos.



 Han, B. (2012). La sociedad de la transparencia. Herder.



 Han, B. (2010). La sociedad del cansancio. Herder.



 Jarmusch, J. (2019). Los muertos no mueren. Focos Features.



 Lipovetsky, G. (2002 [1983]).La era del vacío. Anagrama.



 Miller, J. A. (2004). Nota
sobre la vergüenza. Freudiana, 39, 7-24.
https://1library.co/document/qv9xn30y-miller-jacques-alain-notas-sobre-la-verguenza.html



 Portocarrero, G. (2010).
Figuraciones del cínico. En Oído en el silencio. Ensayos de crítica
cultural. Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.



 Recalcati, M. (2013). El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor.
Anagrama.



 Romero,
G. A. (1968). La noche de los muertos
vivientes. Image Ten.



 Romero, G.
A. (1978). El amanecer de los muertos.Laurel Group Inc. 



Vich,
C. (15 de junio del 2022). Escombros de la Lima
neoliberal: a punto de despegar (2015) [Ponencia]. Ficciones de
neoliberalismo en América Latina. Lima PUCP. https://www.facebook.com/watch/live/?ref=watch_permalink&#38;amp;v=731503717891598



 Whitehead, C. (2011). Zona Uno. Epublibre, Titivillus editor
digital. 



 Wurst,
D. (17 de junio del 2022). Lo que arrastran los
zombies: neoliberalismo, la crisis de 2001 y Vienen Bajando: primera antología
argentina del cuento zombie (2001) [Ponencia]. Ficciones de neoliberalismo
en América Latina. Lima PUCP.
https://www.facebook.com/maestriaenestudiosculturalespucp/videos/537298564692927











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	</item>
		
		
	<item>
		<title>Reunir los textos de Roberto Miró Quesada supone un acto de justiciaage</title>
				
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2023 17:54:50 +0000</pubDate>

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“Reunir los textos de Roberto Miró Quesada supone un acto de justicia”

Entrevista a Mijail Mitrovic



Fernando González-Olaechea (Pontificia Universidad Católica del Perú)





&#60;img width="631" height="917" width_o="631" height_o="917" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/c3f18816a4481eaa003de3564269a99a9eec6d37cbdef6cd7e2d26e765f88427/Fuente-manoalzada.jpg" data-mid="166448507" border="0" data-scale="67" src="https://freight.cargo.site/w/631/i/c3f18816a4481eaa003de3564269a99a9eec6d37cbdef6cd7e2d26e765f88427/Fuente-manoalzada.jpg" /&#62;
Lo popular viene del futuro, publicado por La Siniestra Ensayos. Fuente: Manoalzada.

El año pasado, Mijail Mitrovic presentó el libro de Roberto Miró
Quesada Lo popular viene del futuro. Escritos escogidos 1981-1990 (La Siniestra, 2022), cuya selección e introducción
tuvo a su cargo. En esta entrevista conversamos acerca de qué lo animó a
realizar este trabajo de recuperación intelectual, así como de los aportes y
perspectivas de Roberto Miró Quesada, y su relevancia actual para la academia y
la política.






¿Cómo empezó este proyecto, esta selección de escritos de Roberto Miró
Quesada?



En el 2011, más o menos, leo por primera vez a Roberto, el ensayo sobre “Los
funerales de Atahualpa”, y me pareció un ensayo importante, que me permitía
entender de una manera clara la crítica marxista del arte. Pero cuando después
quise leer más, no encontré, básicamente, nada, lo que me sorprendió mucho. Ya
trabajando en el campo artístico por algún tiempo, converso con colegas que me
dicen que hable con su viudo, Gustavo Von Bischoffshausen. En el 2016, le
planteo a Gustavo mi interés en la obra de Roberto y él rápidamente me invita a
revisar sus papeles. En paralelo, conseguí un volumen de Ricardo Soto Sulca, quien
fue alumno de Roberto e hizo una recopilación de sus trabajos. Sin embargo, lo
decisivo fue el archivo que el propio Roberto compuso, sus materiales
mecanografiados junto con sus artículos publicados. Ahí entendí el calibre, la
magnitud de su escritura y su amplitud de registros.






Es un proyecto de seis años…



Más o menos. Ha tenido intensidades variables. Primero, se revisó el
material. Luego, en el 2020, Fernando Nureña –con quien trabajo en varios
proyectos– empezó su digitalización. Al mismo tiempo, buscaba editorial y
apareció La Siniestra interesada en Roberto, porque Pablo Sandoval [director
del sello] es de las pocas personas en la Antropología que lo conoce y valora.
Así salió este libro, que quedó más grande de lo que imaginamos originalmente,
y solo son 55 textos; hay 200 más, aproximadamente.






¿Por qué reunir estos textos? ¿Y por qué de 1981 a 1990?



Conforme iba leyendo, también me iba enterando de su vida, y conversando
con gente –en medio de mis investigaciones del periodo 1960-1990 en las artes,
pero también en la cultura socialista y en la política peruana– que se refería
a Roberto como un intelectual importante que había escrito muchísimo. Reunir sus
textos suponía un acto de justicia para las Ciencias Sociales, la crítica
cultural, los Estudios Culturales, y para poner en el panorama a una persona
que, a través de su escritura y práctica, abordó muchos de los temas que ahora
interesan y tienen una genealogía muy escueta en el ámbito local, como las políticas
culturales, el debate feminista, el debate sobre el socialismo en los ochenta,
los modos de pensar en la violencia durante esa década, la crítica de arte, las
políticas de la identidad o el surgimiento del Movimiento Homosexual de Lima
(MHOL). Fue una persona que estuvo parada en muchos frentes en el proceso
político-cultural desde los setenta hasta 1990, año en que falleció. ¿Por qué de
1981 a 1990? En los ochenta, Roberto entra en un ritmo intenso de publicación,
primero en el diario El Observador, luego en La República y en
múltiples revistas de la cultura impresa socialista de esos años. Esto ocurre luego
de su paso por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y de vivir en Chicago,
de donde regresó con un aparato conceptual marxista que fue el norte con el que
se integró a las discusiones feministas y sobre la sexualidad, a la crítica
literaria y de la música. Tengo en mente hacer otro volumen más pequeño sobre
sus textos acerca del marxismo, algunos ya incluidos en este libro y otros
previos de su etapa formativa: trabajos de la maestría en los que estaba
pensando acerca de las clases sociales en el Perú, diálogos con la teoría de
las clases sociales en el marxismo, entre otras cosas.



















“Se plantea que no se
trata solamente de
comentar la obra de arte, sino de incorporar
en el análisis el deseo que anima la crítica”.





Mencionaste que Roberto estaba en distintos frentes, frentes relevantes
hoy, pero me gustaría que desarrolles la particularidad de sus análisis
culturales…



Roberto plantea una figura teórica, la crítica dialéctica, que
trabajo en la introducción del libro. Para él, la crítica cultural –no solo la
de arte– no tenía por qué contentarse con comentar su objeto como si se tratase
de un objeto exterior que uno disecciona como lo hacen la Sociología y la Historia
del Arte. No, uno tiene que implicarse en lo que él llamaba el proceso de
aprehensión de su objeto; eso tiene que ver con su formación hegeliana,
pero también con el tipo de crítica de arte marxista que leyó –como Fredric
Jameson, autor de ese ensayo de 1971 llamado “Metacomentario”–, en la que se plantea que
no se trata solamente de comentar la obra de arte, sino de incorporar en el
análisis el deseo que anima la crítica. En ese deseo hay una determinación
de clase, de época, que algo dice acerca de por qué, en el análisis cultural, nos
dirigimos a ciertos objetos. Y eso es lo que encontré en el primer texto que
leí de Roberto, en el que, después de la disección ideológica y formal del
cuadro de Luis Montero, termina con que no se trata
solamente de entender que la obra de arte es una condensación de la experiencia
histórica, sino que hace falta reflexionar sobre por qué nos interesa una obra
como esa en el Perú de los ochenta. Desde ahí articula esa mirada de su
presente con el carácter irresuelto de lo que esa obra muestra: el lugar de lo
indígena en la historia republicana. Esta idea de la crítica dialéctica de
incorporar la subjetividad en el análisis me parece importante, y también es
clave mostrar que eso se hace desde dentro del marxismo. Estamos
hablando de un intelectual que desarrolla un análisis marxista, pero que
incorpora su propia subjetividad en el análisis, más allá de la caricatura del
marxista que lo ve todo desde la economía. Además, está la amplitud de su
mirada: Roberto primero es estrictamente un crítico de música académica y luego
empieza a comentar teatro, cine, música no académica –como la chicha o la salsa–,
libros, etcétera, y, al mismo tiempo, participa en el debate sobre políticas
culturales en Izquierda Unida. Roberto no decía que la cultura era lo más
importante, entendía que tenía un lugar en la estructura social –un lugar y un papel
superestructural–, pero eso no lo frenaba para atender la cultura y sus
fenómenos como clave para comprender la experiencia social histórica y actual,
cosa que la crítica marxista no hacía, al menos no en el nivel local. Por eso
creo que Roberto es un referente intelectual importante y que sus planteamientos
se deben discutir más en la historia de los Estudios Culturales locales.



























“No se trata solamente
de entender que
la obra de arte es una condensación de la
 experiencia
histórica, sino que hace falta 
reflexionar sobre por qué nos interesa una 
obra
como esa en el Perú”.









¿Has encontrado autores que vayan por la línea de Roberto, que dialoguen
con él en temáticas o método?



Dialogar con Roberto no es algo que haya sido fácil porque no se lo
conoce, por el carácter mismo de su obra, porque escribía columnas de opinión y
ensayo, y por la dispersión de su trabajo. No ha habido hasta ahora esfuerzos
de unificación de su obra, además del libro de Soto Sulca, que es un libro
académico y difícil de conseguir. Espero que haya más diálogo a partir de esta
nueva publicación. Además, el tipo de crítica que hacía es algo que no se
practica mucho. Roberto formó parte de un momento en el que el marxismo mostraba,
en la crítica cultural, una vigencia que perdió con el tiempo. Figuras como
Mirko Lauer, Gustavo Buntinx, Alfonso Castrillón y el propio Roberto conformaban
un cierto frente en la crítica cultural de orientación marxista. Esa
perspectiva crítica ha sufrido una gran discontinuidad, pero el interés por
esos años es algo que está resurgiendo. Creo que la crítica de Jorge Frisancho,
algunas cosas de Teresa Cabrera o la perspectiva que plantea Luis Alberto
Castillo, más que ubicarse ya en diálogo con Roberto, se plantean como
potenciales interlocutores de su obra. El nuevo interés por una crítica
materialista de la cultura –presente en los trabajos de Alex Hibbett o Javier
García Liendo– puede servirse mucho del pensamiento de Roberto y entablar un
puente con su perspectiva sobre la crítica cultural.



















“No es raro que,
después de una crisis
capitalista global, se asienten nueva posiciones 
marxistas, sabiendo que en la academia el 
marxismo no dejó de desarrollarse”.








¿Por qué crees que existe ese interés ahora?



Por una parte, ahora existe un fenómeno global que se hizo evidente
después del 2008, cuando surgió esta especie de revival de la figura de
Marx. Desde el 2008 se produjo una nueva circulación, un nuevo boom editorial vinculado
a Marx, que marcó un momento importante para distanciarse de cómo fueron los
años noventa en ese sentido. No es raro que, después de una crisis capitalista
global, se asienten nuevas posiciones marxistas, sabiendo que en la academia el
marxismo no dejó de desarrollarse, que la academia fue su refugio, como sugiere
Terry Eagleton. Ahora lo que está surgiendo, en términos específicos de la
crítica cultural, es volver a pensar en el marxismo no solo como una matriz
teórica, sino en términos de intervención en el ámbito cultural. Roberto es una
figura importante, además, porque a través de él se puede conocer un poco más
lo que fue el momento más intenso de la cultura política de izquierda desde los
tiempos de Mariátegui y la revista Amauta.







&#60;img width="1202" height="1600" width_o="1202" height_o="1600" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/cf005630dde4ce2c4accee1c661e40c861f75c707e15f15e54f79965f3670b01/Mijail-Mitrovic.jpeg" data-mid="166448592" border="0" data-scale="36" src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/cf005630dde4ce2c4accee1c661e40c861f75c707e15f15e54f79965f3670b01/Mijail-Mitrovic.jpeg" /&#62;
Mijail Mitrovic. Foto: Mijail Mitrovic.



Hemos hablado acerca de cómo Roberto entendió la crítica cultural
posicionado desde el marxismo, pero en la introducción mencionas su cercanía a
otras perspectivas, como la semiótica y el psicoanálisis, que, por cierto, se
estaban discutiendo en los setenta y los ochenta. ¿De qué manera se produce esa
cercanía?



La semiótica es lateral, no constituye uno de sus intereses principales,
pero el psicoanálisis sí lo es. Roberto encuentra en el marxismo un vacío: hace
falta una teoría del sujeto que no responda solamente al marxismo
clásico, para el cual la subjetividad es pensada en la escala de las clases sociales,
el desarrollo de su conciencia como clase y en su configuración como sujeto
revolucionario. Roberto reclamaba una teoría del sujeto que pudiera dar cuenta
del nivel personal, de los individuos que se constituyen en sujetos y tienen
experiencias, deseos, corporalidad. Él buscaba que el marxismo incorporara todo
aquello en el análisis: no se trataba de que el marxismo fuera usado para
pensar lo socioeconómico y el psicoanálisis para la subjetividad y la experiencia
psíquica, sino lo que le interesaba era tender un puente entre ambos. Es un
lector de Freud y de Lacan, y sigue la discusión francesa que él llama superestructuralista,
que es una categoría alternativa a la posestructuralista –proveniente de la
academia estadounidense, por cierto–. El texto Ideología y psicoanálisis:
para una teoría del sujeto muestra muy bien lo que venimos comentando. La
figura de Louis Althusser como puente entre el marxismo y el psicoanálisis
lacaniano le interesaba muchísimo. En los ochenta, Roberto publica varios
textos en los que está intentando pensar que la cultura es el resultado del
proceso de simbolización, de construcción simbólica que las sociedades
objetivan en determinados productos. Y eso lo pensaba desde el psicoanálisis,
pero dentro de una matriz marxista.



















“Él proponía acercar
marxismo y psicoanálisis 
para entender la constitución subjetiva”.









Este acercamiento al psicoanálisis lacaniano está orbitando alrededor
del giro lingüístico. Digo esto porque sé que, este semestre, estás dictando el
curso de Posmarxismo en la Maestría en Estudios Culturales de la PUCP. En la
introducción al libro, articulas la pregunta sobre si Roberto podría ser
llamado posmarxista y respondes rotundamente que no. ¿Podrías desarrollar más
este punto?



Si uno piensa en el posmarxismo como una categoría histórica en sí
misma, que tuvo un cierto momento en los años ochenta y que debe muchísimo a la
publicación de Hegemonía y estrategia socialista –de Ernesto Laclau y
Chantal Mouffe–, Roberto no está en esa coordenada. Esa coordenada pasa por el
giro lingüístico y, en ese sentido, se trata de un desarrollo del
superestructuralismo, del cual Roberto desconfía. Él ve cosas interesantes ahí,
un núcleo de verdad, digamos, que va a aprovechar para completar la teoría
marxista. Lo mismo hará con Foucault al escribir su obituario. Si posmarxista
es una posición que plantea que la clase pierde su determinación fundamental en
la experiencia subjetiva, si considera que la base socioeconómica no condiciona
y determina las superestructuras –las formas culturales– y abraza una suerte de
indeterminación básica de lo social, entonces claramente Roberto no fue un
posmarxista. Él defendía la primacía de la clase en la
constitución de la experiencia, pero no como una determinación externa, sino
que uno estaba en la clase desde el nacimiento y la socialización primaria.&#38;nbsp;Ante la idea de que la clase es externa, que solo tiene que ver con cómo te
ubicas respecto de los medios de producción, él proponía acercar marxismo y
psicoanálisis para entender la constitución subjetiva. Roberto no exacerba la
cultura ni el poder como las principales dinámicas de lo social, sino que
plantea que las determinaciones socioeconómicas son, efectivamente, las bases
de la estructuración de la sociedad, pero el marxismo debe ocuparse de todas
las áreas del conocimiento. En eso podemos decir que fue un gran lector de
Fredric Jameson, quien, por un lado, es reconocido como el gran crítico
marxista norteamericano, pero, por otro lado, es un lector marxista de primera
línea. Cuando Jameson reseña El anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix
Guattari, por ejemplo, absorbe ese aparato filosófico en el materialismo
histórico. Ahí hay una apuesta por una lectura marxista que intenta absorber
teorías diversas para robustecerse, no para disolverse en una posición que
sostiene que la clase ya perdió sentido.






El título del libro me recordó la frase de Mirko Lauer “solo lo popular
es moderno en el Perú”. Me interesaría que, además de la coincidencia de la
palabra, comentes qué tienen en común ambas frases y qué las diferencia.



La frase de Lauer es una frase escrita en el volante de la exposición Arte al
Paso del taller E. P. S. Huayco en 1980, y busca situar
el terreno donde se movía el taller. Es decir, la experiencia de la modernidad,
la experiencia que resulta del proceso de modernización capitalista ya tiene un
nuevo sujeto social: el sujeto de la migración, el de la transformación
socioeconómica que impulsó el velasquismo. Lauer y Huayco van a señalar que en
lo popular está la posibilidad de una modernidad socialista. La frase de
Roberto, que es de 1986, está escrita en un texto sobre arte urbano, y plantea
que lo popular como categoría no tiene un referente dado en la sociedad, sino
que es una construcción hacia la que hay que avanzar. Ahí está su diferencia:
Lauer habla en un momento en el que la izquierda está tentando las elecciones, en
el cual lo popular era lo proletario, las clases trabajadoras organizadas,
mientras que Roberto escribe su frase en un momento en que la crisis económica –que
el belaundismo no resolvió– sigue su curso, en el que el APRA le ha ganado a
Izquierda Unida, y lo que escribe da cuenta de un interés por repensar lo
popular. En varios textos va a aparecer esta categoría: lo popular como un
proyecto hegemónico por construirse y que se opondrá a lo dominante. El
referente vivo que era lo popular en el año 1980 ya no se veía igual en la
crisis, la guerra y la derrota de la izquierda. Roberto plantea una discusión
compleja, que no renuncia a la experiencia de clase, y piensa qué pasa con los
liderazgos femeninos, por ejemplo, en la organización social en los entonces llamados
pueblos jóvenes. 






En los ochenta, hay un paso de la esperanza a la utopía perdida, tal
como mencionas en tu libro Un fabricante de figuras. Historia y forma en
Juan Javier Salazar (2022). ¿Ves que algo similar esté ocurriendo
actualmente?



No, porque lo que ha pasado durante los últimos 15 años en la política
peruana ha estado muy circunscrito a la política electoral. Esa es la gran
diferencia con el tránsito de los setenta a los ochenta. Estos últimos años han
estado caracterizados por una baja intensidad en cuanto a trabajo de base,
trabajo de construcción de organizaciones populares, de proyectos de vida
vinculados a la alternativa socialista, y, por tanto, las grandes decepciones
electorales son muy contrastantes con el proceso de los setenta a los ochenta.
En ese periodo hubo una construcción de la militancia y de la organización que,
primero, se construyó en una época en la que la lucha armada era vista como
factible, para luego entrar a la política de masas y a la contienda electoral,
desde 1978. Roberto escribe en un momento en el que, a pesar de perder ante el
APRA en las elecciones de 1985, Izquierda Unida ocupaba un lugar importante en
la sociedad. Perder las elecciones no significaba perder el poder. Eso
contrasta con el momento actual, en el que puedes ganar el poder estatal y no
tener poder alguno, menos aún un proyecto de aspiración hegemónica para
transformar la vida cotidiana, la cultura. Creo que es una situación inversa, y
que estamos en un momento en el cual este tipo de cosas se están esclareciendo.
Mi interés en revisitar a Roberto y pensar en los setenta-ochenta desde el
ángulo de la izquierda socialista tiene que ver con reflexionar sobre qué es lo
que toca hacer ahora.






Es un volumen grueso. ¿Cuáles serían los tres textos que más
recomendarías?



“Los funerales de Atahualpa”; “Ideología y psicoanálisis: para una
teoría del sujeto” y también “Innovaciones en políticas culturales”, que es el
texto más largo del volumen. Ahí hay un buen panorama sobre sus intereses y su
trabajo.






Me gustaría que, para terminar, des, al azar y sin contexto, tres
recomendaciones: tres películas o series, tres álbumes musicales y tres libros.



Tres pelas o series: la serie Atlanta; Ici et Ailleurs, de
Godard; y, de antemano, la nueva película de Héctor Delgado, Los hijos del sol
negro.

Tres álbumes: Galore, de Oklou; Ctrl (Deluxe), de SZA; y Diamantes
y espinas, de Paopao.
Tres libros: Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia; ana
c. buena, de Valeria Román Marroquín; y La máquina de hacer poesía, de
Luis Alberto Castillo.
</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>La Maestría en Estudios Culturales de la PUCP. Fanny Carranza.</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/La-Maestria-en-Estudios-Culturales-de-la-PUCP-Fanny-Carranza</link>

		<pubDate>Fri, 04 Nov 2022 18:49:31 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://revistalacul.pucp.edu.pe/La-Maestria-en-Estudios-Culturales-de-la-PUCP-Fanny-Carranza</guid>

		<description>


La Maestría en Estudios Culturales
de la PUCP. 

Una apuesta por lo interdisciplinario


[1]&#38;nbsp;Entrevista a Víctor Vich
Fanny Carranza (Pontificia Universidad Católica del Perú)



Desde el 2007, la Escuela de
Posgrado de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) brinda a la
comunidad universitaria la Maestría en Estudios Culturales. Este programa
fomenta el estudio y la investigación interdisciplinaria tanto de las
expresiones culturales como de las problemáticas sociales que resultan de
nuestros entornos crecientes y diversos, cuyo análisis exige actores
académicamente formados y comprometidos con el ámbito cultural en sus diversas
esferas. 



Gonzalo Portocarrero y Víctor Vich
decidieron asumir la formación de estos agentes culturales mediante la primera maestría
en Estudios Culturales del Perú, en la que compartieron su conocimiento y
pasión por los estudios interdisciplinarios. Víctor Vich, doctor en Literatura
Latinoamericana por la Universidad de Georgetown, Washington D. C., cofundador
de la Maestría y docente principal de la PUCP, nos brindó una entrevista sobre
esta historia.



&#60;img width="874" height="621" width_o="874" height_o="621" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/6a46df452f5d378879b5479f45bcf54d4673da04151f3bc5adb4465a5eaa1db5/victovich01.jpg" data-mid="157968014" border="0" data-scale="57" src="https://freight.cargo.site/w/874/i/6a46df452f5d378879b5479f45bcf54d4673da04151f3bc5adb4465a5eaa1db5/victovich01.jpg" /&#62;



Víctor Vich, cofundador y docente
principal de la Maestría en Estudios Culturales. Foto:&#38;nbsp; Lucero del Castillo.







"Los Estudios Culturales se conciben como un espacio de profundos intercambios y de apropiaciones de perspectivas, de herramientas teóricas, de metodologías provenientes de todas las disciplinas..."

Víctor,
sobre la base de tu formación y tus investigaciones académicas, ¿podrías
definir qué son los Estudios Culturales?



Para mí, los Estudios Culturales son
estudios interdisciplinarios, son fundamentalmente una opción interdisciplinaria
radical al interior de la academia. Pero no me refiero a una
interdisciplinariedad entendida como una suma de diálogos entre disciplinas,
sino a una en la que cada disciplina reconoce su falta, su vacío, su
incompletitud, y se apropia creativamente de las herramientas teóricas de otras
disciplinas. En ese sentido, los Estudios Culturales son antidisciplinarios, en
la medida en que parten de las disciplinas, pero buscando que estas dejen de
ser nichos cerrados, feudos que han privatizado sus conocimientos y sus
herramientas teóricas. Los Estudios Culturales se conciben como un espacio de
profundos intercambios y de apropiaciones de perspectivas, de herramientas
teóricas, de metodologías provenientes de todas las disciplinas con el fin de
producir una interpretación más totalizante –y ciertamente política– de la
realidad social. Los Estudios Culturales intentan pensar la realidad en sus dimensiones
económicas, políticas y simbólicas, y el reto es producir una articulación
entre ellas. Su apuesta interdisciplinaria constituye, en última instancia, un
intento de reconstrucción de la totalidad social.



 ¿Cómo
y cuándo surgió la idea de crear la Maestría en Estudios Culturales en la PUCP?



La Maestría se origina alrededor del
año 2000. Es decir, hace 20 años, cuando yo regresé al Perú y entablé una
relación más cercana con Gonzalo Portocarrero, quien venía realizando estudios
interdisciplinarios desde la década de 1980. En realidad, en el Perú reciente,
la persona que empezó a apostar por la interdisciplinariedad con mucha fuerza
fue Alberto Flores Galindo, gran historiador, que sabía de Ciencias Sociales,
de Sociología y de Antropología, y a quien le interesaba mucho el psicoanálisis
y el arte. Flores Galindo fundó un grupo de estudios interdisciplinarios que se
llamaba Tempo, que después continuó Gonzalo Portocarrero. Yo tuve la suerte de
integrarme al grupo y ahí, con Gonzalo, empezamos a organizar conferencias,
seminarios, a compartir lo que discutíamos en el grupo, y entonces se nos
ocurrió la posibilidad de hacer algo más institucional y crear una maestría. Preparamos
la fundamentación, un plan de estudios, y –con el apoyo de Tilsa Ponce, en ese
entonces estudiante y luego egresada– lo propusimos a la Universidad. Al
principio, la Universidad no entendió el proyecto, nos dijo que empezáramos con
un diplomado, pero nosotros insistimos. Tuvimos una reunión en la que recuerdo
cómo Gonzalo argumentó la importancia de la Maestría y esta finalmente fue
aprobada.



&#60;img width="726" height="775" width_o="726" height_o="775" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/85ec66df5b548ef45177b67596294e9d9adcc8eb994f87db79f8337a762663d3/gp_vv.jpg" data-mid="158831503" border="0" data-scale="42" src="https://freight.cargo.site/w/726/i/85ec66df5b548ef45177b67596294e9d9adcc8eb994f87db79f8337a762663d3/gp_vv.jpg" /&#62;
Los fundadores de la Maestría en
Estudios Culturales. Izquierda: Gonzalo Portocarrero. 
Derecha: Víctor Vich. Foto: Archivo de la Maestría en Estudios Culturales, PUCP.





¿Fue
difícil encontrar un nicho para los Estudios Culturales como maestría?

En realidad, cuando nosotros
empezamos el primer semestre, nos dimos cuenta de que iba a ser una maestría
muy exitosa. Nos quedamos muy sorprendidos. En la primera convocatoria, tuvimos
25 alumnos, muchos provenientes de Sociología, Antropología y Literatura, y
todos estuvieron muy contentos e impactados por encontrar una nueva forma de
entender la teoría. Los primeros años el ritmo de actividades fue muy intenso.
Vinieron como profesores visitantes y conferencistas Ernesto Laclau, Silvia
Rivera Cusicanqui, George Yúdice, Eduardo Restrepo y Jesús González Requena,
por mencionar algunos nombres. Además, nuestra maestría entró en diálogo con
otras maestrías de Estudios Culturales de América Latina y comenzamos a experimentar
diversas formas de intercambio intelectual. Es decir, empezamos con muy buen
pie; no fue difícil arrancar. Para ciertos sectores, la Maestría representaba
algo problemático, sospechoso, por su carácter singular, por este tipo de
conocimiento interdisciplinario. Como cualquier otra disciplina, los Estudios
Culturales también portan un estereotipo y eso, en algún momento, se instaló
como rumor de pasillo. Pero fue con la publicación de libros como el de
Gonzalo, Rostros criollos del mal, o el
de Juan Carlos Ubilluz, Nuevos súbditos,
que la Maestría fue ganando prestigio en la academia. A los cuatro o cinco años
de su fundación, ganamos el premio a la mejor maestría de la universidad,
establecido sobre la base de una serie de indicadores: número de graduandos, de
tesistas, de invitados, de congresos, de publicaciones. En esos primeros años
fuimos una maestría muy activa.




 

"El proyecto de Estudios Culturales consiste en formar profesionales que sean simultáneamente académicos y activistas; en el mejor sentido de la palabra, que sean intelectuales públicos".


En
el Perú, ¿cómo contribuyen los Estudios Culturales al desarrollo de nuestra
sociedad?



Pienso que la influencia de los
Estudios Culturales reside en lo que puedan hacer sus egresados en sus
distintos campos de estudio, sea que trabajen en la academia, en las políticas
públicas, en el activismo cultural o en la gestión cultural. La idea consiste
en mostrar que la cultura no es solo el arte, no son solo las practicas simbólicas,
sino que la cultura son las formas de vida atravesadas por relaciones de poder,
y que la visibilidad, la denuncia, la neutralización de esas relaciones de
poder solo es posible si entendemos cómo funciona el poder. Y, para entender su
funcionamiento, necesitamos la interdisciplinariedad: articular la dimensión
económica, la dimensión política, la dimensión psicológica o el goce que hay en
el ejercicio del poder. El impacto que pueden producir los Estudios Culturales proviene
de su capacidad para expandir la noción de cultura, entender que la cultura es
algo más complejo que la fiesta, la literatura y la plástica, y producir una
visión muy política de la cultura; esto significa hacer visibles las relaciones
de poder y, por lo tanto, las relaciones de opresión, de exclusión social. El
proyecto de Estudios Culturales consiste en formar profesionales que sean
simultáneamente académicos y activistas; en el mejor sentido de la palabra, que
sean intelectuales públicos.



Localmente,
¿podríamos hablar de representantes de los Estudios Culturales?



Sin duda, José Carlos Mariátegui es
el más contundente ejemplo de un intelectual que se mueve en distintos campos,
y que pensó el Perú y el mundo como totalidad. Un intelectual que observó
conexiones impresionantes entre el desarrollo de la plástica y el movimiento
indígena, entre la novela de vanguardia y la crisis de la modernidad, entre el
desarrollo del capitalismo y el surgimiento de nuevas formas de autoritarismo.
Mariátegui fue un escritor que se movió sin respetar disciplinas. ¿Qué es
Mariátegui? Nadie sabe. Es un periodista, pero al mismo tiempo es un crítico
literario, un sociólogo, hay una reflexión filosófica en él. Es muchas cosas.
Los 7 ensayos de interpretación de la
realidad peruana son un ejemplo decisivo para nuestra tradición. Sin
embargo, hay que subrayar que, antes, el conocimiento estaba siempre integrado,
las disciplinas no eran tan cerradas y los intelectuales se movían en ellas sin
necesidad de atravesar tantas aduanas como las que hoy existen. Por ejemplo,
cuando yo enseño la poesía de José María Eguren, mando a leer un estupendo
artículo de Jorge Basadre sobre Eguren, un artículo notable, escrito por un
historiador que se detiene en los versos y los analiza con lucidez. Yo me pregunto,
¿qué historiador podría hoy escribir un artículo de crítica literaria como el
que escribió Basadre? Casi ninguno. ¿Y por qué? La respuesta es porque hoy las
disciplinas están compartimentadas y el conocimiento de cada una parece
“privatizado”.


"En mi caso, los Estudios Culturales han sido un espacio de libertad académica y de compromiso político".

Si tenemos que hacer genealogías,
podríamos decir –además– que la fundación del Instituto de Estudios Peruanos
(IEP) responde a ese espíritu de interdisciplinariedad, a la necesidad de crear
un espacio para dialogar entre disciplinas: la Lingüística con Alberto Escobar,
la Literatura y la Antropología con José María Arguedas, la Historia con María
Rostworowski, la Sociología con Julio Cotler, la Economía con Jorge Bravo
Bresani, la Antropología con José Matos Mar. Los libros del IEP respondieron a
la necesidad de producir imágenes más interdisciplinarias y totales sobre el
país.



Para
ti, como cofundador, investigador y docente principal de la Maestría, ¿qué
significan los Estudios Culturales en tu vida personal y académica?



Yo nunca tuve muy claro qué carrera
estudiar porque quería estudiar muchas cosas. Postulé a la Universidad para
estudiar Derecho o Sociología, pero después me cambié a Literatura. Sin
embargo, cuando estaba en Literatura quería estudiar psicoanálisis; no sabía
qué hacer con mi vida porque todo estaba muy disperso. Descubrir los Estudios
Culturales fue, paradójicamente, encontrar un “orden”. Si los Estudios
Culturales desordenan porque mezclan todo, en mi caso significaron encontrar un
orden, porque me permitieron legitimar un estudio interdisciplinario de la
literatura, una apuesta por la importancia de la teoría para analizar objetos
culturales, imaginarios sociales, procesos sociales. En mi caso, los Estudios
Culturales han sido un espacio de libertad académica y de compromiso político.











[1] Esta
entrevista no habría sido posible sin el entusiasmo y el apoyo constante de
Víctor Vich a sus estudiantes ¡Gracias, Víctor!</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Cuidar. Reseña de la obra Barcelona, de Víctor Falcón (Teatro Irracional)</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/Cuidar-Resena-de-la-obra-Barcelona-de-Victor-Falcon-Teatro-Irracional</link>

		<pubDate>Thu, 02 Mar 2023 12:18:54 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://revistalacul.pucp.edu.pe/Cuidar-Resena-de-la-obra-Barcelona-de-Victor-Falcon-Teatro-Irracional</guid>

		<description>
Cuidar. 
Reseña de
la obra Barcelona, de Víctor Falcón (Teatro Irracional)1

Alexandra Hibbett
(Pontificia Universidad Católica del Perú)








&#60;img width="1024" height="1024" width_o="1024" height_o="1024" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/fab7f137f89d9210a5e34bb6e6f83ee1cefae845f541e050ee2bfd9a542fdb80/Afiche-de-Barcelona---Fuente-Cineteatro-Irracional.JPG" data-mid="170288841" border="0" data-scale="82" src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/fab7f137f89d9210a5e34bb6e6f83ee1cefae845f541e050ee2bfd9a542fdb80/Afiche-de-Barcelona---Fuente-Cineteatro-Irracional.JPG" /&#62;
Afiche de Barcelona- Fuente: Cineteatro Irracional

El cuidado es uno de
los temas más importantes y menos discutidos de nuestra época. Vivimos cada vez
más tiempo, y lo más probable es que, si no nos ha tocado ya, en algún momento
nos tocará cuidar. Y en otro, nos tocará depender del cuidado.

Pero, ¿qué implica cuidar a alguien? ¿Qué afectos
íntimos y fuerzas inconscientes entran en juego cuando la sobrevivencia de otra
persona depende, todos los días y sin tregua, de mí? ¿Y cómo será vivir ese momento, que espero irracionalmente
que nunca llegue, pero que probablemente llegará, en que sea yo quien dependa
de otra persona para seguir con vida?




“Pero, ¿qué implica cuidar a alguien? ¿Qué afectos íntimos y fuerzas
inconscientes entran en juego cuando la sobrevivencia de otra persona depende,
todos los días y sin tregua, de mí?”


















Barcelona, obra póstuma de Víctor Falcón, bajo la dirección
de Gonzalo Tuesta y con las actuaciones buenísimas de Natalia Torres, Giovanni
Arce y Lía Camilo, aborda estas preguntas con honestidad, empatía y sutileza. 















Si el mito del cuidado está basado en la imagen de la madre que ama
tanto a sus hijos que se sacrifica por ellos sin siquiera sentirlo como un
sacrificio, esta obra deshace ese mito
para revelar las tensiones y ambivalencias del cuidado. Como espectadores de
esta obra, sentimos la rabia y la tensión de estar a cargo de una persona
enferma, sin apoyo ni alternativas ni recursos, sacrificando, día tras día, la
propia realización personal. Sentimos también la vulnerabilidad y la
desorientación de necesitar a alguien, así como el egoísmo absolutamente
inocente de la persona que no está en capacidad de darse cuenta de lo mucho que
se hace por ella. Y nos embarga la terrible tristeza, la inevitable culpa, del
deseo (tan entendible como horroroso) de abandonar a quien nos necesita.





&#60;img width="721" height="1080" width_o="721" height_o="1080" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/b4c933126eedde50d72800b15568257e277f0bf4afc10342c05aec537c94674f/Natalia-Torres-y-Giovanni-Arce-en-Barcelona---Fuente-Cineteatro-Irracional.jpg" data-mid="170290612" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/721/i/b4c933126eedde50d72800b15568257e277f0bf4afc10342c05aec537c94674f/Natalia-Torres-y-Giovanni-Arce-en-Barcelona---Fuente-Cineteatro-Irracional.jpg" /&#62;

Natalia Torres y Giovanni Arce en Barcelona- Fuente Cineteatro Irracional

























“Si el mito del cuidado está basado en la imagen de la madre que ama
tanto a sus hijos que se sacrifica por ellos sin siquiera sentirlo como un
sacrificio, esta obra deshace ese mito”.




















El efecto desmitificador de&#38;nbsp;Barcelona se debe en gran parte a la mirada histórica que nos ofrece sobre
este tema tan vigente. La obra deja claro que no es lo mismo cuidar hoy —cuando
casi ya no hay comunidad, cuando hasta la familia nuclear se resquebraja bajo
la presión por sobrevivir en el capitalismo— que antes. En sociedades
no-capitalistas, la familia entera era la unidad de producción; no se valoraba
solo el trabajo que se hacía fuera del hogar, y no había una separación tan
drástica entre lo público y lo privado. Por contraste, en la sociedad
capitalista, solo se paga el trabajo no-doméstico, y se supone que los
individuos tienen que valerse por sí mismos. El cuidado ni siquiera es reconocido como trabajo, y más
bien es revestido de un falso halo de “lo natural” o del “deber” (casi siempre,
de la mujer). Y claro, en nuestra economía neoliberal, la mera idea del
“Estado de Bienestar” —esa idea según la cual el Estado debe proveer
gratuitamente de servicios como salud, educación, vivienda y cuidado social
para cada ciudadano y ciudadana— suena para algunas personas a una mera utopía fallida,
y para otras, a un odioso socialismo. En tal situación, el problema apremiante
y generalizado de cómo sostener la vida dignamente cuando ya no puede valerse
por sí misma, en lugar de ser asumido y discutido con seriedad, está siendo
dejado bajo la alfombra. ¿Cómo seguir el mandato de “esfuérzate y lo lograrás”,
cómo seguir la lógica de “no tienes la culpa de nacer pobre, pero sí la tendrás
de morir pobre”, si es prácticamente imposible ganarse el sustento a la vez de
cuidar a un familiar? La dura realidad es que esta situación, demasiadas veces,
deviene en el abandono de las personas más vulnerables de nuestra sociedad.





























“El cuidado ni siquiera es reconocido como trabajo, y más bien es
revestido de un falso halo de “lo natural” o del “deber” (casi siempre, de la
mujer)”.

























Pero lo notable de la
obra de Falcón es que, siendo realista, no se sume en la desesperanza. Más bien
apuesta por una esperanza radical: la de revalorar el cuidado. Viendo esta obra, entendemos que
cuidar a alguien puede ser, si están dadas las condiciones, una manifestación y
una realización de lo mejor del ser humano; y por otro lado, nos deja
ver el vacío, la soledad, el sinsentido de que nadie nos necesite, de vivir
solo para uno mismo bajo el paradigma del éxito y el bienestar material. Barcelona&#38;nbsp;apunta a reconocer la importancia y la dignidad de ese trabajo invisibilizado y
subvalorado de tantas personas —en su
gran mayoría mujeres—, y a reimaginar sus
modalidades: nuevas maneras de cuidar, y de ser cuidados.





























“Viendo esta obra, entendemos que cuidar a alguien puede ser, si están
dadas las condiciones, una manifestación y una realización de lo mejor del ser
humano”.



La obra está actualmente en el Cineteatro Irracional en Barranco, hasta el 8 de marzo del 2023.

1 Texto originalmente redactado para el programa de mano de Barcelona.</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Sobre cómo salir de casa, siendo mujer. Alexandra Hibett.</title>
				
		<link>https://revistalacul.pucp.edu.pe/Sobre-como-salir-de-casa-siendo-mujer-Alexandra-Hibett</link>

		<pubDate>Fri, 04 Nov 2022 18:48:19 +0000</pubDate>

		<dc:creator>la cul</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://revistalacul.pucp.edu.pe/Sobre-como-salir-de-casa-siendo-mujer-Alexandra-Hibett</guid>

		<description>

Sobre cómo salir de casa, siendo mujerReseña de Una casa que 
    no existe, de Carla Valdivia (Vallejo &#38;amp; Co., 
2022)1

Alexandra Hibbett (Pontificia Universidad Católica del Perú)

&#60;img width="710" height="710" width_o="710" height_o="710" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/99d0b8cf4a004840cba5bc8992c0ddda245033072c45e2c7aa1b26b77f6571b2/1-Carla-Valdivia-crdito-Carla-Valdivia.jpg" data-mid="157968742" border="0" data-scale="39" src="https://freight.cargo.site/w/710/i/99d0b8cf4a004840cba5bc8992c0ddda245033072c45e2c7aa1b26b77f6571b2/1-Carla-Valdivia-crdito-Carla-Valdivia.jpg" /&#62;Carla Valdivia. Foto: Carla Valdivia.
Una casa que 
    no existe es un poemario sobre dejar el hogar de la infancia. Sus tres partes (“Una crece en una casa”, “Una casa crece dentro de mí” y “Una casa que no existe”) evocan una narrativa cuyo final es la emergencia de una mujer joven del siglo XXI, una que vive fuera del marco de la familia y sus roles tradicionales de género.
No es simple esta salida, pues se trata de dejar una casa que nunca fue lo que se supone que debió ser: un lugar de resguardo, de amor, de seguridad. Así, la casa de la infancia es una casa que existe y a la vez no, como sugiere esa palabra tachada del título. Imágenes domésticas, cotidianas, de pronto se vuelven ominosas, violentas:
 	Hay cosas a las que no sobreviví y no me había dado cuenta.Yo miraba el remolino de leche caliente.¿Vas a meter la cabeza o qué?
Mi abuela dejó de darle vueltas a la olla.
Sacó la cuchara de madera y me apuntó con el mango.
Me disparó aquí. (20-21)


“Si una casa no supone seguridad sinoantagonismo, violencia, abandono, soledady precariedad, entonces ¿cómo dejarla?”.

En efecto, la primera parte del poemario es un intento de elaboración de una infancia difícil, como para cortar con ese pasado: “Es difícil recordar las veces que fui feliz. / Apenas siento en mi lengua el sabor dulce de la chancaca” (25). La figura de la madre merodea en esta primera parte, una madre fallida, que no la cuidó bien:
Nuestra madre solo fue coincidencia.
Un día se olvidó de nosotros.
Teníamos hambre.
Raspábamos edificios con la mirada.
Aullábamos doblando las esquinas. (12)
Si una casa no supone seguridad sino antagonismo, violencia, abandono, soledad y precariedad, entonces ¿cómo dejarla? ¿Qué distingue estar en la casa de estar fuera de ella? 
La segunda parte del poemario figura la salida de la casa como una historia de migración y retorno. Los poemas se ubican en Venecia, Múnich, Roma, y de pronto, la Plaza San Martín. De esta manera, salir de casa supone una huida y una vida itinerante, sin hogar. La vuelta al Perú no es una vuelta a un estado anterior:
Cierro con fuerza mis ojos y me respondo.
No estás en casa,
nunca más.Porque a casa jamás se regresa. (30)

“El poemario parece preguntarse qué implica existir, ser, como una mujer fuera de la casa, que vive para sí misma”.
Queda claro que salir de esa casa implica hacer un corte entre un antes y un después: salir de un tiempo cíclico, trazar una línea de tiempo en donde el futuro sea distinto del pasado. Quizá el corte definitivo con ese pasado surge al final de la segunda parte, cuando, pese a que “Hay quienes dicen ya es tiempo de tener un hijo” (47, cursivas originales), la voz poética se enfrenta, en un poema durísimo, con su decisión de no ser a su vez madre:
Nunca voy a besarte los pies. Tan chiquitos.
No tendré el miedo indomable de verte partir primero.

No existirán las mordeduras en mis tetas.
Nunca habré besado una espalda tan suave.
La más suave.
Nunca. (48)
El sujeto poético rechaza esa posibilidad, esa ‘casa’ que crecía dentro suyo. Al asociar la imagen de hije con la de la casa, se insinúa cómo amenaza con hacer que la historia se repita, hacer que la mujer vuelva al modelo de la familia tradicional y a su lugar designado dentro de ella. Al afirmar su deseo de no ser madre, rompe entonces con su historia de origen: ¿la historia, quizá, de la hija de una madre que no había querido serlo? “¿Me quiere mi mamá?”, se había preguntado la voz poética en un momento (21).
En su tercera parte, el poemario parece preguntarse qué implica existir, ser, como una mujer fuera de la casa, que vive para sí misma –ni como hija, ni como madre–.&#38;nbsp; 
Y ser
en ese espacio que se instala en todo lo que no he sido antes. (31)
¿Cómo comenzar a ser sujeto, a escuchar y a seguir el deseo propio -algo que a muchas mujeres nunca se nos enseñó a hacer y que más bien siempre se nos ha criticado-? Tal comienzo no es un comenzar limpio, sino un recomenzar tras el quiebre de muchas expectativas, de muchas narrativas que han resultado insostenibles para el sujeto. Como dice el primer poema, el esfuerzo que encarna este poemario es el de
 	Empezar por el final,
siempre.
Desde el haber nacido muerto
para dedicarse a vivir y luego,
muerto otra vez
herido otra vez
roto, miles de veces,
desmemoriado y con memoria de elefante:
empezar. (7)


“Esta actitud de estar más allá delas fronteras, parece abrir al sujetoa un nuevo tipo de goce”.






Esa nueva etapa del yo poético -la tercera sección del libro- es la menos clara del poemario. ¿A dónde llega este sujeto? Surgen imágenes que tienen que ver con el rechazo de las fronteras, incluso las del cuerpo:
Soy un sueño
donde “frontera” es una palabra muerta.
Donde los cuerpos confunden su pertenencia. (51)
Si la casa es la frontera original, salir de ella para este yo poético significa no solo superar ese límite, sino dejar de respetar las fronteras en general; vivir en una especie de indeterminación, y en una nueva relación con el cuerpo:
Huiré del cuerpo que me sostiene
para anunciarme sobre una línea menos precisa. (60)

Esta actitud de estar más allá de las fronteras, parece abrir al sujeto a un nuevo tipo de vida, un nuevo tipo de goce: 
y qué será todo esto
oh
maravilla del mundo
oh
mis límites mis bordes
oh (38)
El sujeto afirma entonces, en lugar de un deseo de maternidad, una voluntad de ser “caricia / nueva y salvaje” (47), es decir, de encontrar otra manera de amar y de ser sexual, fuera del marco de la familia y de la maternidad.
La poesía no funciona aquí para ‘representar’ este proceso; más bien sentimos que se logra a través del esfuerzo del yo poético por expresarse y darse una nueva forma, sin límites ni fronteras preestablecidas, a través del lenguaje. Es el lenguaje poético que le permite tachar ese ‘no’ del título, rechazar las divisiones, erigirse como una “caricia / nueva” (47) y declarar, en un final abrupto, que ha roto definitivamente con su pasado: “Lo siento. / No es necesario repetir la historia más veces.” (61)


&#60;img width="2213" height="3117" width_o="2213" height_o="3117" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/37dce0bb46141a16130d7e1e904af9517df2f37c38ce3171105487843e9613fc/2-Una-casa-crdito-Alexandra-Hibbett.jpg" data-mid="157968743" border="0" data-scale="35" src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/37dce0bb46141a16130d7e1e904af9517df2f37c38ce3171105487843e9613fc/2-Una-casa-crdito-Alexandra-Hibbett.jpg" /&#62;

Una casa que 
    no existe, publicado por Vallejo &#38;amp; Co.
Foto: Alexandra Hibbett.




1&#38;nbsp;Pueden encontrar 5 poemas del libro aquí.</description>
		
	</item>
		
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